La escisión de los intelectuales ante Primo de Rivera: liberalismo o dictadura
Gregorio Marañón pagó sus críticas al dictador con multas y cárcel. Unamuno fue desterrado... - abc
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La escisión de los intelectuales ante Primo de Rivera: liberalismo o dictadura

El germen de las dos Españas y la imposibilidad de la Tercera España nacieron de la mala gestión del dictador con los críticos del régimen

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Para los intelectuales que se habían enfrentado al régimen de la Restauración, el golpe del general Primo de Rivera parecía cumplir las expectativas del «cirujano de hierro» reclamado por el regeneracionismo de Joaquín Costa. En toda Europa, la posguerra había conducido a violentas confrontaciones sociales y a nuevos movimientos nacionalistas, cuyas propuestas significaban la superación definitiva del régimen liberal. La instauración del Directorio Militar en el otoño de 1923 pudo crear la ilusión de un proceso de higiene política, que el ejército se encargaría de llevar adelante, apartando los residuos de la vieja casta política denunciada por todos los intelectuales de las generaciones del 98 y del 14. Sin embargo, el régimen no había de recibir el apoyo entusiasta de quienes habían exigido la destrucción del sistema corrupto como condición previa para crear una nueva clase dirigente, que cumpliera el programa de regeneración propuesto en aquellos años.

Desprecio del dictador

Mientras algunos intelectuales permanecían en un silencio expectante, otros lanzaban sus primeros ataques a la dictadura militar. Sólo un escaso sector de la elite cultural española mostró su confianza en el nuevo régimen, ayudando muy poco el general Primo de Rivera a que este apoyo creciera. Su desprecio por la labor crítica de quienes habían denunciado las imposturas del viejo régimen y no le concedían el beneficio de un apoyo incondicional fue creciendo rápidamente. Episodios como el destierro de Unamuno, el encarcelamiento de Marañón o el cierre del Ateneo de Madrid, de tan alto valor simbólico, agudizaron el abismo abierto entre el régimen y el reformismo regeneracionista.

En estos años se manifestó un nuevo antagonismo, que resultaría menos provisional y, a largo plazo, mucho más grave: la ruptura entre los intelectuales que habían denunciado la postración de España desde 1898. La colaboración crítica de aquellos hombres se rompió en una época en la que la primacía de la acción política exigió dar respuesta concreta a nuevos desafíos. Era urgente definir un tipo de Estado que asumiera las condiciones de irrupción de las masas en el espacio público y, con ellas, el desbordamiento del liberalismo tal y como había ocurrido en Europa antes de la Gran Guerra.

Al igual que en el resto del continente, los intelectuales españoles se orientaron hacia el republicanismo o hacia el repudio y superación del liberalismo por lo que entonces se llamó un «régimen de autoridad». Las dos Españas, definidas por Ortega en 1914 como la «real» y la «oficial», pasaron a entenderse de otro modo. Los intelectuales que habían combatido, hombro con hombro, por la regeneración del país pronto se enfrentarían en dos concepciones antagónicas de España y dos visiones opuestas del Estado nacional. Las dos Españas de 1936 empezaron a cobrar forma en la crisis de los años veinte y en las posiciones adoptadas ante la dictadura de Primo de Rivera. Una tercera España, la que encarnarían personas como Gregorio Marañón, se expresó con resuelta oposición al régimen de 1923. Una oposición alejada del misticismo de Unamuno y del radicalismo político de Azaña, pero cuyo sentido de la mesura y su educada voluntad de diálogo no deben equipararse a carencia de energía cívica o coraje personal. No sin motivo podía quejarse Marañón de los sufrimientos que le había supuesto tomar partido, mientras otros, presuntamente más extremistas, quedaban a salvo de la cárcel o de las vejaciones académicas sufridas con estoicismo por el ya renombrado médico y ensayista.

«No parecer uno más»

Ese prestigio profesional era el que impulsaba a Marañón a expresarse públicamente ; la popularidad le exigía «no parecer uno más de los españoles que se resignan regocijadamente a ser mandados por el primero que se lo proponga», escribiría a Unamuno. Su moderación, sin embargo, no fue impedimento para atacar con dureza a aquellos que despreciaban el sistema parlamentario con la misma actitud de algunas personas poco atentas «a los preceptos más elementales de la higiene o de su limpieza personal».

La elevada multa abonada por Marañón y el mes de cárcel con que se castigaron sus críticas al régimen eran una muestra de la desorientación de Primo de Rivera a la hora de juzgar a sus opositores. Confundir a Marañón con un alborotador, como hizo el general, sólo podía alzar un obstáculo insalvable entre españoles que muy pronto habría de pagarse con mucho mayor coste que las multas, la censura o las penas de prisión, en las circunstancias terribles de la guerra civil. Pero el drama se encuentra ya en aquel contraste entre el presunto regeneracionismo de la Dictadura y su incapacidad para tender puentes de diálogo con quienes expresaban las aspiraciones de renovación del liberalismo.

La nación cancelada

La madurez de los españoles y su posibilidad de construir una nación moderna habían sido canceladas, según Marañón, porque España había sido incapaz de construir, al mismo tiempo, su lugar dominante en la historia y la conciencia de una sociedad civil. Por ello, como escribió en ABC a comienzos de agosto de 1928, a los intelectuales correspondía la misión de enlazar dos aspectos complementarios, pero hasta entonces dispersos, en la formación de una nación adulta: «Tenemos que acompasar la marcha vaga y libre de los ideales pretéritos con el ritmo de relojería de los tiempos de ahora». El ideal recuperado por el nacionalismo del 98, puesto en el espacio de la política por el liberalismo renovado de los hombres del 14: «Todo eso, tan viejo y tan eterno, de la posible igualdad entre los hombres; de la superioridad del progreso moral; de la mutua tolerancia; del respeto sagrado a la dignidad y a la vida de los demás hombres». ¡Cómo suenan esas palabras en la esperanza de una idea de España, que trataba de reforzar su compromiso ético y su vigor patriótico en las inmediaciones de la tragedia!