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Juan Villoro: «Empecé a hacer periodismo para escapar de la condena de estar solo»

Entre la novela y el relato, el ensayo y el cuento infantil, el mexicano Juan Villoro ha construido una obra que mira de reojo hacia el periodismo. También hacia los viajes. Como el que hizo a Yucatán, donde se ambienta «Palmeras de la brisa rápida»

El escritor mexicano Juan Villoro
El escritor mexicano Juan Villoro - Encarni Pindado

Para un turista europeo el barrio de Coyoacán encarna su imagen mental de México. Hay una plaza, y un café que se llama, con soltura, La Esquina de los Milagros. Hace calor y viento, van pasando los músicos y los vendedores de molinillos de colores. Al cabo de un rato, durante la entrevista, el escritor y periodista Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) criticará este tipo de miradas ávidas de folclore. Su casa tiene un patio interior que parece un mundo dentro del otro. Maúlla su gato Capuchino, «que casi sabe decir Juan».

Cuando era niño Juan Villoro no se aficionó a la literatura por los libros, sino por los cronistas deportivos de la radio, que le hicieron pensar «que la realidad mejora a través de las palabras». Es autor de relatos -el último tomo, «El apocalipsis (todo incluido)», Almadía, 2014-; de novelas como «El arrecife» o «El testigo» (Anagrama, Premio Herralde 2004), de ensayo («Efectos personales» y «De eso se trata» (Anagrama, 2001 y 2008, respectivamente). Ha escrito libros infantiles, teatro y crónica, género al que llama por su complejidad «el ornitorrinco de la prosa». A este pertenece un libro marginal de viaje que escribió hace ya casi treinta años, que se sigue reeditando en México y que se publica ahora por primera vez en España: «Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán» (Altaïr).

Yucatán es un lugar al que Villoro acude en muchas de sus historias, que según cuenta le fascinó de niño y que era el mundo de su abuela, un gran personaje: «Vivía para ser blanca, decente y hasta santa». «Era novelera, era bastante chismosa, pretenciosa, maledicente. Refrendaba su virtud criticando los defectos de los demás. Vivía más en la fantasía que en la realidad, digamos que no era una narradora realista -recuerda-. No pude pensar en mi abuela sin sentir que mi infancia entera estaba escrita con sus ojos».

Su abuela fue una narradora no realista. ¿De qué manera las palabras mejoran la realidad?

El lenguaje sirve para comunicar, pero también para fraguar malentendidos, y algunas de las mejores historias surgen de malas interpretaciones de la realidad. Por ejemplo, Malcolm Lowry. Cuando llegó a México, apenas hablaba español. Entró a una fonda donde se ofrecían comidas y había una pizarra en la pared en la que decía, eso creyó él, «pollo espectral de la casa». Le pareció maravilloso estar en un país donde los pollos podían ser espectrales y en buena medida decidió quedarse en México por esta capacidad de los mexicanos de fabular a partir de la realidad. En verdad, el letrero decía «pollo especial de la casa». Su sobreinterpretación, o su confusión, le agregó algo a la realidad. Vivimos muchas veces a partir de una comunicación rota, quebrada, que permite que surjan historias.

«Lo que mejor define una época no es lo que tuvo mucho éxito, sino lo que se le resistió»

En un librito que usted titula «Conferencia sobre la lluvia» (Almadía, 2013), el protagonista dice: «El éxito es la estadística de los cretinos. ¡Amo los libros!»

Estoy de acuerdo. En ocasiones se dan fenómenos como «Cien años de soledad», donde la calidad entronca con las ventas. Pero básicamente lo que está de moda, las tendencias, son gustos evanescentes, no hay que confiar mucho en eso. Las ventas tienen más que ver con la industria que con la cultura. La cultura sigue un camino lento que tiene que ver más con la conversación, que todavía existe, con los gustos compartidos, con las cosas que pasan de mano en mano, y así es como se va fraguando de forma lenta pero resistente el tejido de una época. Y curiosamente lo que mejor define una época no es lo que tuvo mucho éxito en esa época, sino por el contrario lo que se le resistió de alguna manera y encontró una manera rebelde de perdurar. Estar conforme con la época, establecer un acuerdo exitoso con ella, significa muchas veces a la larga el acta de defunción de quien estuvo de acuerdo.

¿Cree que la soledad es importante para un escritor o para un periodista?

La soledad es imprescindible para el escritor, y es muy difícil sobrellevarla. Una de las razones por las que yo empecé a hacer periodismo fue para escapar a la condena de estar solo. Descubrí que si hacía entrevistas, crónicas, podía llegar a zonas de la realidad donde podía encontrarme con los otros y depender de su voz. Para mí ha sido una manera de equilibrar el desafío de estar solo en la ficción.

«Méxicoes un país muy paciente, que soporta muchas ignominias y no se implica en la indignación»

El periodista Villoro escribe también, dice, de la pasión por el fútbol («Dios es redondo», Anagrama, 2007; «Balón dividido», Planeta, 2014). Cuenta que se aficionó por razones afectivas. Sus padres se divorciaron y su progenitor necesitaba buscar un entretenimiento para su hijo. El estadio fue el sitio donde pasó más tiempo con él. Sólo muchos años después descubrió que su padre «no era un gran fanático». Y añade: «en realidad él me había acompañado a los estadios para que yo estuviera contento». Esto le conmovió. En su barrio, además, todos eran aficionados al Necaxa, «un equipo peculiar, del sindicato de electricistas, que se había negado a jugar en el profesionalismo porque consideraba que era una vulgaridad cobrar por disfrutar. Era un equipo bastante romántico. Los amigos de mi calle apostaban por el Necaxa. Yo me dije: ‘Si soy del Necaxa voy a ser de mi calle, voy a ser de mi barrio’. Esto me dio un sentimiento de pertenencia ampliado».

¿De qué depende la atracción por el fútbol?

¿Por qué la gente suspende todo sentido de la racionalidad porque ese día va a jugar el Barcelona? ¿Por qué una persona que es perfectamente cuerda delega todas sus emociones en los noventa minutos de ese partido? ¿Por qué alguien que tiene pésima memoria es capaz de recordar goles que sucedieron hace tres décadas y que no dejan de dolerle? Hay algo extraño en la forma en la que la especie se entretiene a partir del fútbol. Y este comportamiento humano, este derecho a darnos, como decía Ortega y Gasset, «vacaciones de civilización», me parece extraordinario, porque es una reserva para las pasiones ilógicas que sin embargo pueden tener un derecho de existencia, ¿no? El fútbol se parece a la vida, donde recibimos recompensas y castigos que no necesariamente merecemos.

¿Qué le preocupa de la realidad?

Me preocupa prácticamente todo, porque estamos en un pésimo momento en México. Es un país riquísimo en su cultura, en su vida comunitaria… Y al mismo tiempo tiene una sociedad terrible y un gobierno siniestro. Von Humboldt lo definió como «el país de la desigualdad» y esto no ha hecho sino empeorar en los últimos tiempos.

«El fútbol se parece a la vida, donde recibimos recompensas y castigos que no necesariamente merecemos»

¿Es México un país violento?

Al revés, yo creo que es un país muy paciente, que soporta muchísimas ignominias, que difícilmente se implica en la indignación. Es un país muy marcado por la obediencia.

En su artículo «Iguanas y dinosaurios» usted escribe sobre los turistas europeos como «sibaritas de lo auténtico». ¿Qué quiere decir?

Durante mucho tiempo las periferias del desarrollo a las que pertenece América Latina han sido vistas como reservas del atraso que de manera atractiva conservan características que resultarían desagradables en los países desarrollados, pero que son simpáticas como destino de viaje o antropológico. Hay una mirada extranjera que privilegia el folclore, el pintoresquismo en América Latina.

Su abuela decía: «La vida no acierta a terminar».

La muerte es el gran tema, y es insoslayable. México es además un país sumido en la muerte. Y luego está la sensación de una vida amenazada.

¿Usted tiene esa sensación?

Totalmente. Primero porque me dedico a uno de los oficios más peligrosos en estos tiempos, que es el de periodista, sobre todo para quienes ejercen el trabajo en provincia, y sobre todo en Veracruz, donde han muerto quince periodistas durante el gobierno de Javier Duarte. Pero al mismo tiempo, el solo hecho de estar en las calles te convierte en un posible daño colateral. Hay un componente de miedo y de riesgo en cualquier maniobra de la vida cotidiana.

Habla en varios textos de que Pessoa al morir pide sus anteojos y Goethe más luz. ¿Por qué siente más afinidad con la frase de Pessoa?

Porque cuando Pessoa dice «denme mis anteojos», de alguna manera está expresando la última voluntad de un lector. Es alguien que incluso en el más allá quiere seguir descifrando enigmas. En cambio la frase de Goethe, que quiere decir lo mismo, «¡luz, más luz!», es bastante pretenciosa. Entre las dos yo prefiero una voluntad doméstica de seguir leyendo en el más allá a la voluntad casi de Zeus de que el cielo se ilumine para poder seguir conociendo.

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