La sentina del gentucismo

HERMANN TERTSCH
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El término lo acuñamos muy pronto como respuesta a ese buenismo que se puso tan en boga y que supuestamente practicaba el nuevo líder socialista y los personajes que se movían en su entorno. Debo confesar que en su día sí produjo cierta satisfacción comprobar que había tanta gente que lo consideraba el término más correcto y afinado para calificar el fenómeno que se nos echaba encima con el triunfo del sentimentalismo de la sentina. Ahora les aseguro que la perspicacia demostrada entonces no nos rebaja un ápice la desolación que sentimos ante la situación a la que hemos llegado en España en tan poco tiempo de voraz y feroz despliegue de lo que podemos llamar la Gran Tropa de la Sin Par Catadura.

Cierto, tienen razón en que mucho se veía venir y que hacía tiempo que en este país cada vez se despreciaba más la decencia y la gallardía (ridícula palabra, pensarán muchos) y sobre todo se primaba, más allá de la envidia y el resentimiento meros deportes nacionales, la vileza y la mezquindad. Son dos características a las que, forzados, convencidos o por naturaleza y vocación, todos podemos descender. Es una forma barata de intentar hacernos a todos iguales. Sólo resultan tristes o molestas para quienes no hayan crecido en ellas y se obstinen en resistirse a las mismas. Con cierta dosis de «realismo» y «pragmatismo» y despojados de dogmatismos y radicalismos de principios, por supuesto también de religión, creencias y supersticiones, todo el mundo debiera acostumbrarse a estas condiciones. Nuestra sociedad se vería libre de contradicciones que valieran la pena. Porque nada valdría la pena. Cuando todo es una basura y una cochambre en las relaciones humanas, las reglas vuelven a ser todas comunes. Habilitadas con un lenguaje sentimental y vacuo, podemos vivir en la mierda gobernados por gentes de nuestra misma catadura sin hacernos el más mínimo reproche.

Lo dicho, este país tiene la historia marcada y jalonada de miserias y mezquindades como todas las sociedades humanas. Por el hecho de serlo. Que haya habido más en una historia relativamente reciente tiene que ver con la pobreza. Lo que resulta realmente increíble e inmensamente doloroso es que la creciente prosperidad de las últimas décadas haya derivado ahora en este aquelarre de mentiras, falsificación sistemática de la realidad presente y pasada, de bajeza moral y odio a la franqueza y a la excelencia. Individuos de la catadura de Pepiño Blanco se dan en todos los lugares del mundo. Como otro tipo de accidentes morales, fallas de carácter y depravaciones. Lo terrorífico es que una sala entera de gentes en principio de bien aplaudan las deposiciones de semejante personaje y no en un sitio sino en infinidad de ellos. Lo aterrador es el coro que aclama y jalea a quienes quieren linchar a todo el que se obstinan en no bajar a bucear en los lodos del pozo negro en que quieren convertir a la sociedad española. Lo triste es que tantos que en principio no se creían allí hayan llegado a la conclusión de que es solo en la sentina del gentucismo donde se puede vivir tranquilo y seguro.