Cuento de Navidad

IGNACIO CAMACHO
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TARDÓ en reconocerlo cuando se le acercó en el semáforo para ofrecerle kleenex blandiendo una sonrisa de piano y tocado con un atrabiliario gorro de Papá Noël. Lo que recordaba de él, lo que acaso jamás olvidaría en todo lo que le quedase de vida, era el gesto de pánico y desamparo de sus ojos hundidos, el temblor de su cuerpo aterido bajo la ropa empapada, el aire de derrota y de miedo y de resignación durante las friolentas horas de silencio que transcurrieron a bordo desde el rescate hasta la costa. Se le quedó grabada la cicatriz que le surcaba el mentón brillante de espuma, la misma que ahora asomaba junto a la ventanilla en una mueca amable surgida del tiempo para devolverle la ingrata memoria de aquella madrugada de muerte y rabia. Le volvió de golpe un remolino de angustia: la desazón de los marineros al darse cuenta de que se habían perdido cuerpos en la mar revuelta cuando la patera volcó entre una confusión de gritos y de linternas, el llanto de los niños en medio del maldito caos de voces y olas, el incierto manoteo de los náufragos alrededor de las gomas de camión lanzadas a bulto hacia la oscuridad del agua gélida y agitada de noviembre.

Nunca había vuelto a la mar desde entonces. Ya en aquel tiempo lo hacía sólo para sacudirse la cosquilla de tantos años embarcado en océanos remotos que quedaron atrás el día que agarró un pellizco de suerte en la lotería de diciembre. Se fue con su familia al Sur y abrió en el pueblo costero de su mujer un bar al que acudían los pescadores a matar las horas inmóviles de la reconversión y el paro de la flota, a ver pasar entre fichas de dominó las estaciones sin horizontes de los lunes eternos y las lunas quietas. Ahora le iban las cosas tan mal como a todos, con las deudas vencidas y un ir pasando entre penas y nostalgias la cuenta atrás de una jubilación que quizá tendría que anticipar con un cierre. Desde la noche de la patera tampoco salía a matar la añoranza con la leve faena de la bajura por temor a verse de nuevo de bruces con la tragedia. Sólo un día, al enterarse por la radio del secuestro de su antiguo barco por unos piratas, sintió junto al desasosiego por sus compañeros el leve alivio que justificaba la deserción de un mar del que ya no esperaba sino desengaños.

Era la víspera de Navidad cuando parado en un semáforo vio venir al hombre que había salvado, cuyos ojos despiertos, brillantes en su rostro oscuro, ya no expresaban el desabrigo de aquella orfandad terminal del naufragio. Cuando pasó a su lado sin reconocerlo, ofreciéndole los pañuelos y la súplica rutinaria y cortés de una sonrisa, bajó el cristal y alargó unas monedas sin atreverse a coger la mercancía. Al verlo alejarse hacia otros coches pensó que aunque acaso su maltrecho negocio y hasta su propia existencia estuviesen a punto de quebrar, no tenía derecho a permitir que se le quebrase la esperanza.