Everest, de mito romántico a circo turístico
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ALPINISMO

Everest, de mito romántico a circo turístico

Se cumplen 60 años de la primera ascensión al techo del mundo. Cientos de personas hacen cola estos días para coronarlo

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Me dijo que sintió una emoción fuera de lo común. Algo parecido a lo que debió experimentar Neil Armstrong cuando puso el pie en la Luna», señala Peter, hijo de Edmund Hillary, en una entrevista a ABC. «Mi padre y Tenzing subieron hacia lo desconocido y tuvieron el privilegio de descubrirlo. Ahora está todo más controlado, los equipos son muy sofisticados, se dispone de oficina meteorológica, satélite para las comunicaciones... El espíritu aventurero perdura, aunque se ha perdido el romanticismo de los pioneros». [Hemeroteca ABC: La conquista del Everest (02/06/1953)]

Hoy se cumplen 60 años de la primera ascensión al Everest (8.848 metros), y el vértice del mundo ya no es lo que era. Peter Hillary, también alpinista, lo ha hollado en un par de ocasiones y lo compara con escalar un edificio: unos trepan por la fachada y otros suben en ascensor. Hoy abundan los de este último perfil. También se busca el titular impactante. Un japonés de 80 años acaba de pisar la cima; el tipo está picado con un nepalí un año mayor que él que piensa arrebatarle el récord. Hasta ahí llegó también la primera mujer saudí, que posó muy pizpireta. Y un ruso, Valery Rozov, subió hasta 7.220 metros por la cara norte para realizar el mayor salto en caída libre de la historia. El mito romántico se ha convertido en destino turístico, hoguera de vanidades y plataforma de hazañas posmodernas.

«¿Por qué quiero subir el Everest? Porque está ahí», dijo el legendario George MalloryEl Himalaya fue el postrer escenario de la exploración humana en el planeta. Después de la victoria sobre los polos norte y sur, faltaba el tercer polo, la «diosa madre del mundo», y el resto de las cumbres de más de ocho mil metros de altura. Fue, sobre todo, una operación de orgullo nacional. Los ingleses pusieron sitio al Everest; los alemanes, al Nanga Parbat; los franceses, al Annapurna. Al prestigio se le unía la épica y una particular filosofía de la vida. Un clásico, Lionel Terray, hablaba de «la conquista de lo inútil». «¿Por qué quiero subir el Everest? Porque está ahí», contestó el legendario alpinista británico George Mallory. Si los fantasmas de la montaña pudieran hablar, tal vez cambiarían la historia. En 1924 Mallory desapareció junto a Andrew Irvine a más de 8.000 metros de altura. Su cuerpo fue hallado 75 años después, en 1999. Persiste la duda sobre si consiguieron hacer cumbre, en cuyo caso se habrían adelantado 29 años al primer ascenso oficial, el de Hillary y Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953. La cámara que llevaba Irvine podría revelar la prueba. Siempre que alguien dé con su cadáver en aquel gigantesco panteón.

Todo por un reto

Hace sesenta años, la meta no se definía tanto por un sentido práctico como por la fascinación. «Allí estaba el reto y lo dejaríamos todo para aceptarlo», dijo John Hunt, jefe de la expedición de 1953. «Ese pico, tan grande y tan bello, maravillosamente construido, majestuoso, terrible, impone respeto; al pie de sus laderas resplandecientes se debe permanecer humilde y maravillado», escribió Mallory. «El proyecto inglés en las montañas de Asia tiene un tufo de colonialismo, pero su carrera no está realmente ligada a ambiciones territoriales, sino al deseo humano de superación, a la satisfacción moral de ver el mundo por encima del hombro, de llenar los mapas en blanco», señala Eduardo Martínez de Pisón, catedrático de Geografía Física. Hillary, un apicultor neozelandés aficionado a la montaña, y el sherpa Tenzing no formaban el primer grupo de asalto. Tampoco fueron los mejores alpinistas de la historia. Pero fueron los primeros en grapar su nombre a la cima del Everest. Hoy, las voces de esos espíritus apenas son un murmullo ahogado por el ruido de cientos de candidatos a la gloria, que se desea porque está ahí o porque se tienen entre 50.000 y 80.000 euros para alcanzarla, «módico» precio que imponen las agencias a los turistas con posibles.

Más de 500 personas han presentado su candidatura a la cumbre esta primaveraLa falta de soledad provoca atascos, choque de egos y grescas en los campamentos de altura. Más de 500 personas han presentado su candidatura a la cumbre esta primavera. Desde montañeros solventes a neófitos irresponsables. «He visto a algunos que no saben ni ponerse los crampones y practican por la noche», reconoce Edurne Pasaban, la primera mujer en hollar los catorce ochomiles. «No podemos cerrar el Everest, pero es necesario más control. Aquello es un caos. En el Collado Sur te topas con cadáveres, botellas de oxígeno abandonadas, pilas, basura...».

«El Everest ya no es el reto deportivo de antaño, sino una montaña turística. No creo que debamos rasgarnos las vestiduras. La mayoría de la gente se concentra en la cara sur; las demás vías no las sube casi nadie. Y el resto del Himalaya está vacío», reflexiona Darío Rodríguez, director de Ediciones Desnivel. Sebastián Álvaro, responsable durante 27 años del programa de TVE «Al filo de lo imposible», es más crítico. «Las expediciones comerciales ponen en solfa los valores del alpinismo clásico. Hemos pasado de campamentos pequeños a infraestructuras casi hoteleras. Hay quien presume de subir sin oxígeno mientras lleva una tropa de porteadores poniendo las cuerdas fijas, cargando con la impedimenta, haciendo huella, colocando las tiendas... y preparando un té con leche. Aún así, mucha gente se cree que es fácil cuando lo ve por televisión».