Centro de Educación Especial San Pelayo, en Sevilla
Centro de Educación Especial San Pelayo, en Sevilla - Raúl Doblado
TRIBUNA ABIERTA

Reflexión urgente sobre la Educación Especial

«La educación especial en España es excelente. Los niños se relacionan entre iguales, consiguiendo amistades verdaderas, sin compasión ni indiferencia»

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La Asamblea de la Comunidad de Madrid tramita en la actualidad dos iniciativas legislativas para promover la escolarización inclusiva. Como madre de un niño con síndrome de Down y como médico especialista en oncología pediátrica, me gustaría hacer unas puntualizaciones, ya que el debate parte, bajo mi punto de vista, de dos conceptos que llevan a equivocación.

El primero es contraponer «educación inclusiva» frente a la educación especial, considerando esta como «de exclusión». La mayoría de los padres que optamos por la educación especial lo hacemos de forma voluntaria, sin sentir a nuestros hijos «excluidos» en absoluto y tras una profundísima y larga toma de decisión que comienza prácticamente el día que nace nuestro hijo. Somos muy conscientes de que los dos tipos de educación tienen sus ventajas e inconvenientes, y de que es muy posible que influya muy decisivamente en toda la vida de nuestro hijo, tanto desde el punto de vista académico como social. Lo mismo hacen los padres que optan por la educación en colegios de «integración», y sus argumentos son tan válidos como los nuestros.

Al menos en lo que yo conozco, la «educación especial» en España no es «de exclusión». Es excelente tanto en su calidad profesional (ya que las personas que la imparten han querido voluntariamente especializarse en ello), como en su calidad humana. Los niños se relacionan entre iguales, consiguiendo amistades verdaderas, sin sobreprotección ni compasión ni indiferencia.

El otro concepto que lleva a error es considerarla «especial», con la connotación de «distinta». Se debería llamar «Educación Especializada». Utilizando un símil médico, si usted tiene un problema cardíaco leve, le seguirá su médico de familia, con ayuda del especialista o sin ella. Pero si lo que tiene es una cardiopatía compleja, usted querrá ser llevado en una unidad «superespecializada» en cardiopatías, y en la mejor, a ser posible. Algunos de nosotros también buscamos eso para nuestros hijos, sabiendo que la integración en la sociedad la hacen en el resto de ámbitos de su vida (familia, ocio). Aunque me temo que va a ser difícil y caro (casi tan difícil como pretender tener la mejor unidad de cardiología en cada centro de salud), me parece perfecto que intenten implementar este modelo de especialización en todos los colegios públicos y concertados, pero no que quieran eliminar el que ya funciona.

Estoy a favor de que exista la mejor atención para los alumnos con discapacidad en todos los colegios públicos, concertados y privados, pero, sobre todo, de que cada uno decida. La competencia es estimulante. Mejor en la educación inclusiva sin menoscabar la educación especial y que cada uno decida qué es lo mejor para el caso particular de su hijo.

Propongo un ejercicio a los políticos que tienen que opinar sobre estas iniciativas. Bájense de la supuesta superioridad que les da su «no discapacidad», rásguense los ojos, pónganse un cromosoma 21 más, y vayan a visitar alguno de los excelentes colegios de educación especial que hay en la Comunidad de Madrid. Y después me dicen si este sistema no es tan válido como el de la escolarización inclusiva.

Cuando se tira de una manta corta, si te tapas los hombros se te destapan los pies. Es fundamental que mejorar la educación inclusiva no implique quitar recursos públicos a la educación especial o directamente eliminarla.

Marta Villa Alcázar es oncóloga pediátrica.