Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste, por Eduardo Rosales, 1869 - Vídeo: La batalla más importante de don Juan de Austria en Lepanto

El secreto más vergonzoso de Carlos V se llamaba Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

El 1 de octubre de hace 440 años murió el hijo bastardo que el Emperador tuvo con una alemana poco discreta llamada Bárbara Blomberg. Siempre resultará un misterio por qué de los cinco vástagos que Carlos tuvo sin estar casado fue a este hacia el que más indiferencia destinó en vida

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Como si en un cuento de la factoría Disney se moviera su vida, Don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y uno de los pocos españoles inmunes a la leyenda negra, pasó en pocos años de ser un niño huérfano criado en las calles de Leganés a ser el hijo reconocido del Emperador. De entre los cinco vástagos que Carlos tuvo sin estar casado, fue Don Juan hacia el que destinó más indiferencia en vida. Además de la hija con Germana de Foix, el Emperador había concebido junto a una hermosa dama flamenca, Johanna María van der Gheynst, una niña a la que nunca tuvo problemas en reconocer como hija suya: Margarita de Austria. Y antes de casarse con Isabel, Carlos también engendró a otras dos niñas con sendas damas extranjeras, Juana y Tadea de Austria, a las que prestó remota atención. Si bien no reconoció prácticamente a ninguna ellas, sí se esforzó por mantener sus vidas bajo su control.

Precisamente por ello sorprende tanto su actuación en el caso de Don Juan. ¿Por qué se resistió a reconocerlo como su hijo? ¿Por qué ocultó con tanto celo su existencia? Tal vez le avergonzaba haber sucumbido a la tentación sexual cuando pretendía estar de luto perpetuo por la muerte de su amadísima Isabel. O lo que le sonrojaba, simple y llanamente, era la mujer elegida. Bárbara Blomberg, de 19 años, era una exuberante belleza alemana, con voz de sirena, que Carlos conoció en 1546 al acudir a la Dieta Imperial en Ratisbona.

En febrero de 1547, esta alemana procedente de una familia burguesa parió a un hijo varón del Emperador en Regensburg. El niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín» debido probablemente a que la madre se casó al poco tiempo con Jerónimo Píramo Kegell, nombrado tutor del bastardo. Era, en consecuencia, una forma de guardar las apariencias. Pero la situación cambió cuando la crianza y educación del niño cayó en manos del violinista flamenco Frans Massi, que estaba casado con la española Ana de Medina.

Doña Magdalena de Ulloa se encariñó del niño aun creyendo que era el fruto de una infidelidad de su marido

El Emperador quería así que se trasladara al muchacho a España. Durante dos años, Massi y su mujer se comprometieron a cuidar en Leganés de Jeromín, el supuesto bastardo de un cortesano, a cambio de cincuenta ducados anuales. En las calles de esta localidad madrileña, que a duras penas llegaba a los mil habitantes (en 1580 serían 1.700 y ocupaban 400 casas, estando la capital ya en Madrid), Jeromín se crió como cualquier hijo de vecino, entre juegos infantiles y el aire salvaje de aquellos niños que pasan demasiadas horas en el campo.

En el verano de 1554, Don Luis de Quijada consideró que la educación del hijo del Rey no cumplía con las condiciones firmadas –entre otras cosas, Massi había ya fallecido– y trasladó al niño a Villagarcía de Campos (Valladolid). Su esposa, Doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza. Quijada había acompañado desde su cargo de mayordomo a Carlos en su aventura por Europa y era uno de los pocos hombres que conocía la auténtica naturaleza de Jeromín, en tanto, le fue ordenado que guardara el secreto bajo cualquier circunstancia, incluso de cara a su mujer.

Sin haber dado a luz a ningún hijo, Doña Magdalena de Ulloa se encariñó del niño aun creyendo que era el fruto de una infidelidad de su marido. No se lo reprochó jamás, quizá porque en el fondo sabía que su marido no era de esa clase de hombres. Ambos educaron a Jeromín como si de un hijo propio se tratara.

Felipe II desvela al mundo el secreto

Carlos quiso conocer al niño en Yuste cuando contaba 11 años de edad, en 1558. Cualquier descripción del encuentro es más novelada que real. Se sabe que acudió junto a Don Luis de Quijada y Doña Magdalena de Ulloa, y que lo hizo creyendo que el motivo era que el Emperador se reencontrara con su viejo amigo. El resto de detalles está más relacionado con el cuadro decimonónico «Presentación de Don Juan de Austria al Emperador Carlos V», de Eduardo Rosales, que con lo señalado por las crónicas. Tal vez le dijera al niño algo que, una vez él faltara, le sirviera de consejo paterno o de disculpa por haber actuado así. Pero lo que no hizo entonces ni nunca es reconocer la paternidad, si bien poco pudo hacer para evitar que corrieran rumores a raíz de su presencia en Yuste.

En su último testamento, ejecutado el 6 de junio de 1554, Carlos no dedicó ni una gota de tinta a mencionar a Jeromín en sus 45 hojas; en cambio, redactó ese mismo día una cláusula anexa con instrucciones de que Felipe II la leyera a su muerte explicando sus planes para con su hijo natural:

[…] que pudiéndose buenamente enderezar que de su libre y espontánea voluntad él tomase hábito en alguna religión de frailes reformados, a lo cual se encamine, sin hacerle para ello premio ni extorsión alguna. Y no pudiendo esto guiar así, y queriendo él más seguir la vida y estado seglar... 30.000 ducados en el Reino de Nápoles.

Poco después de conocer la noticia, Felipe designó a su hermanastro caballero de la Orden del Toisón de Oro en una asamblea celebrada en julio de 1559, si bien ocultó su identidad por el momento

Carlos quería que Jeromín se convirtiera en fraile. Solo en caso de negarse, se le ofrecerían unas rentas de 30.000 ducados, es decir, un condado o un ducado en el Reino de Nápoles. El resto quedaba en manos de Felipe, que tuvo noticias de la existencia de su medio hermano por primera vez en este documento. El texto se mostraba extremadamente escueto en lo referido a las circunstancias o naturaleza de su gestación. Ni siquiera precisaba si se trataba de un hijo o un nieto. Era evidente que el asunto seguía avergonzando a Carlos, cuya figura se vislumbraba como un héroe mítico a ojos de Felipe. No queriendo decepcionar a su hijo, Carlos reveló la noticia sin entrar en detalles privados: había concebido un hijo en Alemania «después que enviudé» con una mujer soltera. Punto y final.

La tendencia a presentar a Don Juan como un héroe traicionado ha hecho que en ocasiones se defina como tímida la actitud de su hermanastro en lo referido a los derechos de su hermano. Nada más lejos de la realidad. El principal heredero del Emperador Carlos debió sentirse decepcionado porque su padre hubiera ocultado algo así tanto tiempo, pero se mostró muy generoso con el bastardo. Fue más lejos de lo que proponían las instrucciones de Carlos para despachar al joven.

Poco después de conocer la noticia, Felipe designó a su hermanastro caballero de la Orden del Toisón de Oro en una asamblea celebrada en julio de 1559, si bien ocultó su identidad por el momento. La permanencia a esta orden fundada por el Duque de Borgoña Felipe «El Bueno» era un derecho exclusivo de la más alta nobleza europea y se acreditaba con una insignia del vellocino de oro, que hacía referencia a la leyenda de Jasón en la nave Argo.

Don Juan de Austria, vencedor de la Batalla de Lepanto, escultura en Ratisbona
Don Juan de Austria, vencedor de la Batalla de Lepanto, escultura en Ratisbona

Como heredero de la dinastía borgoñona, Felipe II era el soberano gran maestre de la orden encargada de elegir a los nuevos miembros, que fue copando poco a poco de españoles y de sus aliados conforme la rebelión de Flandes ponía bajo cuarentena a la aristocracia flamenca. El Monarca, de hecho, trasladó a Madrid al canciller y, pocos años después, al grefier y al Rey de armas de la Orden. La sede de Bruselas pasó a ser secundaria, y los caballeros flamencos dejaron de ser el núcleo principal de la misma. A la muerte de Carlos II de España, los dos pretendientes al trono, Felipe de Anjou y el Archiduque Carlos, ostentaron en paralelo la dignidad de grandes maestres de la Orden, produciéndose un cisma entre la rama austríaca y la española de la Orden que dura hasta hoy.

Felipe mantuvo el secreto sobre su hermano todavía durante un año más. Cuando Juana, la regente de Castilla, preguntó sobre el origen de aquel misterioso niño que había frecuentado Yuste, Quijada mintió sin reparos: «No hay motivos para creer que es hijo de Su Majestad». Finalmente, el 12 de octubre de 1559 se puso punto y final al misterio. El Rey convocó en su palacio de Valladolid a Don Luis de Quijada y al joven de 12 años, donde entregó durante una cacería a su hermanastro la insignia de la orden; le concedió una casa propia, a cuyo frente puso a Quijada; y, en un gesto inusitado para quienes trataban a diario con la sequedad del Rey, le abrazó, le besó y le dijo quién era su padre. Una desconcertada Juana también se sumó a las muestras de cariño, al igual que el único hijo del Rey, Don Carlos.

El héroe en la mayor ocasión que han visto

El Monarca dispuso que Don Juan residiera en la corte junto a los nietos del Emperador, Don Carlos y Alejandro Farnesio, que compartían casi su misma edad. El niño asilvestrado de Leganés se había transformado en pocos años en un miembro de facto de la Familia Real, sin derechos dinásticos pero con el aprecio y reconocimiento de su hermano. En este bautizo familiar, Felipe ordenó el cambio de nombre de Jeromín a Don Juan, que era típico de la dinastía Trastámara, en recuerdo a un hermano suyo fallecido siendo un niño. Eso sin olvidar que sonaba más varonil. Quizá ya le imaginaba potencial militar y, desde luego, si algo le sobraba al Rey eran guerras.

Los vencedores de Lepanto: desde la izquierda, don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Venier.
Los vencedores de Lepanto: desde la izquierda, don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Venier.

Con los años Don Juan de Austria se convirtió en un fiel reflejo de lo que había sido su padre y de lo que nunca pudo ser Felipe II: un hábil jinete, un rápido espadachín, un hombre desbordante de ánimo y un amante de la guerra. Tras sofocar la Rebelión de las Alpujarras–donde su tutor Luis de Quijada sacrificó su vida para salvarle durante una emboscada de los moriscos–, don Juan de Austria se postuló para encabezar la coalición cristiana que pretendía hacer frente a la temida flota otomana.

Felipe II no puso impedimentos a que su hermano alzara el estandarte de la Santa Liga, pero la decisión corrió directamente a cargo del Papa Pío V que tenía al joven general por un designado de Dios. Don Juan de Austria tuvo un ejercicio perfecto en la batalla de Lepanto. Empleó su afable carácter para mantener en calma las tensas relaciones con Venecia y supo compensar su poca experiencia –solo tenía 24 años– dando voz a consejeros más curtidos en la mar como el irrepetible Álvaro de Bazán que con sus acciones en la retaguardia solapó las brechas.

Alzado como héroe en toda la Cristiandad, el joven general fue elegido gobernador de los Países Bajos españoles en 1576 por Felipe II. Un laberinto político del que no supo salir y que le labró la desconfianza de su hermano, quien empezó a sospechar que el héroe de Lepanto tramaba arrebatarle la Corona.