ESCRITOR VENEZOLANO

Venezuela: cuando amaneció la noche

Ya van 80 horas sin luz y esta vez se extendió a todo el país. Somos una noche inmensa que no se acaba ni cuando llega el día

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Ya estábamos acostumbrados a los apagones de uno o dos días. Se dañaban los equipos de aire acondicionado, nos masacraba el calor, el caos se apoderaba de la ciudad, pero ya van 80 horas y esta vez se extendió a todo el país. Somos una noche inmensa que no se acaba ni cuando llega el día.

Las razones son conocidas. Estaba previsto. Ocurriría tarde o temprano. La corrupción de la dictadura se llevó millones de dólares. Dicen que en España hay lujosos empresarios que cobraron sobreprecios por adquirir equipos que nunca llegaron. No ha habido mantenimiento; no hay planes de contingencia, no hay información, no hay nada. La tesis de un sabotaje a distancia nadie la cree. Se trata de servicios analógicos que no pueden ser vulnerados a distancia, y existen diagnósticos de los fallos mecánicos que nos tienen a oscuras.

La primera noche comimos pan con queso y bebimos agua caliente. Al día siguiente volvimos a comer pan con queso y agua caliente, pero esta vez usamos menos queso dentro del pan. Mi vecina desesperaba porque los medicamentos de su madre necesitan refrigeración así que le dimos el hielo que nos quedaba.

Al ver que el Gobierno mentía con sus anuncios de que la electricidad regresaría en tres horas, nos fuimos a casa de mi tía que utiliza gas doméstico, cocinamos toda la carne que estaba en la nevera y comimos pan con carne. Luego salí a comprar hielo. Lo venden en dólares. Cinco dólares una bolsa. Me olvido del hielo.

En un centro comercial hay electricidad y puedo recargar mi teléfono. Lo cierto es que desde ayer no puedo llamar a nadie en el exterior ni recibo llamadas. Nadie en mi ciudad ha podido comunicarse, pero al menos tengo cargada la batería.

Por unos instantes tengo conexión a Internet y envío un mensaje a mi padre que vive fuera y le digo que estamos bien. No es verdad. Pero eso le digo. Luego la conexión desaparece.

La tercera noche sin electricidad comemos en casa el resto de la carne. No sabemos si nos hará daño porque ha estado expuesta al calor. Mañana no sé qué comeremos. Es imposible pagar con bolívares o utilizar la tarjeta de débito.

La vecina se desespera porque se han dañado los medicamentos de su madre. Nos llegan cifras de muertos en los hospitales: gente que necesitaba oxígeno, niños en incubadoras, pacientes que requerían un quirófano o diálisis. Las cifras bailan. Sube. Bajan. Quizá nunca sabremos cuánta gente está muriendo ahora mismo.

Me comentan que Maduro apareció dando un discurso utilizando plantas eléctricas, pantallas, micrófonos. Esta vez no bailó. El ministro de defensa anuncia que todo se encuentra normal.

Tarde, en la noche, la gente baja a protestar y trancar las calles. Hasta ahora no ha aparecido nadie del Gobierno chavista para coordinar la ayuda, para entregar agua, hielo, alimentos, pero en ese momento llegan guardias nacionales y paramilitares. Nos regalan un montón de lacrimógenas y disparos.

Cuando todo se calma, salgo a caminar por la avenida. Es muy peligroso, hay atracos y saqueos, pero no soporto seguir en casa. Camino. Camino. Camino. Está oscuro. Tropiezo. Luego veo que es un árbol. Lo abrazo. Cierro los ojos. «Nos tienen secuestrados», pienso, «somos sus rehenes».

(Texto escrito a partir de los escasos testimonios que van dando los venezolanos que se encuentran sin electricidad desde hace ochenta horas).

Juan Carlos Méndez Guédez: es escritor venezolano residente en Madrid.