Mademoiselle de Montpensier por Gobert

Nudismo, borracheras y eructos: así vivió y murió la Reina más extraña de España

La película «Cambio de Reinas», cuidadosa con los escenarios, sobre todos los franceses, los ropajes, la fotografía y el ambiente histórico, se queda corta, sin embargo, en lo referido a las personalidades regias. Felipe V aparece como un hombre desquiciado y dado a flagelarse a la menor ocasión

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En la película «Cambio de Reinas», basada en la novela de Chantal Thomas «The Exchange of Princesses», que se estrena esta semana, se relata de forma poco fidedigna el doble acuerdo matrimonial que, en 1720, cerró la guerra que mantuvieron la España de Felipe V y la de Francia de Luis XV, gobernada por el Duque de Orleans, junto a las potencias europeas que pretendían mantener las condiciones del Tratado de Utrech. Con esta paz, sellada con un teatral intercambio de reinas en la Isla de los Faisanes (el Condominio más pequeño del mundo), se puso fin al conflicto con el compromiso de la infanta María Ana Victoria, Marianita, de cinco años, con el Rey de Francia, Luis XV, apenas un adolescente. A su vez, la tercera hija del Duque de Orleans, Luisa Isabel de Orleans, se casó con el primogénito de Felipe V: el futuro Luis I. Un intercambio de reinas que resultó desastroso.

La película, cuidadosa con los escenarios, sobre todos los franceses, los ropajes, la fotografía y el ambiente histórico, se queda corta, sin embargo, en lo referido a las personalidades regias. Felipe V aparece como un hombre desquiciado y dado a flagelarse a la menor ocasión, lo cual es una caricatura de una personalidad más compleja, capaz de pasar en un chasquido de la locura a la genialidad; Isabel de Farnesio, su esposa, se escenifica como una sombra sin voz; mientras su hijo es un tonto a las tres soportando a su joven esposa, Luisa Isabel, quien es retratada como una niña desobediente y caprichosa, pero sin profundizar en los traumas que arrastraba la que sería la Reina más efímera y, al mismo tiempo, extravagante de nuestra historia.

Mención aparte a los trazos de Leyenda Negra que deja el argumento de la cinta, con una España dada al fanatismo, a convertir a Felipe en un exaltado religioso (¡y eso que era francés de cuna, educación y gustos!), a combatir con fuego e inquisición la herejía (curiosa obsesión, cuando en verdad aquí los focos protestantes, en el siglo XVIII, fueron anecdóticos), y tan cruel como para permitir que una adolescente se contagiara y muriera, según las previsiones de los Reyes, por la viruela que mató a su marido.

La joven sin nombre

Luisa Isabel de Orleans y Borbón nació el 9 de diciembre de 1709 en el Palacio de Versalles, siendo hija del Duque de Orleans, considerado un hombre de vida disoluta y gran talento para el gobierno. El poco interés del duque en sus hijos, sobre todo en los de sexo femenino, provocó en ellos comportamientos extremos en su edad adulta. Luisa Isabel apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que se casara lo más pronto posible. De hecho se dice que la decepción de la familia porque no fuera un varón provocó que ni siquiera recibiera nombre ni fuera bautizada, siendo conocida en su infancia simplemente como Mademoiselle de Montpensier. La niña se crió en un convento cercano a París, hasta que fue reclamada para casarse con el heredero a la Corona española. El salto, desde luego, no pudo ser más largo.

El avance de la enfermedad de Felipe V, que mostraba las primeras fases de un trastorno bipolar, forzó al Rey abdicar a principios de 1724 en favor de su hijo mayor, Luis. Felipe tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad no le permitían seguir en el trono, aunque no faltaron quienes insinuaron que se trataba del primer paso para reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV. Su salida de Madrid en dirección al Palacio de la Granja coincidió con el ascenso al trono de Luis y de su problemática esposa. Los trastornados que entraban por los que salían...

En la película: Isabel de Farnesio, Felipe V, Luis I y Luisa Isabel
En la película: Isabel de Farnesio, Felipe V, Luis I y Luisa Isabel

El 9 de febrero de 1724 Luis I fue proclamado Rey, mientras Luisa Isabel desplegaba las mismas extravagancias como Reina que habían desconcertado a todos como Princesa de Asturias. El embajador inglés Stanhope se alarmó ante la escalada de locura de la joven:

«No hay nada que justifique la conducta inconveniente de la Reina. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella».

Luis no podía comprender qué es lo que le ocurría a su esposa, si bien la ciencia catalogaría probablemente hoy su conducta como la propia de un trastorno límite de la personalidad, que se caracteriza primariamente por la inestabilidad emocional, el pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico y relaciones interpersonales caóticas. Criarse despreciada por sus padres dejó huella en su personalidad.

«No hay nada que justifique la conducta inconveniente de la Reina. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella»

En una anécdota acontecida en los jardines del Buen Retiro, la Reina se encaramó ligera de ropa en lo alto de una escalera de mano que apoyaba sobre el tronco de un manzano, causando una situación totalmente disparatada. El Mariscal Tessé relató en un informe para el Rey de Francia la escena que se encontraron los mayordomos al intentar bajar a la Reina de la escalera:

«Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

La joven era dada a jugar desnuda en lugares públicos o a despelotarse a la mínima, como pudieron comprobar los Reyes eméritos en una visita del matrimonio a La Granja, así como en general a escandalizar a los aristócratas y al servicio. Esto iba desde eructar, lanzar ventosidades en público, no probar bocado en las comidas oficiales (aunque luego en privado comiera con gula), hasta emborracharse en las situaciones más inesperadas y a descuidar su higiene personal. Incluso se rumoreaba en la Corte que gustaba mantener relaciones sexuales con algunas de sus camareras, entre ellas una llamada La Quadra.

El colmo: limpiar los cristales ligera de ropa

La actitud de su esposa llevó a Luis I a buscar consuelo en la caza y, en última instancia, a ordenar el encierro de la joven en el Alcázar de Madrid. Como relata Alejandra Vallejo-Nágera en «Locos de la Historia» ( La Esfera de los Libros, 2006), el hartazgo tuvo lugar tras una recepción pública en la que la soberana se desnudó y empleó su vestido para limpiar los cristales del salón. «No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento», escribió el joven Rey a su padre, al que le reconocía «que preferiría estar en galeras a vivir con una criatura que no observaba ninguna conveniencia; que no le complacía en nada; que no pensaba sino en comer y en mostrarse desnuda a sus criados; y que no convenía a una Reina de España llevar una vida de la que no podía su marido apartarla, pues aunque la había, hablado más de cuarenta veces en particular, no había hecho ella sino burlarse de sus observaciones».

Luis como príncipe de Asturias en 1723.
Luis como príncipe de Asturias en 1723.

Parece ser que el encierro de casi dos semanas hizo recapacitar a la joven, que envió varias cartas a Luis pidiéndole perdón. Su arrepentimiento quedó patente cuando el Rey cayó enfermo de viruela, a mediados de agosto. La joven permaneció a su lado durante los diez días de agonía. De hecho se contagió de la misma enfermedad, aunque ella sí consiguió sobrevivir. El 31 de agosto de 1724, fallecía Luis, apenas seis meses después de su nombramiento como Rey de España y sin dejar herederos.

El efímero reinado devolvió la Corona a su padre, Felipe V, que, en contra de lo que decían las condiciones de su abdicación, asumió el trono otra vez. Si bien su locura iría en aumento en los siguientes años, fue Isabel de Farnesio quien se hizo realmente cargo de las responsabilidades de la Corona.

La niña crecía demasiado lento para cumplir la imperante necesidad de que el enfermizo y depresivo Luis XV tuviera descendencia.

A la petición de trasladar a la reina viuda a Francia, respondió la Corte francesa con la ruptura del compromiso matrimonial, nunca consumado ni materializado, entre Marianita y Luis XV. La niña crecía demasiado lento para cumplir la imperante necesidad de que el enfermizo y depresivo Luis XV tuviera descendencia. Los Reyes de España se tomaron el rechazo como una ofensa, de modo que un nuevo y fulminante intercambio de Reinas en la frontera sirvió de punto final a la historia, y a una película distribuida en España por Surtsey Films y dirigida por Marc Dugain.

No así para la viuda, que se estableció en el Palacio de Luxemburgo con la escasa pensión que le asignó la Corona española. Pero, al saber que la joven retornó su vida disoluta, España escatimó la pensión y la forzó a pasar unos meses en el convento en el que había avanzado su infancia. Falleció en París el 16 de junio de 1742 con solo 32 años.