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«Vivo en lo invisible», de Ray Bradbury: materia del verdadero asombro

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No toda poesía traducida lo es: quiero decir que no toda poesía después de la traducción lo sigue siendo. Pero la de Ray Bradbury en esta versión sí y, además, al máximo grado poético posible. Por eso conviene subrayar el cuidadoso esfuerzo de sus traductoras y el valor del resultado obtenido, que permite al lector transitar por un territorio literario que no deja de serlo nunca y que continúa transmitiendo la misma sensación espejeante que produce su texto original, del que este es pero que muy lograda y muy bien resuelta copia.

Quien se adentre en él descubrirá una subyugante escritura que dibuja toda la rica galería de fantasmas que nutren la coherente cartografía de su autor. Bradbury –hay que decirlo– es un interesantísimo poeta, dueño de un mundo interior al que no puede renunciar y que de continuo aparece. También es un excelente lector de poesía, como deja ver la limpieza de sus composiciones, su concepto del verso y de la rima, el desarrollo mismo de los poemas y la arquitectura y solución del texto en sí.

Para Bradbury la caligrafía de Dios es una letra cuyo carácter quiere descifrarQuien ha sido un clásico de la ciencia ficción trata en su escritura poética sobre ello y quien ha sido un muy brillante narrador nos hace ver la muy milimétrica distancia que separa el cuento del poema. «Vivo en lo invisible», que da título a esta antología, es tambien el título de un poema, escrito en 2001, cuyos dos últimos versos dicen así: «Vivo en lo invisible, / lo invisible soy yo». Y este juego de perplejidades del yo y ósmosis del espacio y del tiempo constituyen los ejes de muchos de sus temas y determinan el curso que no pocos de sus poemas van a seguir.

Lo que era un viaje

Para Bradbury –que es un poeta religioso– la caligrafía de Dios es una letra cuyo símbolo y carácter quiere descifrar. Lo que no le impide escribir sobre temas propios del realismo –como en «América», donde trata la emigración– o criticar a los autores de «best sellers» y, de paso, a toda la mala literatura en general. Al hacerlo, no actúa como fiscal –no es esa su instancia de discurso–, sino como abogado defensor de la verdadera literatura, que ve peligrar en nuestro siglo.

Según Ray Bradbury, «la oscuridad es nutritiva»Su culturalismo es humanizado y humanista, como indica en «No vengo de Bizancio», fechado en 1975, que es una respetuosa respuesta a William Butler Yeats. Y lo mismo podría decirse de «El hijo de Ricardo III», donde fabula sobre el influjo cor

rector que una obra de Shakespeare tuvo sobre «Moby Dick», de Melville, a quien le hizo pintar de pánico el gris de sus amaneceres hasta que «todo lo que era microscópico llenó su habitación» y «todo lo que había llenado su habitación» acabó llenado también su mente. Lo que hizo que «lo que era un viaje» se convirtiera «en una cacería».

No faltan aquí ni la exaltación del amor ni la vida entendida como «un perfecto vivir»; ni las alusiones a la pintura (Manet frente a Renoir, la luz de Van Gogh, Botticelli, El Greco, Miguel Ángel, Turner); ni el deseo y voluntad de conocer todo lo insondable. Y ello, en diferentes tonos que mezclan lo coloquial y lo sublime, la anécdota y la idealización de los instantes, el sueño y la memoria, la ensoñación y las evocaciones en una diversidad de metros que anulan toda monócroma monotonía y multiplican la riqueza de sus recursos y la abundancia de su diversidad.

Una llanura vacía de fantasmas

Según él, «la oscuridad es nutritiva». Y su poética podrían resumirla estos versos: «Su única tarea –afirma– es apuntarlo todo / antes de que esas malditas cosas me ahoguen / de alegría / o me metan en una caja para esa larga noche / que no tiene final», en el que resuena el carmen V de Catulo.

No faltan la exaltación del amor ni la vida entendida como «un perfecto vivir»El recuerdo de su padre enseñándole a hacerse el nudo de la corbata es el motivo de «Amor». Todo para Bradbury es «pérdida» y «recuperación», pero sus temas son las mareas del alma y las sorpresas de la realidad vistas a través de un yo víctima de sus propios espejismos. La emoción del tiempo se confunde aquí con la emoción del yo: «Miro hacia la calle, hacia lo más profundo, / y veo cómo pasa en bicicleta el joven animal / que soñó que era yo».

Lo que esta escritura busca es «la materia de la que se alimenta el verdadero asombro»; eso, y «un lugar a medio camino del cielo, / entre el verde de las hojas y la promesa del melocotón»: un espacio que advierte en «la católica quietud de silenciosa lluvia / que cae en España sobre una llanura vacía de fantasmas, / donde por las almenas pasea solo el viento / golpeando y tocando la campana de Dios».

Bradbury posee el don de la poesía gnómica: muchos de sus versos lo son. En ellos estamos en una tierra de todos y de nadie, que es la de la poesía en sí.