Occidente y la revuelta árabe

España es la gran promotora de la Alianza de Civilizaciones, que buscaba el entendimiento con las satrapías ahora desmanteladas

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Entramos en el tercer mes de una revuelta política que abarca a los árabes que van desde el estrecho de Ormuz hasta el Mediterráneo Occidental. No es una revuelta unitaria. Las características políticas de cada país van de despotismos muy diferenciados entre sí, desde el ilustrado de Omán al ignaro de Libia, pasando por satrapías como las de Yemen o Egipto a conflictos con marcado carácter étnico, como es el caso de Bahrein, o revueltas contra la democracia más desarrollada de todos los Estados árabes, la iraquí, que ya en sus balbuceos ha acogido ímprobas muestras de corrupción. Y que en un estado débil han favorecido expedita contestación popular, jaleada por un entorno político regional en el que todos parecen haber perdido el miedo.

Occidente muestra su dificultad para articular una reacción adecuada a unas revueltas que dicen reivindicar los valores sobre los que se asienta nuestro sistema político. Estados Unidos ha tardado casi dos semanas en manifestar sin tapujos su apoyo a la revuelta libia. Y ello, a pesar de que Muamar el Gadafi es el dirigente político internacional con más sangre norteamericana en sus manos. Francia se alineó desde la primera hora con el régimen de Ben Alí, como se ha sentenciado el domingo con la caída de la ministra de Exteriores, Michèle Alliot-Marie, y España, gran promotora de la causa de la Alianza de Civilizaciones, que buscaba el buen entendimiento con las satrapías que hogaño son desmanteladas, busca un lugar bajo el sol, como lo demuestra el empeño del presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, por pasar mañana por Túnez antes de que el nuevo primer ministro, Beyi Said Essebsi, haya cumplido 100 horas en el cargo. Alguna primacía debía tener España.

Pero por más diferencias que singularicen cada revuelta nacional, lo cierto es que se prolonga en el tiempo un extendido desorden político que no contribuye a dar seguridad a los mercados, que son los únicos generadores de la riqueza que varios de esos pueblos necesitan desesperadamente. Y Occidente —tanto Europa como América— deben tomar nota de la lección que esos pueblos han dado con su levantamiento. La sociedad globalizada no guarda lugar para ciudadanos de segunda con menos libertades que otros.