El piadoso impostor

M. MARTÍN FERRAND
Actualizado:

REZAR, como nos enseñaba el Catecismo del padre Astete, «es elevar el corazón a Dios y pedirle mercedes con humildad y confianza». En el Catecismo del padre Ripalda, el de la otra media España, era el alma y no el corazón lo que se debía elevar; pero, tratándose de textos de dos buenos clérigos del XVI, lo del corazón es previo a la cardiología y lo del alma, anterior al psicoanálisis. Para rezar basta con una voluntad piadosa y esperanzada y un mínimo de fe en Dios. ¿Coincidirán esas condiciones en José Luis Rodríguez Zapatero cuando esta mañana asista al desayuno de oración que tiene convocado The Family Fellowship, presidido por Barack Obama, o se trata de una nueva impostura del personaje que nos gobierna?

Hace muchos años, un dinámico cura irlandés puso en marcha una «cruzada» -así la llamaron entonces- para inducir al rezo del rosario en familia. El lema de la campaña -«La familia que reza unida permanece unida»- originó en Madrid la mayor concentración de personas de la que tengo memoria hasta la llegada de Juan Pablo II, por encima de las exhibiciones patrióticas y las demostraciones sindicales propias de la época. ¿Qué familia pretenderá mantener agrupada el sobrevenido devoto Zapatero? Su insensatez federal niega, con los hechos, la hipotética pretensión de la unión entre los españoles y la contestación que comienza a notarse en las filas del PSOE desmiente la de la familia socialista. Todo sea por una foto que compense, en Washington, la ausencia, en Madrid, de la que nos tenía anunciada en grandiosa conjunción planetaria para el próximo mes de mayo.

Lourdes o Fátima tienen probada una mayor y más antigua capacidad milagrera que Washington; pero Zapatero, que mira el pasado con rencor y el futuro con esnobismo, prefiere peregrinar a Washington. Está en su derecho, como lo está al hacerse acompañar de distinguidos acólitos del periodismo español para que le lleven el cirio y, llegado el caso, puedan escribir la crónica de su conversión a la doctrina del imperio de las barras y las estrellas. San Pablo, cuando cayó del caballo, empezó el camino de la santidad; pero sospecho, a partir de la lectura de sus epístolas, que era más habilidoso jinete de lo que pueda serlo el de León. No es lo mismo Damasco que Washington y las caídas equinas no necesariamente hacen brotar la fe. En la mayoría de los casos conducen, únicamente, a la deslomadura.