Participantes en la cumbre australiana del G-20 de Brisbane (izda. a dcha: los dirigentes de España, M. Rajoy; Italia, M. Renzi; Francia, F. Hollande; Estados Unidos, B. Obama; Reino Unido, D. Cameron; Alemania, A. Merkel; y de la Comisión, J-C. Juncker
Participantes en la cumbre australiana del G-20 de Brisbane (izda. a dcha: los dirigentes de España, M. Rajoy; Italia, M. Renzi; Francia, F. Hollande; Estados Unidos, B. Obama; Reino Unido, D. Cameron; Alemania, A. Merkel; y de la Comisión, J-C. Juncker - afp
g-20

Globales y... ¿reales? Más de 800 medidas para crecer

Las veinte economías más poderosas dicen tener un plan para que el mundo vuelva a crecer. Los economistas son escépticos. No solo hay que invertir en infraestructuras, la medida estrella, las reformas estructurales son clave

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Las veinte economías más poderosas del mundo han vuelto «a quedar». Junto a la representada por el presidente Mariano Rajoy, invitado por el selecto grupo por ser el jefe de Gobierno de España, economía que hoy, sí, para los países más desarrollados, es un ejemplo de superación ante la crisis. El lugar elegido, Brisbane, Australia. El objetivo, buscar nuevas fórmulas para reinventar el futuro de la economía global. ¿Para qué? Crecer, sobre todo, para crecer. Y crear empleo. ¿Cómo? A través de 800 medidas de todo tipo. ¿Medidas globales? Sí. ¿Medidas reales?... El caso es que tras nueve cumbres celebradas durante los años de gran recesión mundial, el regusto que flota en el ambiente el día después es siempre de una mera recopilación de asuntos ya previstos en agenda. De medidas reales, nada de nada. O eso dicen algunos economistas. «Desde la reunión del G-20 en Londres -en abril de 2009-, en el primer mandato del actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, las expectativas que se crearon no se han visto confirmadas por resultados notables», rememora Robert Tornabell, catedrático de Banca y exdecano de ESADE Business School.

Aunque Tornabell especifica: « con la excepción de las extraordinarias medidas expansivas que la Reserva Federal (FED) aplicó, y que se tradujeron en más de seis años de tipos de interés fluctuando en torno al cero por ciento y compras masivas de Bonos del Tesoro, que dieron liquidez a la economía real y alimentaron, meses más tarde, la recuperación de Wall Street, reforzando los buenos resultados que se produjeron en marzo 2009 cuando la FED anunció el éxito de las pruebas de resistencia que aplicó al sesenta por ciento de la banca americana».

Resultados de las cumbres

No todos los observadores ven resultados tan visibles y rápidos en el tiempo. José María Gay de Liébana, doctor en Economía y Derecho y profesor de Economía Financiera y Contabilidad en la Universidad de Barcelona, es bastante más duro en su percepción del valor y fines de estas reuniones, y muestra ironía y escepticismo ante sus intenciones a priori, y resultados, a posteriori: «No veo que sirvan para nada. Sí, acaso, para que algunos hagan un viaje fantástico. En el último caso, los mandatarios aseguran que estuvieron un día y medio reunidos en Brisbane y han consensuado 800 medidas... Ninguna medida en realidad. Lo que se ha hecho es una recopilación de asuntos que ya tenían en agenda. Ninguna novedad».

Una opinión tajante de Gay de Liébana que contrasta con la de Javier Morillas, catedrático de Economía Aplicada, del Departamento de Economíade la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales School of Business and Economics Universidad CEU San Pablo, que ve, al menos, valor pedagógico en estos encuentros: «Tampoco cabe esperar del G-20 más de lo que es: un foro de reflexión y discusión sobre los problemas más importantes que en cada momento afectan a la economía mundial; y hacerlo desde el grupo de países que generan el 84% del PIB mundial, los más desarrollados junto a los emergentes más destacados. Es útil en tanto en cuanto sirve para el análisis comparado entre los gobiernos que adoptan medidas más reputadas y de mejores resultados con otros de medidas más erráticas».

Sin embargo, Obama, Merkel, Putin, Xi, Modi, Renzi, Hollande, Cameron... y Rajoy salieron satisfechos con su nuevo plan bajo el brazo de la útima cumbre, celebrada el pasado domingo, esas 800 medidas para lograr un crecimiento económico del 2,1% hasta 2018, por encima de sus últimas previsiones, e inyectar unos dos billones de dólares (1,6 billones de euros) a la economía en dicho periodo. Y para que éstas se cumplan, decidieron que tanto el Fondo Monetario Internacional (FMI) como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) lo seguirían de cerca.

«Las reuniones de los altos dignatarios siempre sirven para algo -apunta José Ramón Pin Arboledas, profesor de IESE Business School-. Lo dice la sentencia castellana: “el roce engendra el cariño”. Es muy bueno que los líderes mundiales se conozcan. Es más difícil una confrontación si se habla. Otra cosa son las decisiones que se toman en esos foros. Aunque sean aceptadas tardan en ponerse en práctica o se dilata su ejecución, y su eficacia es pequeña porque llegan tarde cuando las circunstancias han cambiado. Pero no olvidemos, por ejemplo, que los acuerdos de Kioto sobre el cambio climático y las emisiones poco a poco está creando conciencia».

Infraestructuras

Las 800 medidas no han trascendido. No hay aún una relación oficial. Pero en el comunicado final tras ese intenso día y medio de reunión, sí destacan un compromiso por encima de los demás: las infraestructuras son el camino para relanzar el crecimiento mundial.

Así, los miembros del G-20 aprobaron la creación del Centro Global de Infraestructuras, que pondrá en contacto a inversores y a promotores de grandes proyectos en todo el mundo. El organismo tendrá su sede en Sidney durante los primeros cuatro años. Y « permitirá cerrar el agujero de 70 billones de dólares a nivel global en financiación de infraestructuras para 2030», resaltó el primer ministro australiano, Tony Abbott.

Desde su surgimiento en 1999, y especialmente desde 2008, en la Cumbre de Washington, que es cuando el G-20 cobra verdadera entidad se han tratado temas diversos: la reestructuración financiera mundial, los paraísos fiscales, la reforma bancaria, etc. «Este año -remarca Morillas-se ha puesto énfasis en la inversión público-privada en grandes infraestructuras físicas y tecnológicas, que está bien; pero que ningún gobierno piense que con eso pueda eludir acometer las reformas estructurales que tienen que ver con el redimensionamiento del sector público, el buen Gobierno y la lucha contra la corrupción».

Rafael Pampillón, catedrático de la Universidad San Pablo CEU y del IE Business School, ahonda en los términos en los que esta medida debería implementarse: «El aumento de la inversión pública “tirará” del empleo y al final acabará tirando del sector privado. Para Europa este es un buen momento para aumentar el gasto en infraestructuras sobre todo en Alemania, Francia e Italia. En España no hace falta gastar más en obras públicas, porque ya tiene un nivel de infraestructuras extraordinario y que afortunadamente podría mejorar la productividad de la economía española. En cambio, los sectores públicos alemán, francés e italiano deben aprovechar el momento para invertir en este sector ya que 1) los tipos de interés son muy reducidos, por lo que la financiación es barata, 2) se fortalecería la demanda interna lo que impulsaría la producción y el empleo, y 3) se solucionarían los problemas de oferta causados por infraestructuras que en esos países son deficientes; es decir, que en ciertos países el mayor gasto en carreteras, autopistas de peaje, infraestructuras hidráulicas y ferrocarriles mejoraría la productividad».

Desregulación

Mientras, Pin Arboledas da un paso más y recuerda que en Europa se deberían combinar políticas monetarias con inversiones en infraestructuras, y liberando los mercados de regulaciones excesivas. Punto con el que coincide Gay de Liébana: «Hay que avanzar con decisión hacia la desregulación, porque hay un exceso de regulación tremendo, y obviarlo es no ir a la raíz del problema. Hay que fomentar de una vez la iniciativa privada, a través, por ejemplo de más estímulos fiscales».

La nueva estrategia de crecimiento que quieren ayudar a implementar los países más desarrollados junto a las economías emergentes (el G20 cuenta entre sus miembros a la Unión Europea, el G7 -EE.UU., Canadá, Japón, Alemania, Reino Unido, Italia y Francia-, además de Corea del Sur, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Arabia Saudí, Suráfrica, Turquía y Rusia; más los dos invitados, España y Nueva Zelanda) persiguen hacer una economía más resistente, reforzar los sistemas financieros y promover un sistema tributario más justo que obligue a las empresas multinacionales a pagar impuestos en los países donde generan ingresos, además de luchar contra la corrupción.

«Para poder reactivar la economía europea (además de la política monetaria expansiva que está instrumentando el BCE y acertadas políticas fiscales, como podría esa mejora de infraestructuras) haría falta realizar reformas estructurales (flexibilidad mercado laboral, sostenimiento del sistema de pensiones y redimensionamiento del sector público) especialmente en Francia e Italia. Para poder crecer es preciso que Europa siga reduciendo los costes laborales, sociales, financieros y fiscales que soportan sus empresas y que las hace ser menos competitivas en los mercados internacionales. De ahí que Europa deba seguir promocionando la cultura de la competencia. Sin reformas estructurales Europa y especialmente la zona del euro puede seguir estancada durante años», concluye Pampillón.

Cambio de tercio

Entonces, ¿habría que cambiar la política económica dado que la anterior no termina de sacarnos del estancamiento que sufren algunas zonas y países del mundo? En Europa, desde luego sí, porque la política monetaria no ha servido para inventivar la economía de momento, tal y como ha ocurrido en Estados Unidos. «En general hay que estudiar la macroeconomía desde nuevas perspectivas. Debe analizarse cómo funcionan los instrumentos monetarios, fiscales, de inversión pública … en las nuevas agrupaciones territoriales (la UE, el Nafta…) donde cada una de ellas es diferente. Orientar la economía hacia sectores que serán los que no pueden ser sustituidos por máquinas y que darán puestos de trabajo a las personas: los que relacionan con el trato personal (el cuidado de personas mayores por ejemplo o la educación de niños y jóvenes, la ayuda al desarrollo) y aquellas que usan la imaginación como soporte, la creatividad como instrumento (cultura, artistas, nuevas tecnologías, nuevas formas de hacer negocios tradicionales, emprendedores de todo tipo…)», explica Pin Arboledas.

De hecho, el G-20 recomendó tras su última reunión a los países de la zona euro políticas monetarias expansivas, destacando las que desde el pasado mes de septiembre avanzó el BCE, con la compra de activos bancarios titulizados para dar mayor capacidad de crédito a todos los banzos de la eurozona y que las pymes recibieran préstamos para avivar su actividad y crear empleo «porque ellas son las únicas que lo pueden crear, y no las grandes empresas», comenta Tornadell, que además añade que «esas política están aún alejadas del programa que la FED aplicó hasta conseguir tasas de crecimiento de la economía americana que tienden a un crecimiento medio del PIB por encima del 2,5% anual». «Con precios más bajos de la energía el crecimiento mundial se recuperará y, en cierto modo, representa como una subvención indirecta de los consumidores».

Como conclusión, los economistas coinciden en que el crecimiento mundial dependerá al final de EE.UU., China y algunos países emergentes. La zona euro corre el riesgo de bordear el peligroso filo de una deflación o caída generalizada de los precios, algo que no tratado en Brisbane, aunque en algunos foros se hizo referencia a la «década perdida» por Japón, una amenaza que el BCE intenta soslayar.