Feijóo en un mitin en Lugo durante la campaña de las elecciones municipales
Feijóo en un mitin en Lugo durante la campaña de las elecciones municipales - MIGUEL MUÑIZ
POLÍTICA

Una legislatura de quince meses

Tras la doble cita electoral, Galicia encara la recta final del actual mandato autonómico con todo por decidir, incluido el futuro de Alberto Núñez Feijóo

SantiagoActualizado:

Superada la marejada de dos elecciones en el escueto margen de un mes, la próxima cita con las urnas que vivirá España —salvo que los imprevisibles inquilinos de la Generalitat vuelvan a emborronar el guión previsible— serán las autonómicas gallegas y vascas, previstas para el otoño del año próximo. Restan por delante unos quince meses de legislatura, y la impresión es que el contador se sitúa a cero, y el futuro político de la Comunidad se dirimirá en este tiempo, en el que todos los actores protagonistas van a ir ocupando sus puestos.

Pudiendo parecer poco, quince meses dan para mucho, especialmente para quien ostenta el gobierno de la Xunta. Es margen suficiente para presentar dos proyectos de presupuestos autonómicos, que previsiblemente estarán centrados en las políticas sociales y en rebajas fiscales —Feijóo así lo dejó entrever este jueves—, y muy especialmente en el refuerzo de los servicios públicos.

El gobierno gallego sabe que se le ha abierto una vía de agua en la sanidad, y a ella está dedicando el grueso de sus esfuerzos. Aún reconociendo que determinados colectivos del sector están abiertamente politizados y teledirigidos por la izquierda, incluso dando por sentado que en ocasiones hay mala fe para intentar trasladar una imagen de apocalipsis sanitario que no es tal —baste recordar cómo la CIG censuraba a CC.OO. y Omega por no respaldar una propuesta del Sergas para mejorar la situación de los PACs y querer prolongar el conflicto—, la sanidad necesita gestionar su compleja realidad.

Sanidad, vía de agua

Pocos servicios hay como la sanidad que incidan tanto en la conformación de la opinión pública. Y además no comprende de intermediarios que puedan endulzar lo vivido de primera mano cuando la impresión es negativa. El problema no está en las listas de espera quirúrgica, ni en las consultas de especialista para patologías graves, sino que se ha destapado en la Atención Primaria, la puerta de entrada de los enfermos al sistema. Es una crisis a nivel nacional pero que en Galicia se ha convertido en un ariete de la oposición para desgastar a Feijóo y erosionar su imagen de gestor.

La respuesta dada por la Xunta ha sido ágil, atendiendo casi de inmediato las demandas del sector, inyectando fondos millonarios en la sanidad para contratación de personal y mejora de los procesos administrativos y las infraestructuras. Pero la esencia es que faltan médicos. No en Galicia, sino en toda España. En la medida en que la Xunta sea capaz de resolver el déficit de facultativos y devolver la paz al sector, sus posibilidades de victoria electoral en las autonómicas se incrementarán exponencialmente.

Con el empleo aparentemente encauzado —la economía gallega no va a deteriorarse de manera abrupta en estos quince meses, dado que la española está aguantando mejor de lo esperado la desaceleración—, y la presión fiscal en niveles generosos —aunque esto cada vez condiciona menos el signo del voto del ciudadano—, la apuesta económica se centrará en el Xacobeo 2021, el gran caballo blanco de Núñez Feijóo. No se tratará únicamente de un vehículo cultural o turístico, sino que la pretensión es hacer de él un motor de creación de riqueza y desestacionalizar a Galicia como destino, para lo que ayudará la previsible puesta en funcionamiento del AVE a comienzos del año próximo. El proyecto apunta a ambicioso, con independencia de que su gestión directa corresponderá al gobierno que salga de las urnas en 2020, pero la actual Xunta no hará como el bipartito y dejará unas bases programáticas sólidas.

En el plano industrial, las dos heridas abiertas no son imputables al gobierno gallego sino a decisiones del Ejecutivo estatal. La situación de las electrointensivas en general —y de Alcoa en particular— y el conflicto de la planta de Ence en la Ría de Pontevedra son más un quebradero de cabeza para el PSOE que para los populares gallegos.

El candidato

Pero la principal incógnita que mantiene la Xunta es si Núñez Feijóo aspirará a seguir presidiéndola cuatro años más, tras superar ya la década como inquilino de San Caetano. El escenario guarda múltiples paralelismos con el vivido cuatro años atrás. Las municipales no han hecho despuntar a ningún dirigente en el PP que avale un salto generacional y la búsqueda de un candidato alternativo —ni entonces ni ahora—, en el gobierno tampoco se han alterado las estructuras de poder que entronicen a un claro sucesor, y el partido sigue asumiendo que su mejor valor es Feijóo.

Él, por el momento, calla. A sus más próximos les confiesa que no tiene ninguna decisión tomada. La pregunta ha entrado a formar parte de los clásicos básicos de toda entrevista o rueda de prensa en la que participa. Él ni afirma ni desmiente, y distrae a los periodistas incluso con la existencia de distintas posibilidades para su futuro personal y político. Sin descartar nada. En 2016 tomó la decisión apenas seis meses antes de la cita electoral, cuando comprendió que no concurrir dejaba al PP sin armas para defender la gestión realizada y con la amenaza del populismo emergente.

Ahora la decisión añade más condicionantes, si cabe. La marca PP pasa por sus peores momentos, como quedó palmariamente demostrado en las generales y europeas. La imagen de centralidad que muestra Feijóo contrasta con la más escorada a la derecha de Pablo Casado. Y ha aparecido Vox como tercer contendiente en el espectro ideológico de la derecha, donde ya estaba Ciudadanos. A eso hay que añadir el lógico desgaste de materiales de un partido que lleva tres legislaturas consecutivas en el poder y el posible cansancio del elector menos ideologizado, ese imprescindible para fraguar una mayoría absoluta.

No se prevé que Feijóo resuelva a corto plazo la ecuación de su futuro. Y el partido no moverá ficha hasta que él se pronuncie, aunque todo hace pensar que habrá dirigentes que se salten el mutismo aconsejado para empezar a proclamar públicamente que Feijóo debe volver a presentarse. El rumor de uno acabará siendo el clamor del conjunto del partido. Al tiempo.

La oposición

En la izquierda se está viviendo la reconfiguración más previsible. El colapso del rupturismo está alimentando de nuevo a un PSOE que parece haber encontrado la paz interna con Gonzalo Caballero —y con la ola favorable de Pedro Sánchez—, y de paso permitir al Bloque volver a levantar cabeza, tras una dura travesía por el desierto después de la escisión de Amio. El nacionalismo crece, quizás no con la fuerza que deseara Ana Pontón, pero abandona el pelotón de cola donde lo arrinconó En Marea.

La confluencia de Podemos es una marca vacía, a día de hoy. Su batacazo en las generales fue un baño de realidad para Luís Villares, cuyo futuro es también una incógnita, toda vez que sus actuales compañeros de viaje desean su decapitación. Ni Podemos, ni Anova, ni Esquerda Unida quiere contar con él ni siquiera para seguir estos pocos meses como portavoz parlamentario. Para qué hablar de repetir como candidato, claro. Este espacio político parece abocado a reagruparse en torno a En Común, la plataforma por la que Yolanda Díaz y Antón Gómez Reino fueron elegidos diputados en Cortes. No tienen candidato para las autonómicas, por ahora.

Por último, los socialistas. Una de las noticias de las próximas semanas será la entrada en el Parlamento de Gonzalo Caballero, tras una ausencia voluntaria de casi dos años. De su capacidad para confrontar con Feijóo en la Cámara legislativa —y salir indemne— dependerá mucho la forja de su imagen como alternativa. La demora en dar este paso ha alentado la teoría de un supuesto miedo escénico, dado que el currículum de Feijóo devorando a líderes de la oposición es bien amplio. Se especula incluso con que vaya a adoptar un perfil reservado, cediendo el protagonismo en los careos quincenales a su todavía portavoz, Xaquín Fernández Leiceaga, y reservándose Caballero para las grandes citas, como el debate de la autonomía o los presupuestos.

La legislatura se desliza ya por la pendiente de la precampaña, esa que el PP quiere evitar pero que sabe irremediable. Quince meses, un año y pico que parece un suspiro pero que en política es todo un mundo.