El paro condena a Zapatero

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LA exclusiva adelantada por ABC sobre los datos de la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de este año fue confirmada ayer por el Instituto Nacional de Estadística, con la publicación oficial del informe. La tasa de paro está en el 20,05 por ciento, con 4.162.700 personas sin trabajo. Pero aún hay datos más preocupantes, como el de que en 1.298.500 familias no hay un solo miembro trabajando. Además, los jóvenes entre 16 y 25 años siguen abocados al desempleo y no hay atisbo de una mejora sustancial. El Gobierno confía en la tregua que pueda darle el paro de abril, que se conocerá la semana que viene, pero, por bueno que sea el dato, no podrá neutralizar el descrédito del Gobierno ni justificar previsiones optimistas a medio plazo. Por el contrario, es evidente que se está extendiendo la economía sumergida, única forma de entender la subsistencia de cientos de miles de familias sin ingresos del trabajo, lo cual anuncia un escenario en el que las medidas fiscales que se tomen tendrán un efecto muy limitado o nulo -porque las actividades productivas son cada vez más ocultas- y que generará un mercado laboral alternativo y difícilmente controlable.

En todo caso, al margen de estas consecuencias económicas, la tasa de paro confirmada por el INE pone al Gobierno ante el espejo de su incapacidad y explica su descrédito internacional. A pesar de los mensajes inverosímiles del Ejecutivo acerca de que el paro ha tocado techo o de que el deterioro del empleo se frena, la convicción instalada en la opinión pública es que la evolución será a peor. ¿Realmente está el Gobierno en condiciones de descartar que se llegue a los cinco millones de parados o a una tasa de desempleo del 25 por ciento? Baste recordar cuántas veces descalificaron la tasa del 20 por ciento. Ahora los responsables económicos se apresuran a recordar que ya anunciaron que se podía llegar a ese porcentaje. Lo hicieron, sí, cuando era evidente y, lo que es peor, tarde.

El estado actual de la economía y el empleo desautoriza los llamamientos del Ejecutivo a la confianza. El crédito sigue sin circular entre empresas y particulares. Empieza a repuntar la inflación, pese al aumento del paro y la recesión. El déficit es insostenible y obligará a suprimir los planes de ayudas públicas, lo que hará que los sectores beneficiados por ellas vuelvan a resentirse de la retracción del consumo. No son profecías, sino la lista de daños de una política económica equivocada y sin propósito de enmienda.