Antipática confusión

M. MARTÍN FERRAND
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LA política española, en su conjunto y en sus porciones, se ha vuelto tan hostil y desagradable como un aeropuerto. Quizás sea que, al vaciar de contenidos los dieciocho parlamentos que debieran ser el centro de las confrontaciones y las divergencias, el sucedáneo de debate público que ha instalado la partitocracia se desparrama por todas partes y lo mismo llega a un campo de fútbol que a la capillita de una parroquia periférica. Se ha impuesto la confusión, imperan las malas maneras, el desprecio al adversario y al vecino y se impone la ignorancia de los asuntos y problemas que, verdaderamente, interesan a los ciudadanos. Aquí -como en los aeropuertos, ya digo- cualquiera puede explorarte los bajos por si llevas matute escondido, o requisarte la colonia y el desodorante. Le hemos perdido el respeto a la autoridad y la autoridad nos lo ha perdido a nosotros.

Después de dos años de una crisis que es auténticamente dramática en lo social y demoledora en lo económico, tras una solemne sesión del Congreso, el fruto tangible de la ceremonia es la creación de una comisión gubernamental que, junto con la oposición, estudie lo que ya debiera haberse estudiado y proponga los remedios que, desde la exigible responsabilidad del Gobierno, ya tendría que llevar unos cuantos meses de aplicación e, incluso, haber proporcionado algún fruto. El equipo de José Luis Rodríguez Zapatero, agazapado, trata de transferir a la oposición una cuota de su exclusiva responsabilidad y parte de la oposición, como los oportunistas raqueros de CiU, aceptan el reto por si la circunstancia pudiera ser útil a lo que dicen que es el interés de Cataluña.

Antíer, Mariano Rajoy apuntó en la Cámara la responsabilidad que, sobre la de Zapatero, recae sobre todo el Grupo Socialista y, aunque se trata de una incuestionable verdad democrática, el líder del PP ha tenido que soportar por ello el despiadado vapuleo con el que aquí solemos tratar a quienes se supone que nos representan. Si asumimos el parlamentarismo que proclama la Constitución -esa herramienta que unos usan para clavar y otros para aserrar-, lo correcto sería, en aras de la democracia interna en la que se ciscan nuestros partidos, que la primera instancia de censura al fracasado presidente del Gobierno fuera la de quienes le encumbraron; pero eso, tan británico, es poco celtibérico. Aminora el follón y no desparrama la basura.