El médico cubano Leonardo Fernández, de 63 años, posa en La Habana, poco antes de viajar a Liberia
El médico cubano Leonardo Fernández, de 63 años, posa en La Habana, poco antes de viajar a Liberia - reuters

La dictadura cubana y su diplomacia de las batas blancas

La Cuba de los Castro saca pecho en el plano internacional por su aportación a la lucha contra el ébola. La exportación de servicios médicos es una de las principales fuentes de ingresos y de influencia política para el país

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Naciones Unidas y Estados Unidos, entre otros, han elogiado la aportación de Cuba a la lucha contra el virus del ébola en África Occidental. Esta semana, el régimen de La Habana ha enviado brigadas de médicos y personal sanitario a Liberia y Guinea Conakry, que se han sumado a las ya desplegadas en Sierra Leona. En Brasil, sus facultativos atienden a los habitantes de las zonas más remotas, a donde no quieren ir los profesionales brasileños. El último ejemplo: cuando un terremoto sacudió Haití en enero de 2010, los primeros en llegar fueron los médicos cubanos. Pero este altruismo tiene otra cara. Los Castro aprovechan estas oportunidades para «brillar y ejercer la diplomacia de las batas blancas a cambio de réditos políticos», mientras los cubanos en la isla «sufren las numerosas carencias del sistema de salud», explican las fuentes consultadas por ABC.

La Red Cubana de Comunicadores Comunitarios -que desde ese país informa sobre la lucha diaria de los ciudadanos- aseguraba esta semana que una anciana de Holguín a la que le dolía la garganta fue conminada a llevarse una cuchara de casa porque el policlínico cercano carecía de depresores. Más grave es la falta de medicinas. La disidente Martha Beatriz Roque, responsable de esa Red, asegura que tuvo que remover Roma con Santiago durante una semana en La Habana para encontrar el antibiótico que le hacía falta para su bronquitis.

El cubano corriente se queja asimismo de la falta de profesionales de la salud por esta «exportación de servicios», la principal fuente de ingresos de Cuba, por delante del turismo, las remesas de familiares en el extranjero y la venta de níquel o azúcar. Raúl Castro ha afirmado esta semana que más de 76.000 profesionales sanitarios cubanos trabajan en 39 países, según informó Efe. Pero las cifras oficiales cubanas no siempre coinciden. El pasado julio, la directora general del Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera (Mincex), Dagmar González Grau, indicó que 64.362 profesionales cubanos trabajaban en 91 países, el 75% en el sector de la salud (unas 48.000 personas).

Las autoridades prevén ingresar este año más de 8.200 millones de dólares por el trabajo de estos cubanos en el extranjero. Sin embargo, La Habana retiene la mayor parte del salario que otros gobiernos le abonan por sus médicos. Brasil paga más de 4.100 dólares por cada uno de los 11.430 facultativos allí destinados, pero estos profesionales solo reciben 1.245 dólares.

«Esclavos modernos»

«Son los esclavos modernos», señala a este diario María Werlau, directora ejecutiva de Archivo Cuba, una ONG con sede en Washington. Werlau maneja la cifra de 50.000-70.000 cooperantes cubanos, no solo de la salud, desplegados en 68 países. Los médicos perciben un salario base medio de 64 dólares mensuales, al que generalmente se suman bonos de entre 100 y 300 dólares. Las largas jornadas laborales y los bajos salarios son caldo de cultivo para la deserción. Entre octubre de 2009 y septiembre de 2014, al menos 5.074 profesionales de la salud cubanos desertaron a Estados Unidos, según cifras oficiales de este país.

La experta estadounidense desmiente que Cuba sea una «potencia médica»: «Frente a los hospitales para turistas o la elite del Gobierno, los ciudadanos están desatendidos, sufren la falta de material sanitario, medicinas y ambulancias, así como unas instalaciones totalmente inadecuadas». Cuestiona, por último, la formación de los facultativos cubanos: «En general, la calidad de la enseñanza universitaria ha ido decayendo por la prisa en contar con nuevos médicos para exportarlos, crear capital político e influir en los organismos internacionales».