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Desembarco de NormandíaLas brutales prácticas de los paracaidistas que arrebataron Normandía a los nazis el Día D

Las unidades aerotransportadas fueron la cara y la cruz de la jornada. Por un lado, la valentía les permitió conquistar la zona. Por otro, algunos de sus miembros se dejaron llevar por la sed de venganza y maltrataron a los germanos

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Desembarco de Normandía. 6 de junio de 1944. Fue en la noche de una jornada como la de hoy, aunque hace ya 73 años, cuando más de 24.000 paracaidistas aliados se subieron a sus aviones con el objetivo de cruzar las líneas enemigas y disgregarse por el norte de Francia. Una misión casi suicida que provocó miles de muertos y otros tantos heridos.

Incertidumbre y valor. Desesperación y sentido del deber. Todo ello, y un inmenso carrusel de emociones más, es lo que sintieron estos héroes cuando partieron sabiendo que eran la punta de lanza de una gigantesca operación para liberar Francia del yugo nazi en la que participarían un total de 160.000 soldados. Pero el destino es inesperado y, en ocasiones, puede dar un revés de realidad a los héroes.

Y eso es –precisamente- lo que sucedió a muchos paracaidistas norteamericanos, canadienses y británicos que, tras recibir durante meses un arduo entrenamiento que les convirtió en auténticas máquinas de matar, vieron frustrados sus deseos de conquista y fama debido a la mala suerte. La diosa fortuna hizo que muchos de ellos dieran con sus posaderas (tras un aterrizaje muy movido) en lugares tan inoportunos como campos de minas, gigantescas charcas en las que se ahogaron debido al peso que cargaban, o campanarios y árboles de los que se quedaron colgados.

Tampoco se libraron los capellanes de campaña, muchos de los cuales sintieron verdadero pavor cuando pisaron tierra y se percataron de que habían perdido su Biblia y su crucifijo en el salto.

Por desgracia, la valentía de muchos quedó parcialmente emborronada por los actos bárbaros de unos pocos. Y es que, mientras miles y miles de paracaidistas se dejaban la vida para expulsar a los germanos del norte de Francia, algunos de sus compañeros dieron rienda suelta a su sed de venganza matando a decenas de prisioneros alemanes que se habían rendido o, incluso, amputándoles dedos para poder robarles sus sortijas de casados.

Comienza la operación

Para hallar el origen del Desembarco de Normandía es necesario viajar en el tiempo hasta 1944. Por entonces la situación era bastante precaria para las tropas de un « Führer» que, tras ser derrotado en  Stalingrado, había iniciado su retirada paulatina hacia Berlín. Tan mal andaban las cosas en el este para los nazis que británicos, estadounidenses y canadienses se propusieron hincar el diente a Alemania abriendo un segundo frente por el oeste. Así pues, se acordó hacer un desembarco a lo largo de toda la costa de Normandía con el objetivo de presionar el enemigo por ambos flancos.

¿El objetivo? Que los alemanes se viesen obligados a dividir sus fuerzas y se relajase la presión que soportaban las tropas del «Camarada Stalin». La operación que, según explica el historiador Martin Gilbert en su libro «El desembarco de Normandía», llevaba urdiéndose desde 1940.

La tarea es sencilla de narrar, pero era mucho más difícil de llevar a cabo. Y es que, a pesar de que el monstruo nazi estaba herido, no andaba ni mucho menos moribundo. A su vez, Hitler no era precisamente estúpido, y había ordenado a uno de sus más conocidos y reputados oficiales,  Erwin Rommel que organizase el denominado «Muro Atlántico» (las defensas de las playas de Normandía) para lograr detener el desembarco que se preveía. Con tal objetivo, el militar -que se había dado de tortas contra Montgomery en el norte de África- preparó 6.500.000 minas y 500.000 obstáculos y organizó en la zona a casi 400.000 soldados de infantería y un número considerable de carros de combate.

La misión era vital. Lo que ganar con ella, mucho; aquello que perder, más todavía. Todos y cada uno de los combatientes sabían que, una vez sobre la tórrida arena gabacha, las posibilidades de sobrevivir eran menos que escasas. Pero no les importaba, pues eran hombres dispuestos a dejarse su existencia (en el sentido más literal de la palabra) para que «la France» volviera a cantar aquello de «Liberté, égalité, fraternité». Eran unos héroes, que se podría decir en la actualidad. En especial los valerosos paracaidistas, los encargados de abrir camino en vanguardia a base de fusil, granada y naso.

Sus misiones eran de las más difíciles de la jornada. Para empezar, debían tomar varias cabezas de puente alemanas ubicadas tras la primera línea de defensa de la misma playa de Normandía. ¿El objetivo? Evitar que, cuando los nazis se percataran del guirigay que se había montado, enviasen a través de estas vías refuerzos para expulsar a los aliados. Una vez conquistada la zona, estarían obligados a defenderla hasta la muerte para no comprometer a sus compañeros. Por otro lado, algunos recibieron también la orden de destruir las posiciones de artillería nazis que, desde determinados puntos de retaguardia, podían dar más de un dolor de cabeza a los soldados que desembarcarían desde las lanchas aliadas.

Paracaidistas sin suerte

«Estáis a punto de embarcar en la Gran Cruzada para la que nos hemos estado preparando estos meses. Los ojos del mundo están sobre vosotros. Las esperanzas y oraciones de los amantes de la libertad en todas partes marchan con vosotros. […] Conseguiréis destruir la maquinaria de guerra alemana». Esta fue una parte de la carta que, en las últimas horas del 5 de junio de 1944, leyeron todos los paracaidistas aliados antes de iniciar su vuelo hacia Normandía. Su autor era el Comandante en Jefe de las fuerzas combinadas  Dwight D. Eisenhower, y la verdad es que fue parco en palabras. Apenas escribió un folio. Con todo, sus subordinados no necesitaron más y, tras impregnarse del mensaje, se dispusieron a caer sobre Francia.

Lo que estos hombres no sabían era que, debido al intenso fuego de las baterías antiáereas alemanas, sus aviones se iban a desviar kilómetros y kilómetros de su ruta. Un factor determinante que les impediría reunirse y actuar como una fuerza conjunta.

Y eso, los que tuvieron la suerte de poder pisar tierra. Una «misión» que no pudieron cumplir decenas de paracaidistas que murieron en los mismos aeroplanos antes siquiera de poder arrojarse sobre tierras francesas. «Como volaban a una altitud de poco más de 300 metros, los aviones estaban al alcance del fuego de las baterías y las ametralladoras alemanas», explica Antony Beevor en su obra « El Día D. La batalla de Normandía».

A los más jóvenes, cada uno de los disparos germanos les suponía una disminución de la moral. Otro tanto pasaba con los gritos de sus compañeros alcanzados por el fuego enemigo. «Un paracaidista que fue herido por metralla en las nalgas fue obligado a permanecer de pie para que un médico le curara allí mismo», señala el historiador. Desde los buques ubicados en el Canal, muchos observadores miraban con una mezcla de tristeza y emoción lo sucedido. Y algunos -como explica Beevor- soltaban de vez en cuando algún suspiro seguido de un simple comentario: «Pobres desgraciados».

La mayoría de los paracaidistas, no obstante, lograron salir de los aviones mediante un procedimiento que se haría famoso gracias a la serie «Hermanos de sangre». Una vez que el transporte alcanzaba la zona de lanzamiento, y tras cuatro minutos, la luz que había dentro de todos los aeroplanos se volvía verde. Esa era la señal para que los hombres en el interior se arrojasen en paracaídas. Las dos órdenes que todos escuchaban a continuación eran simples, pero determinantes: «¡Levantaos y enganchaos!» y «¡De pie junto a la puerta!». Después, cuando los transportes disminuían su velocidad a entre 145 y 175 kilómetros por hora, comenzaba la aventura.

La peligrosa caída

Una vez en el cielo el riesgo no se minimizaba. Ni mucho menos. De hecho, ese era uno de los momentos más peligrosos, pues los soldados estaban totalmente desprotegidos ante los disparos de las baterías antiaéreas. Muchos de nuestros héroes, desesperados ante la ingente cantidad de fuego que se cernía sobre ellos, tendían a levantar las piernas y ponerse en posición fetal. Pero eso no les servía de nada. Su fragilidad era la misma.

No fueron pocos los que fallecieron durante el descenso, como bien explica Beevor en su obra: «Un hombre estalló literalmente durante el descenso. Tal vez porque una bala trazadora hiciera blanco en su granada Gammon».

«Un hombre estalló literalmente durante el descenso. Tal vez porque una bala trazadora hiciera blanco en su granada Gammon»

«Algunos grupos cayeron tan mal, que tomaron tierra más cerca del lado occidental de la península que de sus zonas del este. Centenares de hombres, sobrecargados de equipo, fueron a parar a las traicioneras ciénagas del Merderet y el Douve. Muchos se ahogaron, algunos en menos de un metro de agua», explica Cornelius Ryan (presente en la contienda) en su obra « El día más largo». A su vez, una buena parte de los paracaidistas (un 70%, según cifras ofrecidas por el autor) perdieron alguna parte de su equipo durante el descenso.

Desorientados y desconcertados

Fueron cientos los paracaidistas que aterrizaron en una zona que no habían estudiado y de la que no sabían nada. La situación se complicó cuando se percataron de que no podían hacer ningún ruido para no llamar la atención de los germanos. Totalmente perdido, el capitán Anthony Windrum tiró por tierra todo su entrenamiento y, tras caer en un lugar desconocido, se limitó a plantarse en medio de una carretera (algo no demasiado aconsejable) y, como un motorista extraviado, encender su linterna para ver un poste de identificación cercano. Contravino todas las órdenes y podría haber muerto, sí, pero se orientó. Tuvo suerte.

Raymond Batten, del 13º batallón británico, tuvo una fortuna similar. Este soldado cayó sobre una unidad alemana posicionada en un bosque. Tendría que haber sido rápidamente cazado, pero el que su paracaídas se quedase colgado de un árbol le salvó la vida. «Batten oyó el tartamudeo de una ametralladora que estaba muy cerca. Un minuto después, sintió el crujido de los matorrales y los pasos lentos de alguien que se dirigía hacia él. Batten había perdido su metralleta en el descenso y no tenía pistola», explica Ryan. Tenso, decidió hacerse el muerto para salvar el pellejo. Sus enemigos mordieron el anzuelo. «La figura simplemente se alejó», afirmó tras el enfrentamiento.

Algo parecido le pasó a John Steele, del 505º Regimiento de la 82ª División Aerotransportada norteamericana. Este soldado tuvo tan mala fortuna que no pudo evitar que su paracaídas acabase colgado del campanario de la iglesia de Ste.-Mére-Église, un pueblo en el que se había iniciado una auténtica lucha a muerte entre nazis y aliados. El combatiente fue testigo de todo aquello desde su privilegiada posición, aunque sabía que podía morir en cualquier momento si alguien se percataba de que realmente estaba vivo.

«Intentó desasirse pero, sin saber cómo, su cuchillo cayó a la plaza. Steele decidió que su única esperanza pasaba por hacerse el muerto. Se hizo el muerto en sus arreos de manera tan real, que el teniente Willard Young, de la 82ª División, recordaría al cabo de los años al “paracaidista muerto que colgaba del campanario”. Permaneció en esa posición más de dos horas hasta que le hicieron prisionero los alemanes», determina el experto en su obra.

Tampoco anduvo muy acertado el teniente Richard Hilborn, del 1er batallón canadiense. A pesar de que las órdenes eran no hacer ruido y no llamar la atención, cayó sobre un edificio dándose de bruces contra una gran cristalera. Lógicamente, el ventanal cedió, y en el proceso se montó un jaleo de mil demonios que alertó a todos los presentes. La fortuna quiso que no hubiera alemanes en la zona y el soldado pudo salir por su propio pie del desastre. Con todo, es seguro que, si sus superiores le hubiesen visto, habrían tomado medidas contra su torpeza, pues aquel estruendo podría haber revelado no solo su posición, sino la de todos sus compañeros.

Tensión, minas y capellanes

Si por algo destacó el desembarco de los paracaidistas el Día D fue por la gran tensión acumulada que tenían los combatientes. Así lo dejó claro el comandante Donald Wilkins -del 1er batallón canadiense- cuando, minutos después de aterrizar, se topó con varias figuras sentadas sobre el césped de un jardín. Su susto fue mayúsculo e, instantáneamente, se tiró al suelo para protegerse de los posibles enemigos. Sin embargo, los presuntos alemanes no se movieron. A los pocos minutos, el oficial hizo un leve ruido para lograr que se inmutaran. Nada. ¿Cuál era la razón? Aquellas siluetas no eran más que estatuas de piedra. «Se levantó maldiciendo después de observarlas con detenimiento. Sus sospechas se confirmaron», determina el autor de «El día más largo».

«Sin hacer caso del fuego, buceó repetidamente en busca del saco que contenía sus objetos de culto. Lo extrajo al quinto intento»

Otro de los peores aterrizajes, según explicaron posteriormente los presentes, fue el que protagonizó el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª División. El sacerdote cayó sobre una marisma con tanta fuerza que perdió su misal y su crucifijo. «Sin hacer caso del fuego de ametralladora y mortero que comenzaba a llegar, se dirigió al sitio donde había caído y buceó repetidamente en busca del saco que contenía sus objetos de culto. Lo extrajo al quinto intento», añade Ryan. Tuvo más suerte que otros tantos que, al caer sobre una zona similar, se ahogaron en pocos palmos de agua debido a la ingente cantidad de peso que llevaban encima (unos 50 kilos) en equipo.

La brutalidad de los «paracas»

Quizá por todo ese desconcierto, quizá por el odio que se había generado en tono a los nazis durante años, los paracaidistas aliados no tuvieron piedad con los germanos una vez que se reunieron y empezaron a conquistar las posiciones enemigas.

«Se produjeron unos pocos casos de pillaje verdaderamente brutales», explica Beevor en su obra. Ejemplo de ello fue lo que le vio un oficial de la policía militar de la 101ª División Aeotransportada. «El comandante encontró el cadáver de un oficial alemán y observó que alguien le había cortado uno de sus dedos para robar su alianza matrimonial», destaca el autor.

Aunque esas prácticas estuvieron poco generalizadas, lo que sí hicieron un número mayor de paracaidistas fue acabar con la vida de decenas de prisioneros alemanes que se habían rendido.

En palabras del escritor anglosajón, un sargento del 508º Regimiento de Infantería Paracaidista no pudo evitar quedar horrorizado cuando vio que algunos de sus hombres habían cosido a cuchilladas a un grupo de alemanes para, posteriormente, seguir probando con sus cadáveres lo afiladas que estaban sus bayonetas.

Un soldado de la 101ª División Aerotransportada daba una explicación plausible en sus memorias del por qué se habían cometido esas atrocidades al recordar las múltiples ocasiones en las que había visto los cuerpos sin vida de sus compañeros con sus testículos mutilados en la boca. Su capitán dejó claro qué hacer tras vislumbrar aquella carnicería: «¡Que nadie se atreva a hacer ni un solo prisionero! ¡A esos bastardos se les pega un tiro!».

La brutalidad de algunos paracaidistas sorprendió incluso a sus compañeros. Un paracaidista citado en «El Día D: la batalla de Normandía» se quedó asombrado cuando (tras el salto) preguntó a uno de sus compañeros por qué diantres sus guantes no eran amarillos, sino rojos. La respuesta le dejó asqueado: «Le pregunté donde había encontrado esos guantes rojos y, tras rebuscar en uno de los bolsillos de su pantalón de salto, sacó una sarta de orejas. Había estado cortando orejas toda la noche y las había cosido a un viejo cordón de zapatos».

Algunos paracaidistas llegaron a perder la cabeza. Beevor narra en su obra una tensa situación que se vivió en plena noche tras el salto sobre Normandía, y que por poco acabó en tragedia. Al parecer, un teniente y un capellán se encontraban conversando con civiles franceses cuando se acercaron a ellos un grupo de paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada (una docena). Estos escoltaban a varios prisioneros sumamente jóvenes a los que ordenaron tirarse al suelo. Cuando estaban a punto de fusilarles, los presentes persuadieron al oficial al mando de la unidad de que se detuviese. Se fue, sí. Pero al grito de «¡Vamos a buscar a algún alemán al que cargarnos!». La respuesta del capellán fue sincera: «Esos tíos se han vuelto locos».