Luisa Isabel de Orleans
Luisa Isabel de Orleans - ABC

Luisa Isabel de Orleans, de escándalo en escándalo

Procedía de una familia de costumbres relajadas. Era ordinaria, descarada, caprichosa y se emborrachaba como su padre. Carecía de un mínimo de educación

MadridActualizado:

Luisa Isabel de Orleans, Princesa de Montpensier, ha sido la Reina de nuestra Historia que más locuras ha protagonizado en menos tiempo. Llegó a España con tan sólo 12 años, asilvestrada y sin saber leer ni escribir, para casarse con el entonces joven Príncipe de Asturias Luis I, de 14 años, hijo del melancólico Felipe V, que abdicaría en él dos años más tarde. No había recibido los sacramentos básicos, de manera que tuvo que bautizarse, tomar la Primera Comunión y confirmarse, todo al mismo tiempo antes de la boda.

Procedía de una familia digamos que de costumbres relajadas. Su padre, Felipe II, Duque de Orleans, regente de Francia y sobrino del Rey Sol, vivía entre excesos; incansable jugador y bebedor, tuvo un sinfín de amantes y gustaba de entregarse a escandalosas orgías. Su madre, María Francisca de Borbón, era hija bastarda de la amante oficial del Rey Luis XIV. Con ese pedigrí, la niña se casó en el palacio de Lerma, en una gélida tarde de enero.

Tratándose de unos críos, el matrimonio no podía consumarse. Para que no fuese declarado nulo, Luisa Isabel tuvo que someterse a un grotesco ceremonial tumbada en el lecho junto a su esposo, mientras ambos eran contemplados por los Reyes, embajadores y miembros de la corte. Hasta que Felipe V decidió que sacaran a su hijo y lo condujeran solo a su habitación privada. Ella no entendió nada. Claro que en su caso no extrañaba, ya que Luisa Isabel era escasa de entendederas, además de ordinaria, descarada y caprichosa; se emborrachaba como su padre y carecía de un mínimo de educación. No sabía comportarse en la mesa, eructando a cada rato, y se escapaba para comer con los criados. Por completar la joya de nueva Reina que España tuvo tras la abdicación del primer Borbón, su ignorancia no conocía límites.

Con todo, había aún algo peor: sus costumbres depravadas para alguien de su corta edad. Le encantaba exhibirse por los pasillos y jardines de palacio en ropa de cama o, peor aún, desnuda o sin ropa interior. Dejaba que los sirvientes la tutearan y les hacía participar en juegos indecorosos y provocativos. A mayor escándalo fue descubierto otro entretenimiento de la alocada reina. La pillaron encerrada en su alcoba, medio desnuda, junto a varias de sus damas azotándose entre ellas sus traseros.

El desconcierto cundió en la Familia Real. Desesperado, el jovencísimo Rey Luis pidió ayuda a su padre, quien ordenó que la encerraran en el vetusto Alcázar, al otro lado de la ciudad. Hacía tiempo que la familia se había trasladado al palacio del Buen Retiro y descuidaba la inhóspita y vieja residencia de gruesos muros.

Luis Isabel imploró, suplicó y lloró durante las dos semanas de encierro. No existía maldad en ella. Se trataba de una adolescente frívola y estúpida a la que no habían educado. Su frágil y pusilánime esposo murió de viruela a los 17 años, sólo 7 meses después de su coronación. La madre, la Reina Isabel de Farnesio, vio la ocasión de quitársela de encima humillándola, «¡ni como criada la querría!», bramó.

El duque de Saint-Simon, embajador especial de Francia encargado de su matrimonio, fue quien la condujo hasta la frontera para que regresara a su país. En el momento de la despedida la agasajó con halagos y cumplidos que tuvieron como respuesta, por parte de Luisa Isabel, tres ordinarios y atronadores eructos que resonaron como truenos amargos mientras iba dejando atrás la España que no había llegado a amar.

Muerta de asco de nuevo en su Francia natal, viuda y sola, Luisa Isabel se arrepintió de su inapropiado comportamiento en la corte española y así se lo hizo saber a sus suegros, pero ya era demasiado tarde. No hicieron ningún caso de sus disculpas.

Con sólo 32 años falleció y fue enterrada sin pena ni gloria en la iglesia de Saint Sulpice, en París, a la espera de que Felipe V diera la orden de trasladar el cadáver al monasterio de El Escorial para ser exhumado en el Panteón Real, como correspondía. Sin embargo, la orden jamás llegó. Reinó el silencio de los monarcas de España en su muerte como su desprecio en vida.