El conde Jean d´Ormesson combina con brillantez en «Le Figaro» literatura y periodismoFotos: EDA / © Le Figaro

Jean d´Ormesson: «Me pregunto si no soy el último mohicano de una tradición que está extinguiéndose»

Académico, novelista, ensayista, nacido en París, el 16 de junio de 1925, en el seno de una familia de consejeros de Estado, embajadores de Francia, parlamentarios, entre los que destaca un canciller y un diputado de la Convención, Jean d´Ormesson es, sobre todo, un hombre encantador, una figura única por la gracia de su talento y la finura de su estilo.

JUAN PEDRO QUIÑONERO Corresponsal
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PARÍS. Autor de una treintena de ensayos y novelas, amigo de Marguerite Yourcenar, confidente de François Mitterrand, admirado y respetado a su izquierda y su derecha, liberal de estilo y de fondo, Jean d´Ormesson quizá sea el último de los grandes maestros en el arte de la conversación, con una formación filosófica sólida, eclipsada para mejor servir una prosa, una lengua y una conversación que sólo tienen paralelo en la gran tradición clásica, de Mme. de Sevigné a los Salos de Marcel Proust.

-Usted quizá sea el único, si no el último de los grandes escritores y periodistas franceses total y luminosamente feliz...

-Es cierto. Me he quedado solo. Si recuerda, había, en ese terreno, una larga tradición francesa, de La Fontaine a Girodoux, capaz de hablar de ese misterio de la vida feliz. Hoy, ese camino ha quedado desierto. Hay algunos escritores del placer. Pero incluso su prosa está ensombrecida por una cierta oscuridad. Por momentos, me pregunto si no soy el último mohicano de una tradición que está extinguiéndose, tras haber dado muchos días de gloria a mi lengua.

Periodismo y literatura

-¿Qué le ha dado más motivo de gozo y placer, el periodismo o la literatura?

-Me habla usted de uno de mis temas favoritos. Estoy terminando un libro sobre esas cuestiones, que Gallimard publicará el invierno que viene. Mire, se trata de cosas distintas. El periodista suele trabajar en equipo. El escritor trabaja solo. El periodista se ocupa de cosas forzosamente extraordinarias, mientras que el escritor sólo trabaja con el material ordinario de la vida y las horas de cada día. Los separa, sobre todo, el tiempo. El periodista vive la agonía del tiempo que muere cada día, mientras que el escritor trabaja con el tiempo que dura, intenta trabajar con las cosas que pueden hablarle de su eternidad.

-La radio, la TV, Internet, ¿han cambiado mucho los oficios del escritor y el periodista?

-Sí. Por supuesto. Enormemente. A veces me pregunto cómo utilizarían Cervantes, Racine, García Lorca o Proust, la radio y la televisión. Me parece formidable imaginar qué hubieran podido hacer, hoy, Chateaubriand o Victor Hugo. Al mismo tiempo, esas imágenes han quitado misterio al oficio de escritor. La televisión es una máquina que puede causar estragos. La televisión mata todo cuanto ignora. Y pone en el mismo nivel cosas incomparables. El Papa, Zidane, un presidente de los Estados Unidos, un mangante, son tratados, con frecuencia, en el mismo plano. Un escritor que escribe grandes novelas pero que habla mal, o no sabe expresarse en público, queda rapidamente ignorado, marginado, y corre el riesgo de desaparecer. Se trata de un gran inconveniente. Una amenaza, por momentos. Me pregunto qué podría decirnos Jean-Jacques Rousseau de esta situación nuestra, brillante, por momentos, pero muy oscura, en el fondo.

El futuro de la palabra

-¿Quién se porta hoy mejor, el periodismo o la literatura francesa?

-No sé, no sé. En la historia de nuestra cultura hubo tres grandes momentos. La época clásica, que va de Corneille, que tanto debía a España, a Voltaire. La época romántica, que va de Chateaubriand a Beaudelaire. Y, luego, la gran época de entreguerras, con Valery, Proust, etc. Hoy, el puesto de Francia es muy distinto, y su cultura ocupa otra posición. Ya no es lo que era.

-A veces me pregunto si en la gran cultura francesa del último medio siglo Dior, Coco Chanel o Balenciaga, que era vasco, no ocupan un puesto tan universal como Sartre o Raymond Aron.

-Me hace usted pensar...

-Por otra parte, ningún director de periódico, en París, publicaría hoy los salones de Marcel Proust, que tanto admiraba Walter Benjamin, pero que no encajan en los moldes del nuevo periodismo.

-Creo que lleva usted razón.

-¿Está desapareciendo el antiguo periodismo literario?

-Me temo que ya ha desaparecido. Ya no existen las grandes firmas de escritores que hacían gran literatura en la primera página de los periódicos. Eso también ha muerto con la radio y la TV. No hay grandes literatos en la prensa escrita. La economía, el comercio y la industria han ocupado las páginas y honores que antes ocupaba la literatura. En la prensa escrita, la Patronal ocupa hoy el puesto que en otro tiempo ocupaba la Academia.

-¿Qué puede aportar, todavía, la palabra, el Verbo, el antiguo «logos», al periodismo de mañana?

-Como usted, soy pesimista sobre el futuro de la literatura. No sobre el futuro del pensamiento. Pero pesimista, sí, sobre el futuro de los libros y nuestras formas de lectura. En definitiva, la escritura es una forma de expresión relativamente joven: apentas tiene cinco mil años. El libro mismo apenas tiene dos mil años de historia. Y el libro impreso, tal como nosotros lo conocemos, sólo tiene quinientos años. Muy poco tiempo, en definitiva. Temo que los libros desaparezcan algún día. Me temo que el libro no pueda durar otros quinientos años. Quizá aparezcan otras formas de expresión. Por el contrario, sí creo en el futuro de la palabra, en el futuro de la imaginación, en el futuro del Verbo, y el «logos», como usted dice.