Vídeo: Bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki
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«El mayor acto terrorista de la historia lo hizo EE.UU. al asesinar a miles de civiles en la IIGM»

El pasado 24 y 25 de marzo la Costa Brava albergó la primera edición de «Lloret negre», un festival de novela negra, espionaje e historia. El evento fue clausurado con gran éxito por la comisaria, Angelique Pfitzner

En una de sus mesas redondas, los ponentes dirimieron sobre los actos de barbarie que han logrado modificar el pasado. Y entre ellos, José Luis Muñoz destacó las bombas de Hiroshima y Nagasaki

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«Proceded con arreglo a lo previsto. Para el 6 de agosto». Tras escuchar estas tristes palabras, el comandante Paul Tibbets alzó el vuelo con su Fortaleza VolanteB-29 (bautizada como «Enola Gay») y dejó caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima a «Little Boy», una gigantesca bomba de uranio cuya potencia equivalía a 20 toneladas de TNT. Aquella jornada de 1945, 140.000 hombres, mujeres y niños fueron aniquilados por el terror nuclear americano. Por si fuera poco, tan solo tres días después el país de la libertad perpetró otro ataque similar sobre Nagasaki en el que murieron 74.000 personas (una cifra que, posteriormente, aumentó hasta los 137.000).

Ambos ataques se unieron a bombardeos tan crudos como los de Hamburgo o Dresde, orquestados respectivamente en 1943 y en 1945 por los aliados para generar pavor entre los civiles. Con todo, la destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue mucho más brutal. Y es que, supuso el cenit de una estrategia del terror que terminó con la capitulación de Japón y ahorró miles de vidas a un ejército (el de los Estados Unidos) extenuado por tener que avanzar a través del Pacífico conquistando cada una de las islas en poder de los nipones. De hecho, tan solo en la batalla de Okinawa (acaecida entre abril y junio de 1945) ya habían caído más de 10.000 estadounidenses.

¿Fue una decisión acertada la de Estados Unidos? Según desveló el pasado 25 de marzo el escritor y periodista José Luis Muñoz, habría que definirla simplemente por lo que fue: una barbaridad que buscaba acabar con una contienda que estaba desangrando a los EE.UU. «El mayor acto terrorista de la historia lo hizo Estados Unidos al borrar del mapa dos ciudades en la Segunda Guerra Mundial. Mató a hombres, mujeres y niños; causó males por radiación... A día de hoy, aquellas bombas nucleares han sido las únicas arrojadas sobre civiles», explicó el opinador español.

Corrupción y terrorismo

Muñoz hizo estas declaraciones en una de las mesas redondas («Corrupción y terrorismo») de la primera edición de « Lloret negre», un festival que logró reunir en plena Costa Brava a 35 jueces, escritores, docentes, abogados y divulgadores al calor de la novela negra, el espionaje, la historia y todo tipo de temas sociales. Durante la conferencia en la que participó este periodista, por si fuera poco, no faltaron alusiones a las barbaridades olvidadas de la Segunda Guerra Mundial: aquellas perpetradas por los aliados. «Los americanos decidieron, por ejemplo, lanzar toneladas de bombas sobre Dresde a pesar de que sabían que estaba llena de civiles», desveló en el mismo debate el divulgador histórico Pere Cardona (autor de « HistoriasSegundaGuerraMundial» y de libros como « El diario de Peter Brill»).

«Nadie pidió cuentas a Estados Unidos porque, cuando los actos terroristas los efectúa el vencedor, no importan», añadió Muñoz en «Lloret negre».

El resto de contertulios de la mesa «Corrupción y terrorismo» hicieron hincapié, a su vez, en la evolución de estos dos fenómenos a lo largo de la historia. Así pues, el popular periodista y autor Fernando Martínez Laínez señaló, por ejemplo, que el uso del miedo como arma de guerra se generalizó en tiempos de Genghis Khan. Por su parte, el también reportero especializado en espionaje José Luis Caballero aunó los dos temas centrales de la ponencia al recordar que la CIA sufragó la guerra de Vietnam a base de la venta de heroina.

El último de los ponentes, Joaquim Martín, ofreció una visión más actual de ambos problemas. Como jefe de la policía local de Lloret de Mar explicó el cambio que se ha vivido en el interior de las organizaciones terroristas en un lapso de apenas dos décadas. «Antes había una jerarquía en estos grupos. Las órdenes iban de arriba a abajo y, si atrapabas a la cúpula, acababas con ellos», señaló durante la mesa redonda. Sin embargo, completó su argumentación desvelando que, a día de hoy, los agentes deben combatir contra células dormidas que toman decisiones independientes. «El terrorismo funciona a nivel local. Se otorga una serie de directrices a los agresores y estos funcionan de forma autónoma», completó.

El comienzo

La estrategia del terror aliada tuvo su primer gran exponente en el bombardeo de Hamburgo, una ciudad ubicada al norte de Alemania cuya conquista era de vital importancia por la ingente cantidad de fábricas que atesoraba. En 1943, el mando conjunto decidió atacar por sorpresa la urbe en el marco de la « Operación Gomorra». Pero no por tierra, sino a base de explosivos. ¿El objetivo? Derribar las construcciones enemigas, sembrar el caos entre la población y, en definitiva, desmoralizar a los civiles y a los líderes germanos.

La incursión inicial corrió a cargo de la RAF británica, que atacó la urbe con nada menos que 791 bombarderos. El 25 le tocó el turno a la fuerza aérea de los Estados Unidos (USAAF). El resultado fueron varios meses de viajes de ida y vuelta acaecidos entre julio y noviembre que se saldaron con la destrucción casi total de la ciudad. Fue un ataque que, según explica el historiador Álvaro Lozano en su obra « XX: un siglo tempestuoso», estuvo punto de hacer desaparecer la ciudad y dejó una «profunda impresión» entre los alemanes. No le falta razón, pues los mismos jerarcas nazis afirmaron que, con tres golpes como aquel, el Tercer Reich habría sido aniquilado.

Fortaleza Volante B-17
Fortaleza Volante B-17 - ABC

«Unas 260 fábricas de la zona fueron borradas del mapa, y lo mismo ocurrió con 40.000 casas y 275.000 pisos, 2.600 tiendas, 277 escuelas, 24 hospitales y 58 iglesias. Murieron alrededor de 46.000 civiles», explica el historiador británico Paul Kennedy en su obra « Ingenieros de la victoria. Los hombres que cambiaron el destino de la Segunda Guerra Mundial». La estrategia del pavor había comenzado. «El objetivo del terrorismo es aplastar la moral de la sociedad para que actué a placer. Y eso es lo que se buscaba con los bombardeos», explicó Cardona en la mesa redonda de «Lloret negre» sobre corrupción y terrorismo.

La brutalidad de Dresde

Sin embargo, según Cardona hubo que esperar hasta 1945 para que los aliados perpetraran uno de los actos terroristas más impactantes de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo de Dresde.

«En Dresde los aliados lanzaron decenas de bombas a pesar de que la ciudad estaba llena de civiles. Además, usaron bombas de fósforo blanco después de los primeros ataques para que impactaran sobre la población cuando saliera de los refugios», añadió el autor de « HistoriasSegundaGuerraMundial». Oficialmente, aquella barbaridad se llevó a cabo debido a que la urbe era un nudo de comunicaciones clave para el mando aliado. Pero la realidad es que, a día de hoy, se desconoce por qué se orquestó.

Más allá del objetivo, el bombardeo de Dresde comenzó a las diez de la noche del 13 de febrero de 1945. Durante los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial. «En esta primera oleada participaron 245 cuatrimotores Avro Lancaster que arrojaron 800 toneladas de bombas», explica Jesús Hernández (autor del blog « ¡Es la guerra!») en su libro « Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial». Esa misma noche, una segunda oleada barrió la urbe con una fuerza formada por 529 aparatos.

La ciudad de Dresde, tras el bombardeo
La ciudad de Dresde, tras el bombardeo - ABC

Una jornada después hicieron su aparición las temibles fortalezas volantes B-17 norteamericanas. En este caso, la USAAF aportó casi cuatro centenares de estos aparatos, cada uno de los cuales podía cargar con más de 4.000 kilogramos en explosivos. El 15 los aliados dieron la última pasada y terminaron de destruir Dresde. A día de hoy se desconoce el número exacto de bajas que se produjeron, pero Hernández afirma que (entre civiles y soldados) pudieron fallecer más de 300.000 personas.

Las cifras de explosivos lanzados son analizadas por el historiador Andrew Roberts en su libro « La tormenta de la guerra»: «Las 2.680 toneladas de bombas arrojadas arrasaron más de 33 kilómetros cuadrados de la ciudad, y muchos de los muertos fueron mujeres, niños, ancianos y algunos de los cientos de miles de refugiados que huían del Ejército Rojo, que se encontraba a menos de 100 kilómetros al este». Estos dejaron este mundo asfixiados, calcinados o cocidos, según determina el también historiador Allan Mallinson en uno de sus múltiples estudios sobre el tema. En palabras de Roberts, «cocidos» no es un eufemismo: «Hubo que extraer pillas de cadáveres de un gigantesco depósito de agua contra incendios al que había saltado para escapar de las llamas, gente que fue cocida viva».

Hiroshima y Nagasaki

El último acto terrorista que llevaron a cabo los aliados en la Segunda Guerra Mundial fue, en palabras de José Luis Muñoz, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Unos ataques que dejaron de ser un mero borrón en la imaginación de los norteamericanos el 17 de julio de 1945, cuando el presidente Harry S. Truman recibió un telegrama en el que le informaron del inicio de la era atómica en los siguientes términos: «El niño ha nacido bien». El mensaje poco tenía que ver con el alumbramiento de un retoño. Por el contrario, se refería a la construcción de la ya mencionada «Little boy».

De la mano del presidente norteamericano, el 6 de agosto comenzó el bombardeo nuclear cuando el «Enola Gay» informó -a eso de las siete de la mañana- de que tenía la ciudad de Hiroshima a la vista. Apenas una hora después, la portezuela de la Fortaleza Volante se abrió y dejó caer el explosivo nuclear a más de 10.000 metros. Curiosamente, la única obsesión del comandante Tibbets era que la onda expansiva no atrapase a su aparato. Cuando explotó, «Little Boy» provocó un resplandor equivalente a la luz de 1.000 soles. El triste fogonazo marcó para siempre a los escasos supervivientes.

Fotografía tomada en de septiembre de 1945 en Hiroshima, un mes después de la explosión
Fotografía tomada en de septiembre de 1945 en Hiroshima, un mes después de la explosión - ABC

Los desafortunados atrapados en el epicentro de la explosión murieron al instante volatilizados por temperaturas de hasta 50.000 grados. «Los trenes y tranvías volaron como soplados por un gigante, los automóviles se derritieron y bloques enteros de casas desaparecieron», añade Hernández en su obra.

A todo ello se sumaron las secuelas producidas por la explosión nuclear. Unas 140.000 personas fallecieron en total sumando heridos y muertos posteriores. Tres días después, sin esperar la rendición nipona, los americanos volvieron a repetir este bombardeo, aunque sobre la ciudad de Nagasaki. Aquel día, la Fortaleza Volante «Bock's car» arrojó a «Fat man» sobre los civiles y acabó con 73.000 personas.

«Lloret negre»: la fiesta del género negro

Angelique Pfitzner, la comisaria de «Lloret negre», lo prometió en declaraciones a ABC poco antes de que llegara el 24 de marzo: «Teñiremos las aguas de la Costa Brava de negro». Y vaya si lo logró. No solo eso, sino que la también escritora y poeta logró que el público abarrotara la Sala Polivalente de la Biblioteca de Lloret de Mar en la primera edición de este festival multicultural. «Ni el mal tiempo ha podido con nosotros, ha sido un éxito», afirma a este periódico.

«Lloret negre» comenzó el sábado con una visita cultural en la que los asistentes pudieron disfrutar de la historia de Lloret de Mar y del interior de la comisaría de la policía local. A continuación, y ya en el salón de actos dedicado al evento, el grupo «Canto Latino» regaló al público una actuación en la que los sonidos más tradicionales de Latinoamérica llegaron a España sin necesidad de cruzar el Océano Atlántico.

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Tras entrar en calor con la música de «Canto latino», Pfitzner inauguró la primera mesa redonda de «Lloret negre». Así pues, durante la siguiente hora y media cinco versados ponentes compartieron impresiones sobre la violencia de género. Un tema que, tristemente, sigue de actualidad. «Pensaba que, con la educación, la violencia machista caería, pero no. Algo ha fallado. La juventud está cogiendo el testigo de todos nuestros errores pasados», explicó el autor Javier Abasolo. Su opinión la compartió la psicóloga Susana Hernández, quien también señaló que -por suerte- al menos ahora hay más denuncias. «Antes se llamaba “cosas que pasaban en casa” y se quedaba para la intimidad del hogar», completó.

En este sentido, la jueza Graciela Moreno quiso señalar que todavía existen mujeres que se niegan a declarar ante los magistrados por miedo o temor a las represalias sociales. «Muchas sentencias no salen adelante porque las mismas víctimas se niegan a dar su versión o retiran las acusaciones. La mayoría de las denuncias vienen de los vecinos, y no de ellas», explicó. Finalmente, Fernando Martínez-Laínez quiso recordar que los hombres también sufren violencia de género, y José Luis Caballero apuntó que, a día de hoy, continúan fallando los modelos que impone la sociedad.

Última de las mesas del domingo
Última de las mesas del domingo - AP

A esta mesa redonda la siguió otra sobre la importancia de las adicciones a internet y los peligros de las redes sociales. En la misma, los agentes Rafael Melero y Joaquim Martín incidieron en la necesidad de educar a las nuevas generaciones en el buen uso de plataformas como Instagram, Facebook, Twitter o, incluso, la temible « Deep Web». «El elemento contaminante que hay en las redes forma parte de la sociedad. Lo que debemos hacer es controlarlo hasta que sea insignificante», señaló el jefe de la policía local de Lloret de Mar. El debate lo completaron Elena Torres, Marc Moreno, Úna Fingal y Luis Gutiérrez Maluenda.

La tarde continuó con una entrevista en directo a una de las grandes figuras de la novela negra española, Andreu Martín Ferrero. El también guionista de cómic y de cine explicó a los presentes las partes de su proceso creativo y, finalmente, arrancó los aplausos de la sala leyendo un texto de Edgar Allan Poe. Los minutos que dedicó a la interpretación y a la lectura del relato «El corazón delator» lograron erizar el bello de los asistentes, que correspondieron levantandos de sus sillas y ovacionando al autor hasta la saciedad.

Finalmente, el sábado acabó con la representación de teatro «El amante de Shangai», llevada a cabo por Gaby Moya.

Andreu Martín, durante la entrevista con Angelique Pfitzner
Andreu Martín, durante la entrevista con Angelique Pfitzner - AP

El domingo, «Lloret negre» comenzó con la mesa redonda «Corrupción y Terrorismo», a la que siguió otra sobre el narcotráfico y el tráfico de personas bajo la moderación de Laura Más, En ella, Jordi Dausà puso el punto más realista al afirmar que la guerra contra las drogas está desgraciadamente perdida: «Mientras exista la prohibición y el hombre tenga la necesidad de colocarse, habrá narcotráfico». Otro tanto indicó el autor Carlos Arbó Blanch, quien incidió en que en «el capitalismo impera la ley de la oferta y la demanda» y que «mientras exista la primera, existirá la segunda».

En referencia al segundo tema de la mesa redonda, el autor Jordi Ledesma señaló que, a día de hoy, el tráfico de personas está generalizado: «Salir de Colombia con una niña te cuesta 75.000 euros. Está estipulado y es muy sencillo». Por su parte, José Espelt no quiso olvidar que la prostitución forzada es un hábito cruelmente habitual. Teoría con la que se mostró de acuerdo Juanjo Braulio: «Este negocio mueve en España más de seis millones de euros al día. Así que podemos decir que a los españoles les gusta más irse de putas que ir al cine. Además, dos tercios de las mujeres que la ejercen lo hacen por obligación».

La última mesa redonda de «Lloret negre» versó sobre el «mobbing» escolar y laboral. En la misma participaron autores como Paco Gómez Escribano, conocedor del problema por ejercer también como profesor. «Hoy el verdugo gasta todos los recursos de los centros porque entendemos que hay que reinsertarlo. Pero habría que gastarlos en premiar al que trabaja y en ayudar a la víctima», explicó.

El festival terminó con la entrega del premio a la mejor novela en lengua catalana.