Muere Basilio Martín Patino, el cineasta «más libre» y renovador

La Filmoteca Española custodiará el legado personal y documental del director salmantino, con películas como «Nueve cartas a Berta», «Queridísimos verdugos» y «Caudillo»

El director de cine Basilio Martín Patino
El director de cine Basilio Martín Patino - EFE
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«He ido por libre, no por ningún afán de ser original, sino por hacer lo único que sé (...) Amo la libertad por encima de todo», respondía el cineasta Basilio Martín Patino siempre que era cuestionado por su comprometida obra. Y es que, si hay un término que pudo definir al director de cine salmantino (Lumbrales, 1930), es la libertad que manifestó tanto a la hora de abordar tecnológicamente su cine como en las propias obras, donde dice que sentía la necesidad de expresarse sin ataduras -pese a que ello le costó en más de una ocasión la censura-.

Ayer, tras luchar contra una larga enfermedad, su vida se apagó en Madrid, donde residía prácticamente desde los comienzos de su carrera cinematográfica. En la Universidad de Salamanca fue donde se licenció en Filosofía y Letras, donde creó el Cine Club Universitario, del que saldría la revista Cinema Universitario, y donde en 1955 organizó las célebres Conversaciones de Salamanca, foro que sirvió para analizar el cine del franquismo, que los allí reunidos consideraban estancado, y donde se forjó toda una generación de cineastas que intentó retratar la realidad social de la España de entonces.

Después llegaron los primeros cortometrajes, y tras ellos, su ópera prima, «Nueve cartas a Berta» (1965). La película triunfó en San Sebastián pese a toparse con la censura y fue merecedora de la Concha de Plata. La cinta contó, además, con el reconocimiento del público, que obtuvo en más de una ocasión, no tanto como del sector -nunca ganó un Goya ni el Nacional de Cinematografía, aunque sí la Medalla de Oro de la Academia de Cine-.

Ese calor sí que lo recibió en los festivales, ya que el de San Sebastián no fue el único que se rindió a la obra del que ayer era tildado por el mundo de la cultura como un «creador irremplazable» y gran renovador. Si hubo un certamen al que estuvo estrechamente unido fue la Semana Internacional de Cine de Valladolid. «Le tengo mucho cariño. Allí siempre me ha ido bien. Recuerdo sus inicios, cuando íbamos a montar bulla», detallaba en una de sus últimas entrevistas. La Seminci le homenajeó en 2002 y le dedicó el libro «La memoria de los sentimientos», escrito por el también fallecido Juan Antonio Pérez Millán y donde Montxo Armendáriz detallaba en su prólogo cómo la obra del salmantino fue «precursora en la utilización de avances tecnológicos y videográficos». Un afán de innovar que no abandonó con el tiempo, pues «siempre fue joven para enfrentarse al lenguaje audiovisual y dinamitarlo sin contemplaciones» -«compraba películas viejas y utilizaba negativos rayados o los rayábamos nosotros», explicaba respecto a «Canciones para después de una guerra» (1971), otra de sus obras esenciales-.

Regreso al documental

Destacado en el género documental -precursor también del llamado falso documental-, volvió a él con su última película, «Libre te quiero» (2012), que estrenó en su querida Seminci. En ella se volvía a poner detrás de la cámara una década después de rodar «Octavia», con la que regresó a Salamanca, otro de los «leitmotiv» de su obra. Ésta y otras tantas películas suyas podrán verse en una retrospectiva que proyecta la Filmoteca Española, que coincidirá en el tiempo con el depósito en la misma de sus fondos personales y documentales en el que ya se trabajaba en los últimos meses «por expreso deseo del cineasta», señaló ayer el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, al tiempo que lamentaba la muerte de un realizador «comprometido con sus ideas y su cine».

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