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Crítica de «Los Vengadores: Infinity War»: Peligro de ERE intergaláctico

Si alguien no conoce aún a todos los personajes y los protagonistas, de poco le servirá aplicar sus cinco sentidos a la pesca del argumento, que es, obviamente, una metáfora de la situación política actual en España

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El pobre y viejo tebeo es ya como el triste teléfono negro colgado en la pared del salón, y ahora cualquier superhéroe que quiera salvar al mundo tiene que moverse rápido y saltar a la gran pantalla, y ésta que acoge la última (ya está la próxima en camino) aventura de los Vengadores no es que sea grande, es que consigue varias marcas tan insuperables como aquella de Bob Beamon en salto de longitud, hoy ya superada: están todos y todas, y no cabe ni un traje raro ni una frase lapidaria más, y tiene (como detalle) los títulos de crédito tan largos y poblados que no cabrían enteros en uno de aquellos tomos de página amarillas telefónicas al pie del teléfono del salón. Afortunadamente están al final, y desafortunadamente hay que tragárselos, pues les sigue una escena que tanto sirve de colofón a esta película como de prólogo a la siguiente…

Si alguien no conoce aún a todos los personajes y los protagonistas, de poco le servirá aplicar sus cinco sentidos a la pesca del argumento, que es, obviamente, una metáfora de la situación política actual en España: hay un fulano llamado Thanos, con mentón como de escroto y que quiere conseguir las seis Gemas del Infinito para asegurarse que elimina a la mitad de la Galaxia, mientras que en casa de los Vengadores todo son rencillas y malos rollos, muchas intrigas y algo de épica de “partido”…, una sutil moción de censura sobrevuela sobre ellos…, incluso se diría que hasta Hulk se ha puesto un poco en huelga de brazos cruzados. Y mientras tanto, el tirano Thanos se va poniendo Gemas en su guanteleta como si fuera Elizabeth Taylor y arrasándolo todo. No es que la línea argumental sea complicada, pero los directores, los hermanos Russo, trocean la historia en tantos tramos paralelos que hay que tirar de GPS para seguirla. Y se sigue, se disfruta, se pierde algo de baba admirativa en el trayecto y se llega a la conclusión, tal vez triste pero real, de que ya están tardando en estrenar la siguiente.