Refugiados yasidíes huyen de los yihadistas del Estado Islámico
Refugiados yasidíes huyen de los yihadistas del Estado Islámico - Reuters
La odisea de los refugiados yasidíes en Irak

«Huimos de un monte de muertos»

La Cruz Roja Internacional prepara seis campos de refugiados, con capacidad para 15.000 familias de desplazados cada uno

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Al penetrar en el edificio en construcción, al que todavía le falta mucho para protegerse con un tejado, los ecos de cientos de voces nos llegan de golpe, como en un anfiteatro de cemento. Los palcos los ocupan familias de la minoría yasidí (la más perseguida) sentados sobre mantas, adornados con túnicas de colores que en muchos casos es lo único que les queda. En el centro, un grupo de hombres descarga de una furgoneta los sacos blancos con ayuda humanitaria que necesitan desesperadamente estos refugiados que huyen del terror impuesto por los yihadistas del Estado Islámico.

Dirige la operación Ashti Ismail, representante de Cruz Roja Internacional y nativo de la región. «No saben cuánto tiempo van a estar aquí. En todo caso, nos estamos preparando para una larga temporada», nos cuenta Ismail. La ciudad de tela blanca que forman las tiendas del Acnur, alineadas sobre una gran explanada, destaca sobre los campos de hierba seca. Un equipo de construcción se prepara para edificar otros seis campos gemelos a pocos cientos de metros de allí. «Solo en este campo ya hay unas 15.000 familias de desplazados», comenta Ismail.

En su camino de huida, durante el trayecto hacia la frontera donde se ha establecido el corredor de evacuación, la estampa es la misma en todas las localidades medianamente importantes: grandes congregaciones de desplazados instalados bajo los puentes, en naves industriales y prácticamente bajo cualquier lugar que pueda ofrecer alguna protección del terrible sol, que hoy tuesta el suelo a más de 45 grados.

Exhaustos

En el paso fronterizo de Fis Jabur, camionetas y coches abarrotados de personas con expresión agotada cruzan constantemente hacia la seguridad del Kurdistán. Una furgoneta frena junto a uno de los controles, se abre una puerta lateral, y varios bebés rompen a llorar mientras sus madres tratan de calmarles. «Este calor es demasiado para las criaturas», dice una de las mujeres. De otra camioneta descienden una decena de personas con gesto exhausto, que se desploman a la sombra de los árboles, sobre los residuos de los envases de la ayuda humanitaria utilizada por evacuados anteriores.

El cabeza de familia, Badu Halaf Hasan, acepta hablar con ABC. «Cuando el Estado Islámico nos atacó, nosotros luchamos contra ellos hasta que nos quedamos sin munición», recuerda. Entonces se retiraron a las montañas, donde estuvieron aislados, sin apenas comida ni agua, durante diez días. «Dos de mis hijos siguen en las montañas; ellos no han tenido la oportunidad de escapar», cuenta con amargura.

Durante el asedio, vagaron por un monte desértico donde agotaron el poco alimento y agua que tenían. Hasta que se encontraron con un grupo de combatientes del PKK, la guerrilla kurda que opera habitualmente en territorio turco, pero que recientemente se unió a la lucha contra el «califato» de Estado Islámico.

Cuando les descubrieron los milicianos del PKK, estos les gritaron prometiéndoles ayuda, les facilitaron algo de agua y comida, y les escoltaron hasta el corredor de evacuación por el que han huido varios miles de refugiados. Pero, al recordar la pesadilla de la que han escapado, Hasan comenta: «El monte del que venimos está sembrado de cadáveres: aquello es un monte de muertos».

Los refugiados yasidíes, cristianos y de otras minorías reciben su principal ayuda de las milicias kurdas que han abierto el precario corredor de salida que supuso la salvación de miles de refugiados. También la familia de los Bakr estuvieron tres días en el monte antes de ser rescatados y trasladados a territorio kurdo-iraquí. No fue mucho tiempo, pero fue una experiencia infernal. «Jamás nos habríamos esperado que sucediera algo así. Nunca tuvimos problemas con ninguno de los vecinos no yasidíes», afirma Bakr.

«Adoradores del fuego»

A los yasidíes les pesa, sin embargo, el apelativo difamador de «adoradores del diablo» con que los califican los radicales suníes. Otros los consideran «adoradores del fuego» (un eco de antiguas creencias zoroastrianas), lo que también es un equivalente de idólatras que les pone en la diana de los extremistas. Cuando los yihadistas de Estado Islámico atacaron la región de Sinjar, no tuvieron más remedio que huir a toda prisa a unas montañas desérticas, que los extremistas pusieron bajo asedio. Decenas de miles de ellos quedaron entonces aislados, sin agua ni comida. Muchos han muerto, otros han logrado escapar casi de milagro.

El gobierno regional del Kurdistán y las tropas estadounidenses tratan de proporcionarles ayuda desde el aire. Ayer, en el colmo de la fatalidad, uno de esos helicópteros kurdos se estrelló después de entregar su carga de provisiones. Murió el piloto y quedaron heridos varios ocupantes, entre ellos dos reporteros del diario «The New York Times».

Los yasidíes rinden culto a Taus-i-Melek, el «Ángel del Pavo Real», un ángel «rebelde» que no quiso postrarse ante los hombres (y de ahí la confusión con el demonio), pero que los miembros de este culto consideran una fuerza positiva. Los yasidíes también creen en la reencarnación, pero nada tienen que ver con el diablo.