Una victoria personal de Obama

DARÍO VALCÁRCEL
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LA victoria de la reforma sanitaria en Washington, en el Congreso, en la noche del domingo, 219 votos frente a 212, es una victoria personal de Barack Obama. Decenas de departamentos, burós y agencias federales han intervenido. Los 50 estados han sido consultados. De ellos, 14 han denunciado violaciones constitucionales, algunos infectados por el dinero de compañías farmacéuticas o aseguradoras. Los nueve magistrados del Tribunal Supremo esperan.

Pero lo cierto es que será muy, muy, muy difícil echar atrás el voto de la Cámara de Representantes. Obama quizás acierte: sobre todo, recordaremos lo legislado el 21 de marzo, no los choques que precedieron.

¿Una victoria del presidente? Es él quien puso al tablero su talento y su sentido del compromiso. Y su tenacidad. Vean al presidente en mangas de camisa, aplaudiendo con la misma actitud que si de un proyecto de ley de subsidios a la alcachofa se tratara. Al fondo, rostros tensos, brazos en alto, puños cerrados. Obama transmitía otro mensaje, el de un hombre frágil, en esto no es diferente, pero con una fuerza intelectual y moral desconcertantes. A su lado, la sonrisa profiden del vicepresidente Biden. Una gran presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi. Al fondo, el primer Roosevelt, dominando al caballo que levanta las manos. Hace 110 años, Teddy, presidente republicano, hubo de enfrentarse al ala dura de su partido. Woodrow Wilson, el segundo Roosevelt, John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, sí Richard Nixon; Bill Clinton, todos ellos tuvieron enfrentamientos campales y fueron derrotados. En el país que aleccionaba al mundo, Nixon no creyó posible excluir de la sanidad pública a millones de americanos. Obama ha obligado por ley a los hijos o nietos de aquellos americanos a suscribir una póliza. Cada cual pactará no con el Estado, sino con las aseguradoras. Pero éstas serán vigiladas de cerca por el Estado, es la diferencia. Naturalmente, los neo y veterocon maldicen a los bastardos (sic) votantes de la Cámara. El presidente advierte que 32 millones de ciudadanos entrarán en el sistema. Y añade: «No nos rendimos ante la desconfianza, el cinismo o el miedo. Demostramos que somos un pueblo capaz de hacer grandes cosas». Desconfianza, aquellos americanos que creen que la reforma no funcionará. Cinismo, amable eufemismo dirigido a quienes compran voluntades de senadores, representantes, gobernadores, alcaldes, fiscales... Miedo, quienes no quieren acabar una noche arrollados por una furgoneta en un desgraciado accidente. Desde ahora serían necesarios varios millones de furgonetas.

¿Por qué Suecia, Holanda, Reino Unido, España, Francia, Alemania, Finlandia gastan en su sanidad poco más del 8 por ciento de su PIB y Estados Unidos, el 18? Entre otras razones porque la sanidad era entendida como un business. Desde hoy será un derecho. Un americano ha pagado durante años sus impuestos: le afecta una diabetes sobrevenida, su seguro entonces lo expulsa. Este gangsterismo legalizado había llevado a Estados Unidos, patria de los derechos civiles, a tal estado de vacuidad que era imposible predicar normas de comportamiento a los haitianos o a los talibanes.

El Hospital de Parapléjicos de Toledo atiende cada año a un millar de accidentados: mayoría de españoles, muchos inmigrantes. Todos sometidos a durísima recuperación, meses o años. Al recibir el alta, salen de allí en silla de ruedas, muchos de ellos fuertes, optimistas, deportivos, dispuestos a trabajar, a veces al 100 por cien de su capacidad. Además de los tetrapléjicos y parapléjicos, Toledo, en la modesta España, atiende casi 5.000 consultas externas. Índice de mortalidad, 8 por mil. ¿Cómo la primera democracia del planeta se deshacía de sus enfermos más necesitados? Será difícil que salga adelante cualquier intento de hundir este decisivo avance.