El presidente de Estados Unidos, Donald Trump
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump - REUTERS

El déficit comercial récord trastoca los planes de Trump de deshielo con China

El presidente no logra dar la vuelta a una balanza fiscal negativa a pesar de su guerra de aranceles con el gigante asiático

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

«Podemos dar la vuelta al déficit comercial, y podemos hacerlo rápido», aseguró Donald Trump durante la campaña electoral de 2016, la que le llevó a la Casa Blanca. Era la misma época en la que repetía el nombre de un país, al igual que lo hace ahora, como principal motivo del deterioro de la clase media estadounidense -« China, China, China»- y prometía acabar con los abusos del gigante asiático contra su economía. Trump ve el déficit comercial como el reflejo de una relación económica injusta, en la que otros países se «aprovechan» de EE.UU., a pesar de que muchos economistas lo consideran un reflejo de las distintas fuerzas macroeconómicas en diferentes mercados.

Dos años después de su llegada a la Casa Blanca y tras un año de guerra de aranceles comerciales con China, el objetivo de luchar contra el déficit comercial no se ha cumplido. Todo lo contrario: el Departamento de Comercio reconoció ayer que EE.UU. tuvo en 2018 un déficit comercial de 621.000 millones de dólares, un crecimiento del 12% respecto al año anterior. Es un desequilibrio que aumenta en 100.000 millones el déficit que heredó de su antecesor, Barack Obama.

Si se excluye del cálculo a los servicios -turismo, propiedad intelectual o servicios financieros- la balanza negativa en intercambio de bienes es de 891.000 millones, la mayor de la historia del país.

Eso a pesar de la guerra comercial que la Administración Trump emprendió hace un año contra la mayoría de sus principales socios comerciales, desde la Unión Europea a economías emergentes en América y en Asia. El principal objetivo era compensar el déficit con su gran socio comercial, China, con quien la Administración Trump está en plenas negociaciones.

«Los aranceles son la mejor arma negociadora», dijo Trump el pasado fin de semana en un discurso explosivo en la conferencia conservadora CPAC. Los resultados, según muestran las cifras, no han cambiado el curso del déficit.

Con China, la balanza comercial negativa se expandió hasta los 419.000 millones de dólares, también un récord histórico. En lugar de moderar la brecha comercial entre ambos países, Trump la ha ampliado. En general, las importaciones estadounidenses crecieron un 7,5% respecto a 2017, mientras que las exportaciones aumentaron solo un 6,3%. En el caso de China, las importaciones crecieron un 6,7% -a pesar de aranceles en una variedad amplia de productos como aluminio, acero, paneles solares-, mientras que las exportaciones cayeron un 6,7%.

Hay varias razones que explican el repunte del déficit comercial, a pesar de las ansias de Trump por meterlo en cintura. Algunas de ellas están fuera del control del presidente de EE.UU. y otras sí tienen que ver con sus decisiones. Entre las primeras, está el desequilibrio entre uno de los grandes logros de Trump -el fortalecimiento de la economía estadounidense- y la ralentización del crecimiento de la economía global, en particular, en China. A ello también se suma la fortaleza del dólar, que fluctúa en un nivel un 19% superior a la media de los últimos años frente al resto de divisas, y que encarece las exportaciones estadounidenses. Pero también tiene mucho que ver la rebaja fiscal aprobada hace un año por el Congreso -entonces controlado por los republicanos- y celebrada por Trump, que ha llenado los bolsillos de empresas y familias en EE.UU. y han permitido disparar el consumo de productos importados. Mientras tanto, los aranceles que Trump impuso a China fueron contestados por Pekín con otras medidas punitivas, como la reducción de la importación de productos clave estadounidenses, como soja o coches.

Trump no había reaccionado a los nuevos datos de balanza comercial al cierre de esta edición, en una señal de que es un asunto sensible y un arma de doble filo. Por un lado, supone admitir una derrota, al no ser capaz de cumplir una promesa y reducir el déficit. Pero también le da argumentos para mantener una postura fuerte en las negociaciones comerciales con China. Los enviados de Pekín estuvieron en Washington la semana pasada y las conversaciones acabaron con «avances importantes» pero sin ningún compromiso fijo. Trump concedió retrasar el plazo de aplicación de aranceles severos si no se llegaba a un acuerdo -la fecha prevista era el 1 de marzo- y se especula con que llegue a algún tipo de acuerdo con su homólogo chino, Xi Jinping, que podría ser rubricado en una cumbre en Mar-a-Lago, su residencia en Florida, este mismo mes.

Ayer, la cadena CNBC aseguraba que Trump busca cerrar un acuerdo con China, aunque no sea tan ambicioso como él quiere, para no entorpecer la marcha de la economía y complicar su reelección. El presidente de EE.UU. es consciente de que perpetuar la guerra comercial con el gigante asiático desestabilizarla los mercados y pondría riesgo su principal carta electoral para 2020: el progreso económico.