Traslado del cádaver de uno de los terroristas muertos en el asalto a un edificio en Saint-Denis
Traslado del cádaver de uno de los terroristas muertos en el asalto a un edificio en Saint-Denis - AFP

Todos se preguntan en Saint-Denis: «¿Cuándo habrá otro atentado?»

Al terminar la gran redada en este barrio del norte del París solo quedan periodistas y policías en sus calles

Enviado Especial a ParísActualizado:

Miércoles, 18. Los trenes de la línea 13 ruedan casi vacíos. De costumbre es una de las líneas más atiborradas del metro de París: escaparate mayor de la pluralidad de gentes, de lenguas, de costumbres, que aquí se cruzan. La ausencia de esa multitud variopinta me desasosiega. Desciendo en la penúltima parada. Doy de bruces con una de las más bellas catedrales de Francia: la Basílica de Saint-Denis. En esta mañana de sol, la perfecta aritmética de su gótico del siglo XII resplandece con un vigor que invita a prescindir del mundo. Pero el mundo está ahí: el mundo de los hombres, en forma de hormiguero atareado. Y tan extraño.

La explanada de la Basílica era este miércoles un gran parking de unidades móviles de todas las cadenas televisivas del planeta. Al otro lado de la plaza, las furgonetas policiales se acumulan. Los gendarmes patrullan con el subfusil en posición de alerta. A estas horas del mediodía, cuando el acceso a la más poblada ciudad musulmana de la periferia de París ha sido abierto, no se ven ya los uniformes de campaña del Ejército. Pero todos los hemos visto, en las imágenes del asalto en la madrugada de este miércoles. Hacia las cuatro y veinte, el doble círculo de gendarmería y Ejército aisló una zona crítica en torno al cruce de la «Rue de la République» con la «Rue Corbillon». Y comenzó un tiroteo que duró más de seis horas.

Saint-Denis es ahora una ciudad desierta. Tiendas cerradas, gentes que miran cautelosamente tras los visillos de sus casas. Y una nube de periodistas que hablan lenguas misteriosas. La Policía, con cortesía firme, nos deja avanzar sólo hasta la esquina de la «Rue de la République» con la «Rue Fontaine». Veinte metros más allá de esa línea, está el apartamento en el que se produjo el tiroteo. Y en donde una joven de veintiséis años, Hasna Aitbulahcen, tuvo el sórdido honor de ser la primera mujer que se hace estallar en nombre del Estado Islámico en Europa. Aunque la fría memoria de los archivos recuerda que fue, en 2005, la belga Muriel Degauque la pionera en hacer uso del cinturón explosivo, entonces contra el Ejército norteamericano en Irak.

El de Saint-Denis fue uno sólo de los 128 allanamientos que llevaron a cabo las fuerzas francesas contra pisos francos de EI en la noche del martes. Sumados a los de las noches anteriores, deben andar por los casi cuatrocientos. Es la aplicación estricta de la ley de urgencia, que rige en Francia desde la noche misma del ataque masivo del 13 de noviembre. Y que empieza a codificar los hábitos de los franceses, al menos hasta que este período crítico haya pasado.

Ni siquiera en el gueto de noctámbulos, el Barrio Latino, resulta fácil cruzarse con nadie a partir de las nueve de la noche

Todo sucede de noche en esta guerra de acechos que París afronta. Durante el día, la ciudad guarda celosamente sus ritmos de siempre. Cuando oscurece, las calles quedan vacías. Ni siquiera en el gueto de noctámbulos que es el Barrio Latino en que me alojo resulta fácil cruzarse con nadie a partir de las nueve de la noche. De madrugada, comienza ese combate que, en las sombras, busca desmadejar una red de comandos que ha dispuesto de demasiados años de impunidad para blindarse.

En Saint-Denis, Policía y Ejército buscaban capturar al hombre que dirigió la matanza del viernes: Abdel Hamid Abaaoud. Hasta el momento, no se ha dado nota oficial de que haya caído. No está en la lista de detenidos, en todo caso. Pero en la operación, además de la mujer suicidada y del tirador abatido, ha sido capturado un número significativo de combatientes. Y nuevas puertas para la investigación pueden abrirse con ellos.

Pero, ¿por qué Saint-Denis para ocultarse? La lógica de pasar desapercibido prima en esa opción, desde luego. Allí se concentra un gran núcleo de población musulmana. Tiene lógica pensar que el porcentaje de combatientes y simpatizantes de EI sea alto en esa periferia. Abaaoud podía moverse en la comercial calle de la República en un anonimato casi perfecto. Abdel Hamid Abaaoud no es un musulmán francés. Viene de ese vivero de yihadistas que es la ciudad belga de Molenbeek. Pero en la aglomeración de Saint-Denis nada lo diferencia de cualquier apacible vecino. No tiene más que 28 años. Pero su recorrido de muerte es sobresaliente: en el organigrama de EI, Abaaoud coordinaba la inserción terrorista de los combatientes que retornan de Siria e Irak a Europa.

«Va a suceder muy pronto»

La Policía conocía su retrato por uno de ellos, Reda Hame. Detenido e interrogado Hame declara haber recibido de Abaaoud el encargo de buscar un objetivo claro y sencillo, «una sala de conciertos», por ejemplo. Y dejar el mayor número posible de víctimas. Hame advertía entonces a sus interrogadores: «Todo lo que puedo deciros es que va a suceder muy pronto. Aquello es una verdadera fábrica, y quieren de verdad golpear a Francia y a Europa».

El primero de esos golpes «fáciles» y masivos fue el del Bataclan, la semana pasada. El primero. La urgencia hoy de desmantelar las estructuras yihadistas clandestinas en Europa y de aniquilar el Estado Islámico en su propio territorio es absoluta. Valls confesaba hace un par de meses lo que era necesario no perder de vista: «La cuestión no es si habrá un atentado, la cuestión es cuándo y dónde». Cuándo y dónde fueron el 13 de noviembre en París. Pero cuándo y dónde siguen hoy siendo preguntas sin respuesta. Para Europa.