Carvalho celebra un gol - EFE
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LIGA BBVA

Pim pam pum del Real Madrid

Los blancos ganaron un partido sin apenas historia ante la actitud temerosa de un Levante que defraudó al no dar nunca la cara

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
MADRID Actualizado:

En esto del fútbol se debería hacer lo mismo que en el teatro y en el cine, donde se sabe qué actores y director vas a ver cuando acudes al evento. Porque, claro, si uno paga una entrada para ver a Ozil y Xabi Alonso (habrá gente que no le guste Cristiano porque raros hay en todo el mundo) y luego no les sacan, ¿devolverán el dinero de la entrada? ¿A qué no? Pues muy mal. [Narración y estadísticas]

Viene a cuento de que en un partido en el que el rival viene con la mente pelada por el 8-0 de hace meses solo se puede esperar un muro de granito y ahí me las den todas, aunque sea de todos los colores.

Así que en dicho aburrimiento de ir contra un frontón es imprescindible contar con las gotas de magia de gente como Xabi Alonso y Ozil. Sin ellos el encuentro fue un pestiño infumable. Lo intentó alegrar Di María con sus internadas y un gol estupendo que firmó Benzema tras gran jugada del argentino. Pero ya. Luego, el exterior blanco se contagió un poco de la sosería del choque y se metió en la corriente de medianía que invadió el partido.

Fue culpa del Levante, todo hay que decirlo, porque no propuso nada. No tiró a puerta en la primera mitad ni una sola vez pero, más allá de eso, abrió la concha de su caparazón, metió a diez jugadores en el mismo y no quiso saber nada ni de Adán ni de Eva ni de una manzana para morder y pecar, aunque fuera un poquito.

El Madrid vivió un partido comodísimo. Puso intensidad en el juego y con eso le bastó y sobró. Con la inercia del choque, puesto boca abajo por la actitud del Levante, creó mil y una ocasiones. Marcó Carvalho el segundo, simplemente porque los de Luis García acumularon tanta gente en el área pequeña que se echaron encima a mil y un madridistas. Así que alguien tenía que tocar el balón y meterlo, en una jugada o en otra, tal fue el número de lanzazos que le tiró el Madrid al diminuto corazón que ayer exhibió el Levante.

Munúa, un paraguas

En el Madrid, dicho está, destacó Di María, pero también hubo destellos de Benzema, parece que algo picado por la situación. La estrategia del Levante fue mandar a Ballesteros sobre Cristiano a ver si había suerte, le picaba y le sacaba fuera del partido, por errores propios o por una roja a tiempo. No hubo tal.

El encuentro era tan desigual que Cristiano tuvo la cabeza lo suficientemente fría para no caer en la trampa. Cada jugada que iniciaba el portugués acababa en peligro. Al poco Munúa se erigía en héroe de su equipo porque le tiraban tanto y desde todos lados que tuvo que agigantarse para evitar un río de goles. En realidad el choque era un auténtico pim pam pum en el que solo había un posible final.

Sorpresa en la continuación. Visto lo visto, parecía seguro que Luis García sentase a los suyos y les leyese la cartilla por el papelón que estaban realizando. Ya saben, la imagen, la valentía, bla, bla, bla. Pues ni hablar. Si antes había nueve jugadores por detrás del balón, ahora había nueve y medio. Ni un amago de ir a por Adán, de sacar la cabeza, de al menos, intentar pasar del medio campo propio con alguna garantía de montar un contragolpe ligeramente razonable.

Tal y como estaban las cosas, el Madrid renunció a explayarse más de lo debido. Se acordó de que tenía el Lyon a la vuelta de la esquina y volvió la espalda al choque y al Levante, que no se merecía un mínimo de profundidad en la lucha.

Así que hubo minutos de la basura, para ver las gotas de esencia de Ozil o los dientes de Manolito Adebayor, que esté dentro, fuera o a medias, siempre sonríe, lo que es muy de agradecer. Al final, un partido soso, sin gancho, con un resultado corto para lo que había merecido el Madrid y corto para lo que había merecido llevarse el Levante.