GUARDIA CIVIL

El descendiente del bandolero más temido por la Guardia Civil desvela sus secretos a ABC

Francisco Juárez, tataranieto de Castrola, es partidario de que se ha generado una leyenda negra que poco tiene que ver con la realidad histórica de su antepasado: un bandido que la prensa de la época definió como una «alimaña de los Montes de Toledo»

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Solo con paso firme y sabiendo que tocará enjugarse alguna que otra vez el sudor se puede superar la pendiente empedrada que separa el valle toledano de la cueva de Castrola. Acceder al que fuera el último refugio de uno de los bandoleros más vilipendiados por la historia manchega y española no es fácil; menos aún si el cielo descarga una lluvia que la flora agradece, pero no así el visitante. Decir (y dejar sobre blanco) algo tan manido como que los bandidos que se habían echado al monte podían esconderse entre los árboles y escapar así de las autoridades apenas supone un suspiro. Verlo por uno mismo es otro menester y puede provocar alguna torcedura de tobillo. Inaudita, eso sí, pero plausible.

Más a gusto se podría estar disfrutando de unas típicas gachas en Madridejos (Toledo), apenas unos kilómetros al norte de la montaña, o metiéndose entre pecho y espalda una caldereta de cordero en Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), al sur. Unas reflexiones, por cierto, que se pasaban seguro por la cabeza de los bandidos que se escondían entre la maleza hincando el diente de vez en cuando a un trozo de queso reseco en pleno siglo XIX. Sin embargo, el camino que hoy cuesta ascender sin apenas carga (¿qué son una grabadora y una libreta en el bolsillo?) y con un calzado diseñado para la montaña es el mismo que hacía, allá en 1880, Isidoro Juárez García - apodado Castrola (o Castrolas, atendiendo al autor)- día sí y noche también para pernoctar al abrigo y la seguridad de la fría piedra. Y probablemente en alpargatas.

Bandoleros de los Montes de Toledo
Bandoleros de los Montes de Toledo

También lo hacían, zurrón y fusil a cuestas, los agentes de la Guardia Civil que ansiaban echarle el guante y acabar así con sus supuestas fechorías, exageradas hasta la extenuación por la leyenda local. Pero jamás le encontraron. Es lo que tiene conocer los recovecos de tu casa, que te permite esconderte a placer cuando el enemigo llama a la puerta. Y, en el caso de Castrola, los Montes de Toledo eran su hogar. Quizá esa frustración por no poder capturarle fue la que llevó a las autoridades y a los medios de comunicación de la época a cargar tintas sobre él y a pintarle como un diablo al que solo le faltaban cuernos. Una suerte de «alimaña», como le calificaba un periódico de entonces. O puede que, simplemente, sus crímenes fuesen ciertos. ¿Quién lo sabe tras más de siglo y medio?

En pleno 2019, 138 primaveras después de que este bandolero se fuese a la tumba (según apuntan las fuentes más fidedignas, por culpa de una navaja española lanzada con más maldad que atino por los que fueran sus socios), las preguntas que rodean su pasado son más que los datos fehacientes que existen sobre su vida. Aunque de lo que sí está seguro Francisco Juárez Alises, tataranieto de Castrola, es de que la leyenda negra que se ha extendido sobre su antepasado poco tiene que ver con la realidad. «No niego lo que hizo, sus delitos, pero no me da vergüenza saber de dónde vengo. Todo lo contrario, me enorgullece», explica a ABC en su casa, una vivienda ubicada en Villarrubia de los Ojos, el mismo municipio en el que vino al mundo Isidoro. Es lo que tiene la historia, que a veces no se forja con los documentos oficiales.

Bandoleros en los Montes de Toledo

Pero, antes siquiera de hablar de Castrola, es necesario empezar por el principio; el mismo que tiene toda buena historia española. Los orígenes de los desmanes de nuestro Isidoro se remontan siglos atrás, hasta los años en los que la Reconquista convirtió el núcleo de Castilla la Nueva en una tierra de paso obligado para arribar hasta Andalucía y Extremadura. «El bandolerismo es una endemia en los Montes de Toledo desde que la ciudad fue conquistada en el año 1085 y se convirtió en frontera con los musulmanes», explica a ABC el historiador y académico Ventura Leblic, autor (entre otras tantas obras) de múltiples ensayos sobre el tema como el ya famoso « Golfines, bandoleros y maquis en los Montes de Toledo» (Covarrubias, 2008).

Desde la sede de la Asociación Cultural Montes de Toledo, la cual preside, Leblic incide en que los continuos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en los aledaños de la ciudad provocaron el nacimiento de una «tierra de nadie» imposible de habitar. «Esa región comprendía casi toda la cordillera de los Montes de Toledo. Los combates detuvieron la repoblación y, al final, fueron a parar allí los primeros golfines, bandidos de frontera cristianos, musulmanes y judíos», señala. Una buena parte de ellos eran antiguos militares que sabían proteger su vida y que disponían de la suficiente destreza como para que (ya en el siglo XII) los reinos castellanos y los de taifas evitaran enviar a sus huestes contra ellos. La desgracia fue que, para sobrevivir, los pobladores de las montañas se dedicaron a robar y a quemar las aldeas cercanas.

Francisco Juárez, tataranieto de Castrola
Francisco Juárez, tataranieto de Castrola - ABC

Aquellos golfines fueron la columna vertebral de lo que, siglos después, serían las partidas de bandoleros de los Montes de Toledo. Grupos armados que se echaban a los bosques y que, según Leblic, poco o nada tenían de ese romanticismo que prevalece hoy en la mente de la sociedad por culpa de personajes como Curro Jiménez. «El problema es que los ingleses que viajaron a Andalucía escribieron mucho sobre el bandolerismo del sur y perpetuaron esa imagen, pero se olvidaron de otras comarcas como Castilla la Nueva, donde la extracción social de los bandoleros era muy baja», explica. Para el académico, una buena parte de los que decidieron vivir en los bosques de la meseta eran «gentes que procedían del campo, con muy poca formación y que, en ocasiones, cometieron crímenes brutales y desmedidos».

Las crónicas (quizá exageradas, quizá no) le dan la razón, pues hablan de las habituales «limosnas» que exigían a las familias adineradas de los pueblos (cuantiosos rescates a cambio de liberar a un pariente secuestrado) o los ataques que perpetraban contra poblaciones a las que no llegaban las autoridades. No obstante, Leblic tampoco se olvida de los «otros» grupos que se echaban a los montes en el siglo XIX. En primer lugar, miembros de partidas carlistas decididos a expandir la influencia de Carlos María Isidro (y sus sucesores) a golpe de guerrilla y, en último término, desertores de los diferentes ejércitos que buscaban desesperadamente un lugar en el que esconderse. «Algunos habían huido de la recluta liberal y se habían visto obligados a combatir con los carlistas casi por obligación. Cuando llegaba la paz y escapaban, tenían que escaparse a los montes porque eran desertores de ambos contingentes», añade el académico.

En todo caso, tan cierto como que existían estas peligrosas partidas de bandidos es que, en el siglo XIX, había también varios grupos y fuerzas que luchaban contra ellas. La más destacada era la Guardia Civil, ideada en 1844 para garantizar la seguridad pública y acabar con el bandolerismo. Herederos en la región de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, sus miembros eran -en palabras de Leblic- «reclutados en los pueblos por contratos prorrogables de varios años». En principio, sus unidades eran de apenas cinco o seis valientes que no tenían reparo alguno en internarse en los montes para buscar a los criminales. Aunque, para ello, contaban con la ayuda de los desconocidos escopeteros. «Eran grupos de civiles armados que, aunque no eran muy eficaces porque no se adentraban mucho en los bosques, hacían las veces de guías porque se conocían muy bien los montes», añade el académico.

Hijo del Castor

Castrola vino al mundo cuando el bandolerismo se encontraba en plena ebullición en Castilla la Nueva. El escritor e investigador Constancio Chacón ha estudiado bien ese momento, pues es el único que se ha atrevido a novelar la historia de este hombre en «Castrolas, el bandolero de los Montes de Toledo» (Entrelineas, 2017). «Isidro Juárez Navarro nació en Villarrubia de los Ojos en torno a 1851», explica en declaraciones a ABC mientras ojea la fotocopia de una de las sentencias de época que existieron contra él. Militar de profesión, este autor es también partidario de que la imagen que se ha extendido sobre el bandolero manchego es errónea. «Esa visión exótica es incierta. No le robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Se jugaban la vida en su propio provecho y, en el caso de que consiguieran algo extra, se lo entregaban solo a la gente que conocían. Es normal», desvela.

Isidoro (al que llamaban Castrola en herencia del apodo de su padre: Castor) cometió su primer delito menor cuando rondaba los diecinueve veranos. «Robó aceite de un molino y le condenaron a dos años y cuatro meses que pasó en el penal de Alcalá de Henares (Madrid)», explica su tataranieto. La historia oficial coincide en este punto, al igual que explica que, mientras estaba entre rejas, tuvo la mala suerte de ser uno de los elegidos para hacer el servicio militar en África. «Por entonces las Cajas de Reclutas llamaban a un número concreto de hombres por pueblo. De Villarrubia de los Ojos tenían que ir 30 jóvenes en 1871 y él salió, por sorteo, el 14», añade Juárez. Al estar preso, la vez pasó al desgraciado con el número 31. «Cuando terminó la condena, la familia del “reserva” protestó y las autoridades ordenaron a mi tatarabuelo personarse en Ciudad Real», completa.

Edicto contra Castrola
Edicto contra Castrola

En la única biografía escrita que existe sobre este personaje ( «Bandoleros en los Montes de Toledo: Castrola y su compañero Farruco») Luis Villalobos narra como Castrola y Castor dirigieron sus pasos hacia Ciudad Real, tal y como les habían ordenado. Aunque su desgracia fue mayúscula cuando les informaron de que Isidoro debía hacer el petate y poner rumbo a África para cumplir su deber como soldado. En ese punto la realidad se mezcla con la tradición. La historia palpable explica que su progenitor le instó a esconderse en los bosques, mientras que la leyenda (transmitida de boca en boca a lo largo de las décadas) afirma que lo hizo con una frase tajante: «No eres hijo mío si no te echas al monte». En cualquier caso, y según su tataranieto, saltó la verja de la Caja de Reclutas para escapar de aquello.

El porqué su padre le animó de aquella forma siempre ha sido un misterio. La mayoría de libros se limitan a pasar de puntillas por el dato. Pero no sucede lo mismo con Francisco Juárez, quien es partidario -tras años de investigaciones y estudio- de que, para entenderlo, hay que conocer su pasado familiar. «Huyó al monte casi obligado por su padre. Castor había participado en las Partidas Nacionales, grupos que luchaban en los montes; y lo mismo había hecho su abuelo, que había combatido a Napoleón en la sierra durante la Guerra de la Independencia», añade. Su linaje guerrillero determinó su futuro. El «calentón de un día», como afirma su tataranieto, le condenó a una vida como proscrito. Aunque, antes de ser bandolero, luchó en las montañas en la partida de Antonio Merendón gracias a los contactos de su padre. «Luego, como tantos otros, escapó. Fue en ese punto cuando se convirtió en bandolero», desvela.

¿Jefe de la partida?

A partir de entonces comenzó su vida como bandolero. En «Bandoleros. Historias y leyendas románticas españolas» (Ediciones de la Torre, 2014) José Antonio Adell y Celedonio García narran -usando una mezcla de leyenda e historia- que se unió a otros tantos bandoleros como los temibles «Juanillones» o los «Purgaciones». Pronto, siempre según estos autores, se convirtió en el cabecilla de una de las partidas más letales de los Montes de Toledo. Algo que también perdura en el imaginario colectivo, pero que su tataranieto niega. «No llegó a ser ningún cabecilla. Tenía más cultura que los otros, que apenas sabían leer o escribir. Por eso le daban un papel preponderante. Pero él siempre prefería estar en un segundo plano. Y eso le benefició porque no organizó acciones violentas», explica.

Extracto de uno de los diarios de época donde se le nombra "capitán"
Extracto de uno de los diarios de época donde se le nombra "capitán"

Lo que es innegable es que Castrola era considerado un bandolero destacado por la sociedad y por las autoridades. Así lo atestiguan artículos como el que apareció en el periódico «La Iberia» (fundado en 1854) durante los años en los que Isidoro se había echado al monte. En una de sus múltiples noticias, publicadas sin titular -como era costumbre-, el redactor enumeraba a los «bandidos de la Mancha» más populares. Una «familia afortunada» de malhechores, como escribía con sorna, de la que era «capitán» nuestro protagonista. «Capitán – Isidoro Juárez (a) Castrola, soltero, natural de Villarrubia, de veintinueve años de edad. Tiene en concepto de querida a Victoriana Millán Ramírez, del mismo pueblo, soltera y de veintiséis años de edad».

Como segundo al mando, el diario nombraba a «Farruco», uno de sus colaboradores más cercanos. «Teniente.- Benito Solís (a) Farruco, de Villarrubia, de cuarenta y seis años y casado con Baldomcra Fernández Ayba, también de Villarrubia». A partir de ese punto, la lista incluía hasta una decena de seguidores en el grupo tales como Casimiro y Abrosio Navarro (ambos «Purgación»); Antonio Cuéllar; Saturnino Hayaños; Laureano de la Cruz; Mariano «el de Villarrubia» o Susano Fajuelo, «de Alcayor». Otro tanto hacía el periódico «El siglo futuro» en una noticia publicada el 17 de julio de 1880. En la misma, recogía los nombres de todos los miembros de la partida y tildaba a Castrola de «capitán» del grupo bajo unas sencillas, pero determinantes palabras: «Una ligera mancha en el campo de prosperidad y tranquilidad […] La política dirá que todo va bien. Para ella».

Leyenda negra y Guardia Civil

Al frente o no de esta partida, está documentado que Castrola participó en varios robos. Pillajes, por otro lado, habituales en los grupos de bandoleros de la época. Uno de los más desconocidos fue publicado por el «Diario Oficial de Avisos de Madrid» (número 37 de 1880). En el interior de sus páginas, la publicación se hacía eco de «un escandaloso robo sucedido el domingo al anochecer en Fuente del Fresno», villa «situada entre dos montes, a dos leguas de Malagón» y a «dos horas de Ciudad Real». En palabras del diario, una vez que la noche cayó sobre la meseta «entraron en dicho pueblo siete hombres armados de retacos y cuchillos y se dirigieron a casa del alcalde, el cual se encontraba tranquilamente jugando al tresillo».

Tras amenazarle, la partida, cuyo jefe «según se dijo era el sujeto apodado Castrolas», obligaron al alcalde a llamar a la puerta de varias viviendas para que le abrieran. «Se llevaron de cinco casas 30000 rs, cometieron toda clase de tropelías, abusaron torpemente de algunas jovenes y martirizaron con inaudita crueldad a algunos que se obstinaban en no entregar el dinero que se les pedía», afirmaba el periódico. A partir de este momento, el artículo explicaba las presuntas barbaridades que llevaron a cabo los delincuentes. Entre ellas, clavar agujas en los dedos de un habitante de Fuente del Fresno, golpear a otros o estrujar los pechos de una viuda con dos hijas mientras uno de ellos les declaraba unidos en santo matrimonio. «Cuando reunieron los fondos que quedan dichos salieron del pueblo con toda tranquilidad sin que ninguno de los 800 vecinos se atreviera a hacer armas contra los criminales», completaba.

Guardia Civil
Guardia Civil - Augusto Ferrer-Dalmau

En todo caso, tanto Francisco Juárez como Constancio Chacón son partidarios de que solo tuvo tres delitos de sangre reconocidos. Dos de ellos, de compañeros (el «Mamón» y el «Farruco») y porque sabía que le iban a traicionar. «Eran ellos o él», explica su tataranieto, quien incide en que no excusa a Isidoro, aunque sí es partidario de ponerla en su contexto histórico. «No era más que un pobre desgraciado que vivió en la sierra y que tuvo una corta y mala vida. Hizo lo que hizo por necesidad. Se echó al monte por ignorancia y se tuvo que dedicar al bandolerismo porque era desertor de un ejercito y de una partida carlista. Como la pena era fusilamiento si le capturaban, tenía que robar para sobrevivir», desvela en declaraciones a este diario, las primeras en las que un familiar de Castrola habla a un medio de comunicación.

Durante años, la Guardia Civil organizó partidas para acudir en su busca, pero todos los intentos fueron en balde. Su conocimiento de los Montes de Toledo y de las diferentes trochas le permitían escapar en el momento en que escuchaba a hombres armados acercándose hasta él. El mismo «Diario Oficial de Avisos de Madrid» publicó que el gobernador de la provincia, el «señor Foxa», envió en su busca a un grupo de agentes tras él después del asalto a Fuente del Fresno, pero no sirvió de nada. «A la hora en que escribo, ocho de la noche, no hay noticia de que haya sido capturado ninguno de los bandoleros, sujetos todos ellos avezados al crimen y que vagan hace mucho tiempo por los alrededores de Fuente del Fresno y en los límites de las provincias de Ciudad Real y Toledo», indicaba el autor.

Cueva de Castrola

Otra de las leyendas más extendidas relacionadas con Isidoro es que, cuando decidió convertirse en bandolero, vivía y pernoctaba en una cueva ubicada en la Sierra de Valdehierro. En la actualidad, la que fuera su última residencia puede visitarse tras subir un camino algo escarpado. El escondrijo no podía ser mejor, pues se encontraba rodeado por múltiples senderos (lo que favorecía que pudiera salir por piernas cuando la Guardia Civil acudiera en su busca) y permanecía oculto a la vista de sus enemigos. Así lo confirma a este diario Carlos Molero, Educador ambiental de la oficina verde del Ayuntamiento de Madridejos y guía habitual en el viaje hasta la caverna. «Es una cueva típica de monte mediterráneo, rodeada de encinas, quejigos, coscojas, distintos arbustos como las sabinas... Además, estaba tapada por vegetación. Eso hacía que fuese muy difícil de ver», completa.

Según Molero, Castrola -y el resto de bandoleros- se basaban en el ruido para saber si estaban en peligro o no. «Nosotros tenemos agudizado el sentido de la vista, pero en la naturaleza el sentido del que vamos a sacar más información es del oído. El silencio habitual de la naturaleza le permitía escuchar quién estaba a su alrededor y si hombres armados subían en su busca», destaca. Con todo, destierra la idea (cada vez más extendida) de que Isidoro pudo tener varias escondrijos similares en la zona para protegerse ya que, desde que fue trasladado hasta esta sierra, no tiene constancia de que existan «cuevas similares en todo Valdehierros». «Es la única», sentencia.

En lo que sí está de acuerdo es en que la vida en el monte es mucho más dura de lo que narran las crónicas y cree la sociedad. «A Castrola el medio le daba carne y frutos. Actualmente hay ciervos, corzos y jabalíes, pero por entonces lo que predominaba era la caza menor. Es decir: conejos, palomas y pajarillos. Por otro lado, podía alimentarse de setas de cardo, las más habituales en la época», completa. Tampoco debía ser fácil para Isidoro superar las temperaturas extremas que se dan en esta región. «En invierno se alcanzan los -3 grados y, en verano, se puede llegar hasta 43 grados. Eso puede provocar daños en la salud», afirma Molero. ¿Cómo pudo aguantarlo? En la leyenda se citan una manta zamorana que le protegía, además de «las hogueras que podía hacer gracias a la leña».

Según cuenta la tradición, Castrola vivía en la cueva habitualmente. Sin embargo, ni Molero ni Juárez están de acuerdo con ello. «Esta más en su casa que fuera. Por lo que sabemos en la familia, pernoctaba con su mujer y pasaba muchos días con su suegro. Hay que tener en cuenta que, para bajar desde el monte hasta Villarrubia de los Ojos hay que andar entre cinco y seis horas. Al final, la realidad es que solo acudía a la cueva cuando corría peligro», señala su tataranieto. Tampoco era habitual que abandonase el escondrijo cuando le daban unos recurrentes ataques de reúma que le persiguieron hasta el final de su vida. Algo que corrobora su descendiente. En todo caso, parece que supo esconderse, pues las autoridades, en un intento de atraparle, desterraron a su familia a Malagón como forma de presionarle.

Triste muerte

Entre idas y venidas, entre ataques de reuma y huidas de la Guardia Civil, Castrola encontró la muerte en 1881 a manos de una castiza navaja española. Con apenas 30 años a sus espaldas y tras una vida entera escondido de las autoridades. El origen de su asesinato hay que buscarlo en los negocios que mantenía con un pastor de Consuegra conocido como el Tuerto. Ambos tenían un trato que cumplían a rajatabla: Isidoro le conseguía cabezas de ganado (podemos suponer cómo) a cambio de que, mes a mes, le entregara una parte de los beneficios que obtuviera con ellas. «Eran principalmente ovejas y cabras. Cada cierto tiempo se pasaba y cobraba», explica su tataranieto. Molero, por su parte, aclara que era relativamente sencillo hallar animales pastando en los Montes de Toledo. «Era habitual que los ganaderos llevaran allí a sus rebaños. No es un lugar apartado e inaccesible, se encuentra ubicado entre varias poblaciones», afirma.

El trato se desarrolló de forma satisfactoria hasta que, un día, el Tuerto se negó a pagar lo que le correspondía. «Castrola fue a verle y le dijo que, o le daba su dinero, o acabaría con su vida. Le dio unos días para reunir todo y le dijo que volvería», incide Juárez. Aquella amenaza sería, a la postre, su sentencia de muerte. «El pastor preparó una trampa para acabar con él cuando regresara. Quería quitárselo de en medio de una vez», añade el tataranieto.

Constancio Chacón
Constancio Chacón

Isidoro regresó poco después armado con su trabuco para exigir su dinero. Para él, todo era normal. «Cuando llegó se encontró con varios pastores que estaban comiendo unas migas. Le dijeron que el Tuerto no estaba, pero que no tardaría en llegar», explica Juárez. Castrola no se fiaba. Solo se tranquilizó cuando vio llegar al de Consuegra. «El Tuerto le insistió en que ya tenía su dinero y le dijo que se quedase a comer con ellos». El bandolero bajó la guardia y decidió cambiar su arma por una bota de vino. Ese fue el momento en que los presentes se arrojaron sobre él. «Su error fue relajarse. Al ir a echar un trago, el más corpulento le agarró por detrás y le sujetó. Mi tatarabuelo intentó escapar, y a punto estuvo de conseguir zafarse con un mordisco, pero no pudo», completa el descendiente.

Su destino estaba sellado. El Tuerto se armó con un pedrusco y le dio un golpe en la cabeza que dejó al bandido conmocionado. «Parece ser que le hundió el parietal y quedó malherido. Luego, con una navaja, le dieron varias puñaladas», añade Juárez. En sus palabras, la muerte de Isidoro ha quedado documentada gracias a un niño que vio todo lo que ocurrió. «Era un pastorcillo que mi tatarabuelo encontró en la sierra descalzo. Le dio pena y le dio dinero para que se comprase unas albarcas. No iba con él de forma habitual, pero aquel día si. De hecho, le había avisado de que aquellos hombres estaban tramando algo. Contó la historia en su lecho de muerte», desvela. Así acabó la vida del bandolero con el que no pudo la Guardia Civil. El hombre que, en la actualidad, navega todavía entre el mito y la leyenda. «Tuvo la muerte que tenían los bandoleros. Una muerte violenta».

El resto, como se suele decir, es historia. El asesino le cortó las orejas para demostrar que él había sido el que había acabado con su vida aquel 28 de septiembre. Poco después, su cadáver fue expuesto en la verja del templo del Cristo de Urda para que sirviera de ejemplo y de escarmiento al resto de bandoleros. Así lo relata el «Romance de Castrolas»:

«Y una mañana de otoño,

Castrolas el herradizo,

apareció muerto,

colgado de la verja del Cristo,

colgado cabeza abajo,

como se cuelga a los cerdos,

el bandido más feroz

de los montes de Toledo».

Aunque Isidoro todavía se vio envuelto en una controversia más. Ávido de conseguir reconocimiento, un Guardia Civil de ese mismo pueblo se apuntó el tanto de haber acabado con su vida. Su versión aparece, incluso, en los documentos de época. No obstante, cuando el verdadero verdugo se presentó en Madrid con los restos del forajido fue procesado por mentir. Así se terminó todo.

Juárez: una vida tras Castrola

1-¿Ha sido difícil recopilar la historia de Castrola?

Sé cosas de Isidoro porque me esforzado en recopilar información. En la familia se ha contado poco de él. Su mujer (aunque no estaban casados) no contó nada. Bastante sufrimiento pasó ya para querer recordar todo otra vez. Por eso desconocíamos parte de su historia. No porque fuese un tabú o sintiésemos vergüenza. Una de las cosas que me queda es hallar alguna fotografía suya. Tengo de los Juanillones y de los Purgaciones, pero de él no.

2-¿Fue un ángel o un demonio?

Es mi familia y llevo su sangre. No se puede negar lo que hizo como bandolero: robar y matar. Fue lo que fue. No voy a santificar a nadie y decir que fue una buena persona. Pero lo que también debemos entender es que el monte era un sitio en el que él no quería estar. Fue un desgraciado que tuvo que sufrir mucho durante su vida y que solo quería sobrevivir. Para mi fue una víctima de aquel sistema. Parece que, como era un bandolero, todo lo que hacía era malo. Y no. Yo quiero quedarme también con lo humano.

3-¿A qué se refiere con lo humano?

Castrola quería mucho a su familia. Todo lo que hizo fue por ellos. Hasta pidió tres indultos para que le perdonaran. Quería volver con ellos, pero no le dejaron.

4-¿Ha marcado su vida descender de Castrola?

A mi no me marca. Mi tatarabuelo fue lo que fue y no me siento para nada avergonzado. Al contrario, estoy muy orgulloso de donde vengo y de lo que soy. Todos sabemos lo que hizo y no es un plato de gusto, pero el primero que no quería aquello era el.