«Olympia»: Jesse Owens, héroe de la propaganda nazi
deportes en celuloide (XXVII)

«Olympia»: Jesse Owens, héroe de la propaganda nazi

La cineasta oficial de Hitler, Leni Riefenstahl, deslumbró con la primera filmación de la historia de unos Juegos Olímpicos

miguel muñoz
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Leni Riefenstahl quiso construir a dos héroes en sus películas: Adolf Hitler y Jesse Owens. La directora alemana dirigió en 1936 el documental “Olympia”, la primera filmación de la historia de los Juegos. Su prodigiosa técnica deslumbró al mundo del cine, a la vez que provocó su rechazo por el marcado componente político. Dado que 1936 fue el año de las “olimpiadas de Hitler” en Berlín y Riefenstahl la cineasta oficial del régimen nazi.

Riefenstahl mostró desde sus inicios como fotógrafa un talento innato para encontrar enfoques poéticos en la realidad que la rodeaba. Lo suyo era el documental con un punto de trascendencia. Su arte, unido a que mostró una temprana simpatía por el nazismo, hizo que la maquinaria de propaganda del régimen se fijase rápidamente en ella.

Hitler, a través de su secretario Rudolf Hess, le lanzó una jugosa oferta: su cámara, si se ponía al servicio de la causa, tendría acceso total a los entresijos del aparato nacionalsocialista.

Así, Riefenstahl filmó una trilogía de documentales sobre la concentración del partido nazi en Nuremberg, de los cuales el más conocido es “El triunfo de la voluntad” (1934) y su forma de pintar, a través de un estudiado juego de planos y relaciones, al “fuhrer” como una divinidad bajada del cielo. La directora, además, pudo codearse con los altos cargos. La leyenda dice que fue amante de Hitler. Su versión es que tanto el dictador como Joseph Goebbels, el ministro de propaganda, trataron de seducirla sin éxito.

En cualquier caso, Riefenstahl recibió un nuevo encargo en 1936: inmortalizar, con todos los medios de los que quisiera disponer, los Juegos Olímpicos de Berlín, un caramelo para el aparato de propaganda de Goebbels. Por eso, la cineasta contó con una financiación de medio millón de “reichsmarks”, el triple del presupuesto de una gran producción de la época. La directora tardó dos años en organizar y montar todo el metraje, por lo que el filme no vio la luz hasta 1938.

El resultado fue una enorme oda al deporte. Riefensthal combinó los planos que resaltaban el poderío físico de los atletas con primeros planos de sus gestos contraídos. Utilizó recursos novedosos, como la cámara lenta, y los combinó con su mejor repertorio técnico: largos efectos de encadenado, magistrales juegos de contraluz, planos aéreos que van cerrándose... Y sus famosas correspondencias de imágenes:

“Olympia” abre con un recorrido por la Acrópolis ateniense y las estatuas de los antiguos atletas griegos, para inmediatamente pasar a mostrar los cuerpos desnudos de los deportistas alemanes y sus carreras portando la llama olímpica.

Este comienzo es el componente más político del filme, además de ese resumen de la ceremonia de inauguración que muestra a todos los atletas de naciones tan insospechadas como Francia o Canadá alzar el brazo mirando hacia el palco de Hitler. Pero esta vez, los planos divinizados no son para el “führer”. La cinta está plagada de secuencias brillantes protagonizadas por los atletas, como la escena final de salto de trampolín, que resume todas las virtudes de la cineasta.

Aunque los momentos cumbre de “Olympia” los protagoniza Jesse Owens, el hombre de las cuatro medallas de oro. Alemania, contentando los deseos de Hitler, terminó liderando el medallero. Pero el atleta norteamericano salió erigido como un símbolo mucho mayor. Riefenstahl recoge con detenimiento los cuatro triunfos de Owens: los 100 metros lisos, la carrera de relevos 4x100, los 200 metros y el salto de longitud.

En esta última prueba, la cámara se deleita con la tensa final entre Owens y el alemán Luz Long, que fueron superándose sus respectivas marcas hasta que en el tercer salto el estadounidense respondió batiendo el récord mundial. Después de que Owens se hubiese clasificado para la final gracias a un consejo de su rival Long. Para divinizar a Hitler, Riefenstahl tuvo que sacarse de la manga un amplio repertorio de trucos cinematopgráficos. Para hacer lo mismo con Owens, le bastó con ponerle una cámara delante.