Felipe VI, garantía de futuro

Royal visit

El periodista José María Carrascal extracta sus apuntes de la época en torno a la crucial visita de los Reyes de España a Washington, en 1976

Los Reyes, con el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, en 1976
Los Reyes, con el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, en 1976 - abc
josé maría carrascal - Actualizado: Guardado en: Casa Real

En Washington, la visita de un jefe de Estado causa menos impresión que la de una estrella de rock, así que apenas hay noticia de que va a llegar el que lleva sólo unos meses en el trono de España. Aunque al pasar ante de la Casa Blanca en el taxi que me lleva al hotel veo banderas españolas, ya sin el águila imperial.

1 de junio de 1976. 16.00 horas. «La visita será un éxito», me dicen en el Departamento de Estado, menos nerviosos que en nuestra embajada. «La pareja real es joven, bien parecida, charming. Es todo lo que necesita». ¿Todo? No estoy tan seguro. Pero no lo digo.

20.15 horas. El «Españoleto» aterriza en la base de Andrews. Es un DC-8 de Iberia al que le han puesto el nombre de «DC-8 Real». Los soberanos son los primeros en aparecer. Él delante, con amplia sonrisa, ella serena, compuesta, detrás atenta al menor detalle. Durante los saludos surge la primera confusión entre las damas: ¿Se hace la «curtsy» o no? Por lo general, las mayores la hacen, las jóvenes, no. No hay discursos y la pareja real es raptada por el servicio secreto en un sedán que sale a todo gas, antes de que el séquito haya terminado de salir del aparato.

22.00 horas. Los periodistas españoles nos reunimos con los responsables del Ministerio de Información en el vestíbulo Hotel Carlton para planear la cobertura. Surgen dos frentes: el de los corresponsales en EEUU, que exigen preferencia en los actos (la cena en la Casa Blanca es el más codiciado), y el de los enviados especiales, que invocan iguales derechos. Oigo chillar al Director General de Prensa «¡Las cosas han cambiado!», «¡Vamos a votar!». Pero las votaciones tampoco arreglan nada, y a medianoche, el grupo, hambriento, exhausto, se disuelve sin haberse resuelto nada por lo que todo queda como se había decidido. «Pero les hemos dicho unas cuantas verdades», dice uno de los más beligerantes en el ascensor. ¿Será así nuestra democracia?, me pregunto en la habitación.

2 de junio. 10.30 horas. Jardines de la Casa Blanca. Nubes amenazadoras. Cornetas y clarines. Es casi como en las películas, pero Sus Majestades no llegan con corona en carroza, sino en un sedán y traje de calle. El saludo con el Presidente y su esposa es cordial. «Le pasa a Ford cuatro dedos», dice un español orgulloso de su alto Rey. «Se le nota la educación militar», comenta una periodista americana no menos admirada. La ceremonia es breve: los dos himnos nacionales, 21 cañonazos, revista a la guardia de honor. A don Juan Carlos sólo le falta el uniforme. Pero tan pronto como el ceremonial militar queda atrás, vuelve a ser el joven sonriente y sencillo. Los discursos son breves y prometedores. El Rey habla de «un tiempo de transición que exige claridad de pensamiento y firmeza de propósitos». El Presidente apunta que «un gran cambio ha tenido lugar en España». El comienzo no ha sido malo. Ni siquiera ha llovido.

11.25 horas. En el Despacho Oval, el Presidente y el Rey hablan de regatas. Su posterior conversación dura 30 minutos. Como las puertas de la Casa Blanca tienen agujeros, nos enteramos de que Ford ha ofrecido «toda la ayuda que América pueda aportar a una democratización española». En los pasillos Kissinger nos dice que «es una inversión que vale la pena».

12.15 horas. Alarma entre los españoles: la sala del Congreso donde don Juan Carlos va a dirigirse a una sesión conjunta de ambas cámaras está medio vacía. Doña Sofía toma asiento en la galería entre aplausos. Cinco minutos antes de la hora fijada, llegan en tropel congresistas y senadores. No todos, pero el brillo de los nombres compensa el número: Mansfield, Humphrey, Muskie, McGovern. Falta Ted Kennedy. Sigue el gobierno norteamericano. Por último, el Rey, conducido por el «speaker» de la Cámara, Albert. La ovación es corta, pero intensa, como si corriera prisa oírle. La voz de don Juan Carlos suena un poco ronca, pero se le entiende perfectamente. «Su francés es mucho mejor», dice en la tribuna de prensa un periodista español alardeando de conocerle. «Tiene menos acento que Kissinger», advierte uno norteamericano. Tras una referencia a la ayuda española a la Guerra de Independencia norteamericana, el Rey entra directo a matar. Más que planes, y programas, hace una proclamación política de fe en la democracia y promete incorporar España a la comunidad occidental. «La Monarquía, dice, se ha comprometido a ser una institución abierta, en la que todos los ciudadanos tengan un sitio holgado para su participación política sin discriminación alguna, asegurando el acceso ordenado a Poder de las distintas alternativas de Gobierno, según los deseos del pueblo libremente expresados». El Congreso de los Estados Unidos, que ha captado lo que significaba -partidos políticos y elecciones libres-, le tributa una gran ovación. De ahí en adelante, el discurso transcurre suavemente. Se ha creado un lazo entre el orador y la audiencia y la ovación final es larga, cálida, amistosa. El Rey saluda a un lado, a otro, sus ojos se detienen por un largo segundo en la Reina Sofía, y entonces sí que es como en el cine, mientras los aplausos arrecian.

13.30 horas. Los Comités de Relaciones Exteriores de ambas cámaras ofrecen un almuerzo en honor de Su Majestad. La atmósfera es relajada, pero los norteamericanos nunca olvidan los negocios y, tras asegurar al Rey que la ratificación de los tratados entre ambos países será cosas de días, quieren saber la potencia real del partido comunista y por qué Radio Liberty, que venía transmitiendo desde Gerona al Este de Europa, tiene problemas de renovación de licencia. Don Juan Carlos cede la palabra a su ministro de Asuntos Exteriores, José María Areilza.

14.52 horas. Sede de la Organización de Estados Americanos. Su Majestad deposita una corona de flores ante la estatua de Isabel la Católica. En su discurso dice que «España se considera orgullosa de ser una nación americana». Frases como esta tienen asegurada la ovación.

16.30 horas. El Rey comienza sus audiencias privadas en la Blair Hause, la residencia oficial de los huéspedes del Presidente, frente a la Casa Blanca. Entre los visitantes, el rabino Lipschitz y el embajador de Arabia Saudí. Todo equilibrado y controlado menos la marejada que crece entre los corresponsales españoles y los enviados especiales. Para cortarla, la oficina de Prensa ha dispuesto una audiencia especial del Rey con nosotros, los corresponsales. Pero aún así, mientras le esperamos, los más indignados insisten en que tenemos que declararnos en huelga, sin que sirvan los argumentos de que, por una vez que podemos hablar directamente con el Rey, no vamos a malgastarla con nuestro problemitas. Quien lo resuelve es don Juan Carlos que surge de improviso por la puerta, seguido de doña Sofía, se detiene y, apuntándonos con el dedo dice: «¡Menuda faena os han hecho vuestros directores!». Todo el mundo ríe y la conversación se encauza hacia temas más serios. Lo que el Rey quiere saber en especial es qué reacciones hemos oído a su discurso.

20.00 horas . Cena de Gala en la Casa Blanca. Entre los invitados, actores, famosos de televisión, virtuosos como Rostropovich (en honor de doña Sofía). Tras la batalla entre los periodistas españoles, resulta que nos dejan entrar a todos con tal de que nos hayamos procurado un frac, nos quede bien o mal. La comida es regular, los brindis, previsibles. Como el baile que sigue, aunque un hombre bajo, de mediana edad, después de bailar con la Reina Sofía dice en voz alta: «Ahora puedo morir». Menos mal que lo ha dicho en español. Hablo con un ayudante militar del Rey. «Todo el mundo cree que es impulsivo, pero en realidad es muy prudente». Luego, uno de sus secretarios me explica: «Es lo más opuesto a un intelectual. Le gusta, sobre todo, estar entre la gente, aprender de ella. Tú y yo podemos decir: “Como Ortega dice…”; a don Juan Carlos le oirás: “Como me dijo fulano…”. Esto le da dos ventajas: elimina las abstracciones y se gana la simpatía de todo el mundo». La pareja real se retira y los llegados de Madrid tienen algo que vale las tres mil millas recorridas: al presidente Ford bailando mejilla con mejilla con su esposa Betty. Es el único matrimonio en Washington que lo hace, nos dicen. Mientras tanto, en nuestra embajada están sobre ascuas por saber la cobertura del «New York Times» del discurso del Rey. Han destacado un empleado para obtener una de las primeras copias, y tiene que agenciársela sobornando a un empleado del taller, con el tiempo justo de coger el último vuelo del «puente aéreo». El alivio es enorme al comprobarse que la cobertura es amplia y amable. Como la del «Washington Post». Aunque no todos las tienen consigo: «Esperemos los editoriales de mañana», advierten.

3 de junio. Jueves. Don Juan Carlos desayuna con un grupo de periodistas norteamericanos. Es «off the record», pero pronto sabemos lo tratado: la fuerza de los comunistas en España -«menor que la de en Portugal», según Areilza, que asiste al desayuno-, sobre las futuras elecciones. «Estoy dispuesto a aceptar un gobierno socialista si las ganan», dice el Rey. Un nombre no ha surgido en toda la visita: el de Franco. «¿Por qué?», quiere saber un periodista. «Dejemos al pasado ser pasado», contesta el Rey.

10.00 horas. Un día ideal, sol, cielo azul, vientecillo fresco, para visitar el cementerio de Arlington. Su Majestad el Rey de España, en uniforme de Capitán General, deposita una corona ante la Tumba del Soldado Desconocido. Durante la ceremonia, breve, solemne, un reportero americano pregunta en voz alta: «¿Qué diablos hace en Arlington el Rey de un país que no luchó a nuestro lado?». «Bueno -contesta uno de los portavoces españoles-, España no luchó, pero impidió que Hitler ocupara Gibraltar y salvó la vida a miles de judíos». Aquello zanja la cuestión.

11.00 horas. En el Smithsonian Institute, Sus Majestades inauguran la exposición «Colón y su tiempo» con documentos del Gran Almirante, antes de una estatua de Bernardo de Gálvez en la Calle 22 y la Avenida de Virginia. Gálvez, gobernador de Louisiana, ayudó a la Unión contra los ingleses.

13.00 horas. En el Departamento de Estado, Kissinger ofrece un almuerzo a los huéspedes españoles. Está sonriente, relajado, chistoso incluso. El menú es europeo y los vinos, excelentes. Entre los invitados, James Michener, que ha escrito libros sobre España, y George Segal, que filmó allí alguna película. Todo es mundo está encantado, pero Kissinger arroja la única duda sobre el brillante futuro que todos pronostican a España: El Rey es el hombre. El plan, el conveniente. Pero ¿conoce el pueblo español qué es la democracia? Nadie le contesta.

15.45 horas. La Reina Sofía inaugura en la National Geographic Society la exposición «Nuestra Señora de Atocha», con restos del galeón y su fortuna.

16.00 horas. El Honorable Walter E. Washington, alcalde de la ciudad, hace entrega de las llaves de la misma al Rey de España.

13.30 horas. Sus Majestades hacen entrega la una estatua de Don Quijote al Kennedy Center. «Don Quijote -dice el Rey- es el símbolo del hombre contra la injusticia. En ningún sitio podía estar mejor que aquí». Por desgracia, nadie de la familia Kennedy está presente.

17.00 horas. El Rey recibe a Nelson Rockefeller, a los senadores Humphrey a Montoya, a Robert McNamara al Comité Judío -es el primer encuentro entre un Jefe de Estado español y una delegación judía desde 1942, que le pide acelerar el reconocimiento del Estado de Israel-, y a George Meany, máximo líder sindical, que expone sus ideas sin rodeos al joven Rey: nada con el comunismo, el fascismo o cualquier autoritarismo de izquierda o derecha. Democracia, sindicatos libres, eso es lo que el país necesita. Don Juan Carlos asiente sin pronunciar palabra.

20.00 horas. Cena en la Embajada de España, dada por Sus Majestades al presidente Ford y su esposa. El patio andaluz de la embajada pone la nota exótica, pero la pareja real sigue siendo la mayor atención. Abordo un entusiasmado senador Humphrey. «Nos ha dado una lección de historia», me dice mientras saluda a derecha e izquierda. «¿Y políticamente?», pregunto. «Me ha convencido de sus intenciones de democratizar España», responde. «En España hay quien piensa que va demasiado despacio», insisto. «En el Senado no pensamos así. Conocemos lo peligroso que es traer una democracia. Fíjese lo que ocurrió en Portugal. ¿Demasiado despacio? ¡De ninguna manera!». Me quedo entre los últimos de la fila para saludar al Rey y al Presidente. Cuando doy la mano a éste, don Juan Carlos le advierte: «Tenga cuidado, que es uno de nuestros periodistas». Cogido por sorpresa, sólo se me ocurre decir: «He escrito mucho sobre usted, Mr. Presidente», sin concretar si bueno o malo. «Thank you very much», me llega, grave, su respuesta. Estaba aún menos preparado para oír las gracias de un presidente. La cena es buena, la atmósfera casi íntima, los brindis previsibles. Los Ford se despiden a las once y media. Los Reyes se quedan una hora más, para satisfacer la curiosidad general, hasta que llegan los editoriales del «New York Times» y del «Washington Post»: «La Nueva España» y «Un Rey para una democracia».

4 de junio. 10.00 horas. Ceremonia de despedida en la Casa Blanca. El presidente Ford sale un momento, pero se ve que su mente está ya en las primarias que le quedan. Los Reyes salen hacia la base de Andrews.

11.00 horas. Llegada al aeropuerto Kennedy. Los Reyes se dirigen al Waldorf Astoria, donde se alojarán.

13.00 horas. Visita a Naciones Unidas. Mientras el Secretario General, Kurt Waldheim, da la bienvenida a los Reyes, los agentes de seguridad, los periodistas y los fotógrafos se ven envueltos en una melee nada extraña a la casa. Don Juan Carlos entrega un busto de Francisco de Vitoria, pero el discurso que va a pronunciar hay que cambiarlo. El texto preparado en Madrid es rechazado por nuestra Misión ante la ONU. Algún ingenuo ha escrito que España se compromete a cumplir todas las resoluciones de la Asamblea General, que es mucho prometer y, peor todavía, ha introducido la palabra «raza», y aunque nuestra raza es una mezcla de ellas, mejor no tocarlo pues, además, está el problema de las traducciones a cinco idiomas. Así que, en vez del Rey, Areilza improvisa algo corto, vago e inocuo.

16.00 horas. De nuevo en el Waldorf, el Rey se entrevista con David Rockefeller y el «Business Council for International Understanding», clave para las reformas. Están todas las firmas que han invertido en España y hay preguntas sobre las últimas huelgas, sobre el partido comunista, sobre la democratización. Contrariamente a los círculos políticos, aquí están más preocupados porque la apertura vaya demasiado rápida. El Rey les asegura que está bajo control. «En realidad, dice uno de ellos al salir, la situación ya la conocíamos. Lo que nos interesaba era una impresión directa del Rey». «¿Y?», preguntamos. «He is a nice fellow (Es un tipo simpático)», nos responden. «¿Sólo eso?», insistimos. El financiero dice: «Si necesita ayuda, la tendrá». Mientras la Reina Sofía, estudiante de Humanidades en la Autónoma de Madrid, visita The Spanish Society, en el norte de Manhattan. La nota pintoresca la dan los puertorriqueños en la puerta gritando «¡Viva la Reina!». Tras los financieros, el Rey recibe a Juan Linz, profesor en Yale, el más internacional de nuestros sociólogos, que le insta a reformar el modelo de Estado. El Rey arguye que si se une demasiado a una política, puede caer con ella. Linz no se impresiona: «No hay alternativa a la reforma. O la trae el Rey o tenemos una guerra. Una tragedia para España y el mundo».

20.30 horas. Cena de gala en el Gran salón del Waldorf. Dos mil personas que han pagado cien dólares por cenar con Sus Majestades. Incluso desde Madrid llegan dos aviones cargados de la incipiente jet-society, algo que no gusta en el entorno real, pues el objetivo del viaje es vender una monarquía popular, no de millonarios. Se soluciona colocándolos en las mesas más alejadas de la presidencia. La cena es algo entre un musical de Broadway y un partido en el Yankee Stadium. No hay forma de moverse, los discursos son reiterativos, rotos sólo por un extemporáneo «¡Arriba España!» del exembajador Lodge, el resto se limita a los ¡Vivas! Al salir oigo: «Al menos podré decir a mis nietos que he cenado con un Rey».

5 de junio. 8.45 horas. El Rey se retrasa para la conferencia de prensa con los periodistas españoles. Hay tempestad política en Madrid. El semanario «Cambio» ha sacado en portada a don Juan Carlos bailando a lo Fred Astaire sobre los rascacielos. El ministro Secretario General del Movimiento, Adolfo Suárez, quiere retirar el número «por haber denigrado al Jefe del Estado». El presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, le apoya. Pero Adolfo Martín Gamero, ministro de Información, dice que antes, dimite. Cuando informan al Rey, éste advierte: «Decirles que mientras yo quiera, no dimite nadie, ¿entendido?» Esto estabiliza la situación hasta su vuelta, crea a Suárez la fama de «duro» y hará que los «liberales» dentro del gobierno no acepten colaborar con él cuando don Juan Carlos, ante el asombro de todos, le elige jefe de gobierno. Pero esa es otra historia. Finalmente don Juan Carlos comparece ante los periodistas. Su campechanía quita hierro a la situación, pero cuando llega la pregunta de sus relaciones con Arias, Areilza corta diciendo que el Rey sólo quería darnos las gracias por la cobertura del viaje y se lo lleva.

De ahí en adelante, la visita entra en un tobogán: Exposición de Goya en el Museo Metropolitano. Ante el retrato de Carlos IV, un adulador dice al Rey que tiene los mismos ojos que su antecesor. «Y yo la misma nariz», añade este, tocándose la suya. Inauguración de la Casa de España, con más gente fuera que los que caben dentro. Muy al contrario de la recepción que les ofrece el alcalde Beam, en el restaurante de las Torres Gemelas, donde entrega al Rey la medalla de oro de la ciudad, y a la Reina, una caja de plata de Tiffany.

Próxima etapa, Greene Park, en Brooklyn. Es la primera vez que un rey visita Brooklyn, las campanas de una iglesia cercana tañen y un cura italiano abraza al Rey como si fuera un sobrino recién llegado de Palermo. Sólo hay sillas plegables pero, de repente, aparecen dos viejos sillones para los Monarcas. Se trata de desvelar una placa en honor de los españoles muertos en la guerra de Independencia norteamericana, enterrados allí.

Las cinco de la tarde y hay que salir a toda prisa para inaugurar la nueva Oficina de Turismo Española en la Quinta Avenida. Hay preparada una exposición de pintores modernos. El Rey mantiene con uno de ellos, Senén Ubiña, la siguiente conversación: «¿Qué significa esto?», señalando una obra exquisita; «Nada», le responde el pintor, residente en Nueva York. «Bueno, pero algo pensarías mientras lo hacías, ¿no?», insiste el Rey. «En nada», mantiene Ubiña.

A las 17.30 horas la pareja real abandona la Oficina de Turismo camino del Waldorf. Tiene todavía que despedirse del personal del Consulado y de los visitantes inesperados.

A las 20.15 horas, Sus Majestades salen hacia el Aeropuerto Kennedy y a las 21.00 horas, abandonan los Estados Unidos en el “Royal DC-8”.

Los que nos quedamos nos damos cuenta de que estamos literalmente molidos y de lo trabajosa que es la democracia.

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