La turbulenta historia de Repsol en Argentina
Antonio Brufau, Presidente de Repsol - REUTERS

La turbulenta historia de Repsol en Argentina

Repsol se desprendió del 11,8% de las acciones que le quedaban en YPF

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En 1999 Alfonso Cortina era presidente de Repsol. Aquel año la compañía española adquirió el 97,81% de YPF por más de quince mil millones de euros. Se trataba de la adquisición de la mayor empresa argentina de la historia.

La joya de la corona había sido privatizada en 1992 pero la compra de Repsol, mediante una oferta pública (Opa), se interpretaría pronto, a este lado del Atlántico y con ninguna inocencia, como una conquista española más propia de colonizadores que como una operación o un negocio formidable apoyado, entre otros, por el matrimonio Kirchner.

Superado el “crack” de Argentina del 2001/2002 a la petrolera le esperaban tiempos difíciles. La llegada de Antonio Brufau, en el 2004, a la Presidencia de Repsol YPF, como se había rebautizado la empresa, pareció inyectarle nuevos bríos a la compañía.

Con Néstor Kirchner en la Casa Rosada y la resaca de la gran depresión, las cosas se pusieron difíciles para las empresas de servicios públicos privatizadas (tarifas congeladas, intervenciones y algunas estatizaciones) pero Repsol parecía esquivar con cierta cintura los problemas.

Las relaciones entre Brufau y el presidente de Argentina se enmarcaban dentro de la normalidad, sin olvidar el profundo nacionalismo que marcaba la gestión del difunto Néstor Kirchner y sus sutiles mensajes para mantener la compañía dentro del rumbo indicado. “No exigió la incorporación de un socio local pero sabíamos que esa decisión era de su agrado”. La reflexión de un alto directivo de la multinacional era para explicar por qué habían sumado al grupo Peterson, de la familia Eskenazi, como socio de Repsol en el 2007.

La operación de venta, -finalmente de un 25,46%-, de Ypf a Enrique Eskenazi, ex banquero de Kirchner en la provincia patagónica de Santa Cruz, mediante una operación garantizada en su mayor parte con los dividendos a futuro del paquete de acciones de Ypf que adquiría, desató todo tipo de especulaciones.

«Hicimos lo que consideramos adecuado», insistieron hasta el final en Repsol. La idea de que el futuro de la petrolera estaba garantizado o, dicho de otro modo, evitaba una intervención o expropiación fue un error. La “argentinización” de Repsol YPF como se refería el Gobierno para hacer ver a los empresarios lo conveniente que era incorporar un socio local, terminó siendo un fracaso.

En el camino Antonio Brufau gozaba de la simpatía del matrimonio Kirchner y en especial de la presidenta Cristina Fernández, sucesora en el 2007 del despacho y del Gobierno de su marido. No era extraño que ella le señalara en público y le pusiera como ejemplo de empresario ejemplar. Tampoco que se dirigiera a él en escenarios similares o le solicitara algún dato. Brufau era la envidia –por el trato con el poder- de otros ejecutivos. En su mesa de la calle Levene se sentaba con frecuencia el por entonces todopoderoso ministro de Planificación, Julio De Vido. Ese piso, en el coqueto barrio de la Recoleta de Buenos Aires, sería fotografiado de arriba abajo, sin autorización de registro, tras la intervención y posterior expropiación de la compañía.

La crisis energética, la caída de las reservas, la influencia de Axel Kicillof, la falta de inversiones y un largo etcétera sirvieron de explicación para que la Presidenta, de la noche a la mañana, dejara de ver a «Brufau como lindo, rubio y de ojos celestes», según expresión de un ejecutivo local y pasara a mirarle como un “gallego” (español) morocho”, de los muchos que llegaron al país. En la compañía resumieron el escenario con otras palabras: El yacimiento de Vaca Muerta. Aquel descubrimiento, con un potencial de petróleo y gas descomunal pero difícil de explotar, había despertado los apetitos de un Gobierno que pensó que podía quedárselo sin pagar la factura.

A finales del 2011 Cristina Fernández y su Gobierno le cerraron las puertas al empresario que ponían de ejemplo apenas unos meses antes. «Imposible concertar una audiencia o tener un contacto personal», se lamentaban entonces en la compañía.

Entrado el 2012 el fantasma de la expropiación de Repsol tomaba cuerpo dentro y fuera de Argentina. El flamante Gobierno de Mariano Rajoy mandó en misión relámpago al ministro José Manuel Soria a Buenos Aires. Éste regresó a Madrid con el compromiso del Gobierno argentino de que no se adoptaría ninguna decisión contra Repsol hasta no tener sobre la mesas el informe de dos comisiones de ambos países sobre la situación real.

El 16 de abril del 2012, sin aviso y sin los informes, un contingente de funcionarios desembarcaba en la sede de Repsol Ypf de Buenos Aires y desaloja en minutos a los directivos. Acto seguido la presidenta anunciaba la expropiación del 51% de las acciones de Repsol en YPF, medida que sería ratificada el 3 de mayo en el Congreso, el mismo que, dos años más tarde, (el pasado mes de abril) dio luz verde a un acuerdo de compensación económica (más de cinco mil millones de dólares mediante un menú de bonos) que parecía no llegar nunca.

El final de esta historia, más parecida a un culebrón por entregas, rodado durante los últimos quince años, se escribió hoy. Repsol se desprendió del 11,8% de las acciones que le quedaban en Ypf. Apenas conservará un 0,5% simbólico. Guillermo Kohan, director del portal somosnosotros.net y comentarista económico, observaba esta mañana: «Con esta medida está claro que Repsol no tiene confianza en Vaca Muerta». La pregunta inmediata se impone, ¿Por qué será?