Bancos ilegales contra la hambruna somalí
Estos bancos ilegales ofrecen varias ventajas a los somalíes - E. S. M.

Bancos ilegales contra la hambruna somalí

El sistema impide que las transacciones sean rastreadas y, sobre todo, dota de independencia económica a una población que adolece de medios

ENVIADO ESPECIAL A DADAAB Actualizado:

Con el teléfono móvil todavía en la mano, Aden Tarek comienza a acelerar el paso. No es para menos. Al otro lado de la línea, un hilo de voz le acaba de advertir que tan solo cuenta con diez minutos. Por fortuna, la meta no está demasiado lejos, y tras identificarse, el joven somalí recibe su premio: nada menos que 10.000 chelines kenianos (80 euros). Aún sobran dos minutos.

En la actualidad, cerca del 60% del dinero que circula en el campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Kenia y Somalia, procede de envíos realizados por miembros de la diáspora somalí mediante establecimientos ilegales como el utilizado por el joven Tarek.

El procedimiento es sencillo: tras contactar un «agente mercantil» en el extranjero, el emisor (en el caso de Tarek se trata de una hermana que reside en Nueva Zelanda) entrega la cantidad deseada para el envío, más una comisión de cinco dólares.

Posteriormente, el mismo agente contactará vía telefónica con la sede de Dadaab -una pequeña oficina de apenas cinco metros cuadrados y gestionada por dos personas- para que autorice el envío.

Bancos ilegales

Es cierto que el procedimiento no dista demasiado al utilizado por empresas «clásicas» dedicadas al envío de dinero, como «Western Union», sin embargo, su ilegalidad ofrece dos ventajas a sus usuarios: impide que las transacciones sean rastreadas y, sobre todo, dota de independencia económica a una población que adolece de medios (cerca del 80% de la población adulta del África subsahariana, 325 millones, no dispone de ningún tipo de cuenta bancaria).

«Estos bancos ilegales tienen agentes en los principales centros de la diáspora somalí: Mineápolis, Estocolmo o Londres», reconoce Harak. De igual modo, la gran mayoría de ellos están gestionados por kenianos que sí pueden gozan de libertad de movimientos en la región (los cerca de 400.000 refugiados somalíes que residen en Dadaab tan solo pueden abandonar el campamento por motivos médicos o educativos).

Sin embargo, la influencia de la diáspora somalí en el extranjero no se limita, tan solo, al apoyo financiero. Como advierte Daveed Gartenstein-Ross, analista de la «Foundation for Defense of Democracies», el aislamiento social que sufre esta sociedad, primordialmente en Occidente, así como su falta de integración en el mercado laboral, constituye el caldo de cultivo perfecto para las redes de captación de terroristas en el extranjero.

Para Gartenstein-Ross, en este sentido, resulta clave el área metropolitana de Mineápolis, hogar de 70.000 somalíes y sede de los centros islámicos de Abubakar as-Saddique e Imam Shafii, dos mezquitas vinculadas en el pasado al yihadismo radical.

Precisamente, de ellas partió uno de los más «ilustres» terroristas de Al Shabab (la rama de Al Qaida en el Cuerno de África), Ahmed Shirwa, un somalí residente en EE.UU. durante una década y que, en octubre de 2008, se inmolaba en la sede de Naciones Unidas en Hargeisa. Un atentado que causó la muerte a cerca de 20 personas.