Retrato en pintura de Elizabeth Báthory
Retrato en pintura de Elizabeth Báthory

Los baños de sangre de la «Tigresa» vampira: la mujer más sádica de la historia

Decenas de esqueletos, más de 300 testigos y la declaración judicial de sus colaboradoras retrataron a la condesa Erzsébet Báthory como una mujer narcisista y sádica

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Hungría y los Balcanes hicieron de última barrera entre el mundo cristiano y el mundo musulmán representado por el Imperio turco. Una tierra de lucha salvaje, de odios irrefrenables y, en consecuencia, un archivo de villanos crueles. Tierras duras hacen gentes duras... Allí nació Vlad «el Empalador» de Transilvania, la persona real que inspiró la historia del Conde Drácula. Y allí surgió otro monstruo humano, Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta, una vampira representada hasta la saciedad por la literatura y el cine.

Nacida en 1560, esta noble húngara pertenecía a una de las familias más antiguas y lustrosas de Transilvania. Siendo muy joven se casó con su primo, el príncipe Ferenc Nádasdy, que elevó aún más su estatus y la relegó a una vida en solitario, porque, dadas sus obligaciones bélicas, pasaba grandes periodos de tiempo fuera del palacio familiar. En la mejor tradición de los empaladores de Transilvania, Ferenc Nádasdy se ganó el apodo de «Caballero negro» de Hungría por su extremada violencia en el campo de batalla. Un matrimonio tal para cual, a la vista de lo que la condesa hacía en su ausencia.

La Tigresa de Csejthe

Según la leyenda negra de este personaje, Erzsébet Báthory vivía obsesionada con no envejecer. Al estilo de la bruja de Blancanieves, una anciana la maldijo siendo una adolescente a perder su belleza de forma súbita y la condesa, de piel pálida y considerada una de las mujeres más hermosas de su tiempo, intentó por todos los medios esquivar los estragos de la edad. Para ello no dudó en torturar, mutilar y asesinar a mujeres jóvenes. La llamada Tigresa de Csejthe asesinó a cientos de muchachas (650 es la cifra más exagerada), la mayoría sirvientas o campesinas de las tierras cercanas a sus castillos de Lezticzé, Keresztúr, Sárvár, Beckó y Csejthe. Una camarilla de cómplices se encargaban de llevar a las jóvenes ante la condesa que, en lo que parece el perfil de una sádica, experimentaba éxtasis epilépticos con el dolor causado y cierta satisfacción sexual.

Retrato de Ferencz Nadasdy
Retrato de Ferencz Nadasdy

Hija de primos hermanos, los antecedentes de enfermedades mentales coincidían por ambas partes en la condesa. Las torturan empezaban con las víctimas atadas y golpeadas hasta que «el cuerpo se les ponía negro como el carbón y se les abría la piel. Luego, la condesa se recreaba en la tortura de las extremidades, cortando los dedos uno a uno con una cizaña y pinchándole las venas con unas tijeras. La resistencia de las víctimas jugaba en su contra, dado que la aristócrata disfrutaba improvisando nuevas torturas.

Además de su satisfacción sexual, el objeto final era obtener la sangre de las torturadas, pues, para la blancura de su piel, lo mejor eran los baños de sangre virgen, según creía la condesa. Incluso inventó con este fin una esfera forrada en su interior de cuchillas como dedos. La jaula se alzaba con una polea y se balanceaba para que la joven sangrara y la condesa, con su túnica blanca, se empapara con la sangre y bebiera de ella.

La muerte de Ferencz Nadasdy, que observó en vida con cierta indiferencia las agresiones y humillaciones al servicio (por ejemplo, criadas atadas a la intemperie y obligadas a fregar desnudas en invierno), azuzó aún más la fiebre psicópata de la condesa. Solo la intervención externa puso fin a una auténtica asesina en serie.

Impunidad política

La elevada cifra de fallecidos a manos de la Tigresa de Csejthe se comprende por lo prolongado de su reinado del terror y por el insólito contexto político que le tocó vivir. La derrota húngara en Móhacs (1526) frente a los turcos supuso la desaparición de hecho del reino magiar hasta el siglo XIX y un golpe crítico a la única potencia que se resistía con cierto éxito al avance turco. 50.000 soldados húngaros fueron eliminados y con las cabezas de 2.000 prisioneros, entre ellos siete obispos, los turcos levantaron un montículo como advertencia. El territorio húngaro quedó así dividido entre un gobierno títere impuesto por los turcos y uno cristiano bajo la corona de la dinastía Habsburgo.

Con el reino derrumbado, la nobleza se aprovechó de la debilidad del reino para hacer y deshacer a su antojo al estilo más feudal del término.

Los señores feudales como la Condesa sangrienta, procedente de una de las familias más poderosas de Centroeuropa, consideraban de su propiedad todo los seres que habitaban en sus tierras

La Edad Moderna tardó así en llegar a Hungría. Los señores feudales como la Condesa sangrienta, procedente de una de las familias más poderosas de Centroeuropa, consideraban de su propiedad todo los seres que habitaban en sus tierras y, sin estancias superiores a las que acogerse, los vasallos estaban completamente indefensos. A tal anarquía contribuyó especialmente la personalidad del Rey de Hungría que reinó en los años de más actividad criminal de la Tigresa de Csejthe. Entre 1572 y 1611, el extravagante Rodolfo II, Archiduque de Austria y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, reinó sobre Hungría y Bohemia. Este sobrino de Felipe II educado en España, reveló durante su reinado una personalidad excéntrica y con tendencia a la locura. Su afán coleccionista y su amor por la ciencia (también la alquimia) hicieron que Rodolfo II descuidara, en más de una ocasión, las tareas de gobierno.

Imagen de las ruinas del castillo Csejthe
Imagen de las ruinas del castillo Csejthe

A partir de 1608, Rodolfo se vio presionado para ceder el control de Hungría, Austria y Moravia a su hermano Matías de Austria. A la vista de su estado mental, un consejo de familia confió finalmente el gobierno de todos sus Estados a su hermano Matías, obligándole a abdicar en 1611. Si bien mantuvo de forma nominal el título de Emperador y Rey de Hungría hastasu muerte meses después.

La llegada al trono de Matías permitió que fueran escuchadas las alegaciones de la nobleza rural contra la condesa. Y es que, mermada la población de doncellas de las cercanías de sus castillos, la Tigresa había terminado por recurrir a muchachas de buena cuna de las que, como las de baja, nunca más se había vuelto a saber nada. A finales de 1610, el conde Jorge Thurzo, mano derecha del Emperador, llegó a Csejthe para poner a la Condesa Sangrienta bajo arresto. Un registro de su castillo mostró la cámara de los horrores, con cadáveres frescos e incluso varias doncellas aún agonizantes tras una de las orgías nocturnas.

Solo una de sus criadas declaró a favor de la Tigresa, mientras que ella se escudó en su condición de noble para no acudir

Cuando salieron a la luz estos crímenes, la condesa fue juzgada en Pressburbo (hoy en la Bratislava eslovaca), que en esas fechas hacía las veces de capital húngara tras la caída de Budapest en manos otomanas. Veinte jueces la condenaron, en 1611, a un encierro de por vida y la diagnosticaron como demente, si bien ella nunca aceptó los cargos y se pasó el resto de su vida defendiendo su inocencia. Decenas de esqueletos, más de 300 testigos y la declaración judicial de sus colaboradoras, que salió a la luz en el siglo XVIII de la mano del jesuita Laszlo Turoczi, retrataron a la condesa como una servidora de Satán, narcisista y sádica. Solo una de sus criadas declaró a favor de la Tigresa, mientras que ella se escudó en su condición de noble para no acudir al juicio. Del mismo modo, la mayoría de sus cómplices fueron condenadas a muerte, algunas a ser torturadas y quemadas vivas; siendo que solo su sangre azulada le salvó a ella de una pena mayor.

Según defendió desde su última morada, la acusación del Rey de Hungría solo era una farsa para apropiarse de sus tierras. ¿Fue otra víctima de un mundo controlado por los hombres? La condesa, habiéndose quedado viuda, apoyó con su inmensa fortuna a su primo Gábor I Báthory para convertirse en Príncipe de Transilvania. Una apuesta que le confrontó con Matías II y, en última instancia, pudo costarle su caída en desgracia. Eso sin olvidar que la Condesa y su familia eran protestantes, frente a un país donde los Habsburgo, ferreos católicos, trataban de consolidar su poder.