Fotograma de la película «La Papisa» (2009)
Fotograma de la película «La Papisa» (2009)

La Papisa Juana, el palpador de testículos y otras mentiras históricas para humillar al Vaticano

Según las leyendas, la farsa de Juana obligó a la Iglesia a comprobar la virilidad de los papas electos a través de un cargo eclesiástico, «el Palapati», encargado de revisar manualmente los atributos sexuales de cada nuevo pontífice a través de la Sedia Stercoraria

Actualizado:

La leyenda de la Papisa Juana tiene las patas muy cortas. Se cree que fue el cronista dominico Jean de Mailly el primero que recogió la historia de una mujer muy talentosa del siglo XII (según la crónica varía el periodo) que, vestida como un hombre, llegó a ser notario de la Curia, después cardenal y finalmente Papa. Un día esta mujer, llamada Juana posteriormente, salió a montar a caballo y dio a luz a un hijo sobre su montura en medio de Roma. El pueblo furioso por el engaño ató a esta mujer a la parte posterior de un caballo y la arrastró y apedreó por la ciudad hasta morir. La Papisa fue enterrada en el sitio mismo donde falleció con una inscripción que decía: «Petre pater patrum papissae prodito partum» (Pedro, padre de padres, revela el parto de la papisa).

El pueblo furioso por el engaño ató a esta mujer a la parte posterior de un caballo y la arrastró y apedreó por la ciudad hasta morir

La historia de la Papisa fue variando y ganando volumen, de tal modo que a finales de la Edad Media se la tenía por un personaje tan real como San Pedro. No fue hasta el siglo XV que algunos estudiosos denunciaron lo inverosímil de su existencia y la incapacidad para encontrar rastro de su pontificado en el «Liber Pontificalis» o entre los retratos de los Papas de San Pablo extramuros en Roma. El agustino Onofrio Panvinio se posicionó el primero, en 1562, contra esta leyenda en su obra «Vitae pontificum» (Vida de los papas).

El origen del mito

Los historiadores católicos demostraron que era una completa ficción. Se cuenta que cuando Lutero visitó Roma criticó la presencia de una estatua dedicada a la Papisa con el bebé en la mano. «Estoy sorprendido de que los Papas permitan que la estatua permanezca allí», afirmó sobre un monumento que fue retirada por orden del Papa Sixto V varias décadas después. Paradójicamente, fueron autores protestantes quienes defendieron como histórico el episodio siglos después con el fin de atacar al papado y a su supuesta fobia por las mujeres.

Para comprender de dónde surgió la leyenda probablemente hay que bucear hasta el apodo de «papisa» que recibió Juan VIII por su debilidad ante la iglesia de Constantinopla, coincidiendo con un periodo que recomendaba mano dura tras el Cisma de Focio. El hecho de que las primeras fuentes sobre esta leyenda fueran redactadas en griego, con una multitud de datos que hacen referencia a un contexto situado en Europa oriental, plantean la posibilidad de que fuera la Iglesia Ortodoxa, siempre crítica con el cristianismo latino, quien propagara desde Oriente el bulo de Roma había permitido ser encabezada por una mujer, un dato que la ortodoxia —mucho más misógina que el catolicismo— encontraba especialmente repugnante.

Una vez comprobado y enunciada la frase, los asistentes a la ceremonia responderían «Deo Gratias» («Gracias a Dios»)

Tampoco es casualidad que fueron dominicos los primeros en recoger la historia, precisamente en una época en que la orden estaba siendo cuestionada por Roma debido a su entrega a la filosofía. En el siglo XIX, la obra «La Papisa Juana», del también griego Emmanuel Royidis, retomó el tema y contagió el interés a autores como Lawrence Durrell o Alfred Jarry. Hasta dos veces ha sido llevada la historia a la gran pantalla: «La Papisa Juana» (1972) como «La Papisa» (2009).

Una silla de cuestionable utilidad

Este mismo interés por ridiculizar al Vaticano derivó en otra leyenda sobre los métodos expeditivos puestos en marcha por los cardenales para evitar más casos como el de Juana. Según las leyendas, la farsa de Juana obligó a la Iglesia a comprobar la virilidad de los papas electos a través de un cargo eclesiástico, «el Palapati», encargado de revisar manualmente los atributos sexuales de cada nuevo pontífice a través de la Sedia Stercoraria o silla perforada. Las versiones cambian sobre si la comprobación era solo visual o mediante el tacto, o si el ejecutante era un diácono o un joven cardenal, pero el desenlace siempre era el mismo.

Si todo estaba en orden exclamaban: «Duos habet et bene pendentes» (tiene dos y cuelgan bien). Una vez comprobado y enunciada la frase, los asistentes a la ceremonia responderían «Deo Gratias» («Gracias a Dios»).

Prueba de masculinidad del Papa Inocencio X
Prueba de masculinidad del Papa Inocencio X

Y ciertamente aquel asiento con agujero existe, con el nombre de la sedia stercoraria (silla de los excrementos), y se encuentra expuesto en el Museo Vaticano. Sin embargo, su verdadera función era de retrete para los Papas. El resto es tan leyenda como la Papisa… A la difusión del bulo de que servía de prueba testicular contribuyeron obras de arte como en la que se representa al Papa Inocencio X siendo palpado por un monje, a través de un agujero lateral, o los grabados que inmortalizan el parto de la supuesta Papisa Juana.

Esta ceremonia fue tan popular, incluso moviéndose entre el mito y la realidad, que el término «pontificalia» llegó a emplearse en la lengua corriente de Roma como sinónimo de testículos. En España, la leyenda gozó de gran fama. El humanista Pedro Mexía le dedica prácticamente un capítulo de su «Silva de varia lección», donde recoge el rumor persistente del asiento agujereado para palpar testículos: «Hay, hoy día una silla en el palacio sacro, abierta por lo bajo, para que se pueda ver encubiertamente si es hombre el que se elige».