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A años luz

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Día 03/08/2012 - 12.00h

De un modo quizá inconsciente, el propio Ridley Scott confiesa ya en el título la gran diferencia entre sus dos películas: Prometheus es la nave, el escenario, y Alien era el bicho, el terror, el caos dentro de ese escenario (nave) que llevaba el nombre de Nostromo. Nadie, ni siquiera Kubrick, ha explorado en lo claustrofóbico del espacio infinito y en los límites del horror y del miedo como Ridley Scott, y «Prometheus» parecía querer llevar otra vez al espectador a ese espacio donde el cartel de sin salida es el único camino. No es así: «Prometheus» es tal vez una precuela de «Alien», pero tiene otro clima, otro compromiso, otra función… Podría decirse que es una preversión más adulta, más reflexiva, con menos tensión y más pretensión… y un punto menos de eficacia.

La nave Prometheus llega hasta los confines donde se halla el origen de nuestra especie, ese ser superior que nos alumbró y lo hace tras una primera parte pletórica de ambientación y de expectativa filosófica, donde los elementos humanos y tecnológicos mantienen al espectador más ensimismado que cualquier bicho… Es cuando el increíble personaje de Michael Fassbender pilota la película: todo está por ver, por saber, por comprender y antes se deja uno arrancar una muela que de la butaca. Pero «Prometheus» no quiere ser sólo eso, fascinación y curiosidad, y pasa a la acción. Cambia el ritmo, el clima, intenta aclararse aunque se enturbia, y Fassbender le cede el timón a Noomi Rapace, en una piel parecida a la de Sigourney Weaver y su conradiano personaje; y en esa búsqueda de la monumentalidad gótica, terror sideral y espacios fuera de campo en medio del infinito, la historia se deja algún peldaño por subir para alcanzar a la que le precedió, o sucedió en el tiempo. Es pura comparación: «Prometheus» es una película magnífica que no llega a la cumbre, como «Alien»; aunque lo molesto no es lo que le falta (ese peldaño) sino lo que le sobra (personajes planos, algún giro viejo de guión, desequilibrio entre lo trascendente y lo intrascendente). Lo paradójico de «Prometheus» es que no aguanta la abusiva comparación con «Alien», pero no tiene sentido sin ella.

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