La extraña pareja

FLORENTINO PORTERO
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Esta es la segunda vez que Obama y Netanyahu se encuentran. La primera fue hace menos de un año en Jerusalén. Su famoso discurso ante el lobby israelí en Washington, prometiendo todo lo que Israel pudiera soñar, desde la ciudad de Jerusalén hasta la seguridad frente a Irán, estaba fresco en la memoria. Frente a Bibi el entonces candidato optó por controlar el uso de la palabra volviendo a dar garantías. No convenció, como tampoco había convencido a los israelíes el citado discurso.

Obama continúa la senda abierta por Bush de asumir como inevitable un Irán nuclear y la crisis del régimen de no proliferación. Si europeos, rusos, chinos y árabes no están dispuestos a hacer nada para impedirlo ¿qué sentido tiene que lo haga Estados Unidos, que es el país a quien menos afecta? Su compromiso con Israel irá en la línea de su predecesor, el refuerzo de sus capacidades militares y, en especial, de su defensa antimisiles. ¿Satisfará las necesidades de seguridad israelíes tal como las entiende este gobierno?

Para Estados Unidos el mantra del estado palestino resulta fundamental en su política árabe. Todo el mundo sabe que hoy es inviable, a la vista del enfrentamiento entre islamistas y nacionalistas. Netanyahu, como Lieberman, no son personalidades nacidas para la representación diplomática sino para la acción. No harán nada que ponga en peligro el frágil estado de Israel y no es fácil que cedan en este terreno. Vienen con propuestas concretas sobre nuevas vías, pero tampoco es fácil que convenzan a sus anfitriones.

El vínculo estratégico entre Israel y EE.UU. es capital para ambos. Nadie conoce mejor la región que el estado judío y ningún aliado es para él comparable a Washington. No pueden permitirse malentendidos y tratarán de salvar sus diferencias.