Para los terroristas es indiferente la edad de las reclutadas que serán armadas o usadas como esclavas sexuales
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El calvario de las esclavas sexuales del Estado Islámico

Los yihadistas utilizan a muchachas yasidíes para este propósito, alegando que está permitido por su religión

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El uso de muchachas yasidíes como esclavas sexuales por parte de los combatientes del Estado Islámico parece haberse convertido en una práctica generalizada en las áreas bajo su control. A medida que pasan los días, se acumulan las evidencias en ese sentido. Esta misma semana, al menos dos jóvenes yasidíes han podido ser entrevistadas por diversos medios de prensa, que han divulgado el calvario al que las han sometido los yihadistas.

Este miércoles, el diario «The Washington Post» publicó el testimonio de una muchacha de 14 años, identificada bajo el seudónimo de Narin, que logró escapar de manos de los yihadistas en el norte de Irak. Cuando ella y su familia oyó que los militantes del Estado Islámico se aproximaban a la aldea, trataron de huir al monte Sinyar, como hicieron decenas de miles de yasidíes, pero fueron interceptados en el camino cuando descansaban junto a un oasis.

«Los militantes nos dividieron por género y edad: uno para los hombres jóvenes, otro para las chicas y mujeres jóvenes, y un tercero para los mayores. Los yihadistas les robaron el dinero y las joyas a estos últimos, y los abandonaron en el oasis», relata Narin. «Pusieron a las chicas y mujeres en camiones. Mientras se nos llevaban, oímos disparos. Después supimos que estaban matando a los hombres jóvenes, incluyendo a mi hermano de 19 años, que se había casado hacía solo seis meses», cuenta.

Dadas como recompensa

El grupo de Narin fue llevado a Mosul, donde las encerraron con otras mujeres, cuyos parientes masculinos también habían sido asesinados. «A mi amiga de infancia Shayma y a mí nos dieron como regalos a dos miembros del Estado Islámico que venían del sur, de cerca de Bagdad. Querían que fuésemos sus esposas o concubinas. Shayma fue dada a Abu Hussein, que era un clérigo. A mí me dieron a un hombre gordo y barbudo de unos 50 años, que parecía tener un alto rango, apodado Abu Ahmed», explica la muchacha. Ambas chicas fueron trasladadas a Faluya.

«Abu Ahmed me decía que me convirtiese al islam, lo que ignoré. Intentó violarme varias veces, pero no le dejé que me tocase de forma sexual. En lugar de eso, me maldecía y me pegaba todos los días, dándome puñetazos y patadas. Solo me daba una comida al día», prosigue el relato de la joven, que cuenta cómo un día en el que los hombres habían ido a la mezquita, las dos muchachas pudieron romper una puerta, se vistieron como mujeres locales y llamaron a un amigo suní del primo de Shayma, que las recogió en un coche y las llevó a un lugar seguro. Al día siguiente, un taxista de confianza las llevó a Bagdad, de donde pudieron volar a Erbil y reunirse con sus familias.

Aún más estremecedor es lo que cuenta otra muchacha en el diario italiano «La Repubblica», que pudo entrevistarla por teléfono, y que aún continúa en manos de sus secuestradores. «Os suplico que no publiquéis mi nombre porque estoy muy avergonzada de lo que me están haciendo. Hay una parte de mí que solo quiere morirse. Pero hay otra parte que todavía espera ser salvada, y poder abrazar a mis padres una vez más», dice al periódico, que le da el nombre falso de Mayat.

«Nuestros torturadores ni siquiera perdonan a las mujeres que tienen niños pequeños con ellas, ni a las niñas: algunas de nuestro grupo ni siquiera llegan a los 13 años de edad. Algunas han perdido el habla», añade posteriormente. Según «La Repubblica», ella y las demás mujeres son violadas hasta tres veces al día por diferentes hombres. Los abusos tienen lugar en el mismo edificio en el que las retienen, en varias habitaciones del piso superior.

La llamada más cruel

Los testimonios de ambas chicas coinciden en un detalle escalofriante: a ambas, los yihadistas les dieron teléfonos móviles y les obligaron a llamar a sus familias. «Para hacernos aún más daño, nos hicieron describir en detalle a nuestros padres lo que nos están haciendo», explica Mayat. El propósito, indica Narin, es presionar a sus parientes para que vayan a Mosul y se conviertan al islam.

Los miembros del Estado Islámico, además, alardean de esta práctica en las redes sociales, tratando de atraer a nuevos militantes. Los yihadistas la justifican como legítima, como el derecho de los musulmanes a tener esclavos de otras religiones. «Les hemos pedido a nuestros carceleros que nos disparen, que nos maten, pero somos demasiado valiosas para ellos. Nos dicen una y otra vez que somos infieles porque no somos musulmanes, y que somos su propiedad, como botín de guerra. Dicen que somos como cabras compradas en el mercado», dice Mayat.

«Se ríen de nosotros porque creen que son invencibles. Se consideran superhombres. Pero son gente sin corazón», afirma esta joven. «Mi única esperanza es que los peshmerga vengan y nos rescaten. Sé que los americanos están bombardeando», comenta la joven, que añade: «Quiero que se den prisa y los echen de aquí, porque no sé cuánto tiempo puedo resistir esto».