El ejemplar de la «Biblia de los esclavos» conservado en Washington
El ejemplar de la «Biblia de los esclavos» conservado en Washington

La extraña biblia repartida por Inglaterra a sus esclavos para evitar que se rebelaran

En esta versión publicada por primera vez en 1807, la mayor parte del Antiguo Testamento y la mitad del Nuevo habían sido suprimidas para evitar que fueran leídas

Israel Viana
MadridActualizado:

No ha trascendido mucho la existencia de esta curiosa y rara versión de la Biblia que los ingleses repartieron a los esclavos en sus colonias de América hace doscientos años. Ni siquiera los historiadores británicos se han hecho demasiado eco de ella, quizá por la sencilla razón de que solo quedan dos ejemplares conocidos en la actualidad. O quien sabe si por no dar mucho pábulo a este episodio de su pasado.

Fue publicada por primera vez en 1807 por los británicos y distribuida entre la población africana de las islas caribeñas de Jamaica, Barbados y Antigua. Recibió el nombre de la «Biblia de los esclavos» y no era una Biblia normal como la que había circulado por el mundo en los siglos anteriores, sino una en la que la mayor parte del Antiguo Testamento y más de la mitad del Nuevo habían sido suprimidas para evitar que fueran leídas. Sobre todo el libro del « Éxodo», donde se cuenta cómo Moisés guió a los israelitas hacia la libertad, con el objetivo de que los esclavos no relacionaran la palabra de Dios con la liberación.

No está muy claro quién fue el responsable de esta iniciativa, la persona que dio la orden de reimprimir y publicar el Libro Sagrado censurado. Lo que sí sabemos es que el Gobierno de Londres estaba preocupado por la rebelión que se había producido en la vecina colonia francesa de Haití tres años antes. Fue el primer gran movimiento revolucionario en la América colonial y la primera sublevación masiva de esclavos que derivó en la creación de un estado independiente. Un levantamiento que se había iniciado en Santo Domingo, un territorio que por aquel entonces destacaba por su elevada producción de mercancías, tales como el café, el azúcar, el algodón o el añil, muy cotizadas en los mercados internacionales.

No hay que olvidar que la economía de aquella isla estaba basada en la esclavitud, lo que implicaba que el 88% de su población (570.000 habitantes) era esclava. Los habitantes negros y libres representaban solo el 5%, mientras que los colonos blancos, el 7%. Y por supuesto, tal y como ocurría en las otras colonias, las inglesas incluidas, este último grupo acaparaban casi tres cuartas partes de la riqueza de la nación. Es fácil pensar que los ingleses, preocupados por la influencia que estaban teniendo en las colonias las ideas ilustradas procedentes de Francia y las revoluciones europeas, decidieran hacer todo lo posible para evitar que aquella semilla germinara en Jamaica, Barbados y Antigua, tal y como había ocurrido en Haití con líderes esclavos como François Dominique Toussaint de Louverture.

Esclavos africanos en América, a finales del siglo XIX
Esclavos africanos en América, a finales del siglo XIX

En aquellos mismos días de principios del siglo XIX las discusiones sobre la esclavitud eran cada vez más frecuentes entre las élites. En ellas, la Biblia se alzaba muchas veces como la herramienta de donde sacar los argumentosa favor y en contra. Sus defensores la justificaban a través de ciertos pasajes del Libro, interpretando de manera interesada aquellos en los que se decía a los seguidores de Jesús que debían obedecer a su amo. Pero también había muchos versos que fueron usados por los abolicionistas para criticar y poner en tela de juicio la esclavitud.

Estos últimos fueron por supuesto suprimidos de la «Biblia de los esclavos». Por ejemplo, los extractos en los que Moisés le pide al Faraón que libere a su pueblo: «Deje ir a mi gente», exclama el profeta. O aquellos pasajes en los que se enfatiza la igualdad entre los hombres, como aquel verso que dice: «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). Ni tampoco el «Libro de las Revelaciones» o «Apocalipsis de San Juan», que habla de un nuevo cielo y una nueva Tierra en los que el mal será castigado.

Esa es la razón de que el libro se titule, en realidad, «Partes de la Santa Biblia», al incluir solo las partes en las que se incitaba a los esclavos a rendir obediencia a sus amos como un buen acto de fe cristiana. Entre ellos, por ejemplo, ese otro verso que los defensores de la esclavitud les gustaba citar: «Siervos, obedezcan a los que son sus amos según la carne, con temor y temblor, en la soltería de su corazón, como a Cristo» (Efesios 6: 5). Y todo el episodio donde se cuenta el periodo de esclavitud de José en Egipto. De hecho, algunos de los sermones pronunciados por los misioneros en las colonias tendían a interpretar a esta figura como alguien que aceptaba su suerte en la vida, manteniendo su fe en Dios, con la esperanza de que al final fuera recompensado por ello. Unos discursos que también podían escucharse en las iglesias de Estados Unidos durante aquella época, con la segregación racial y la esclavitud instauradas por ley.

A pesar de ello, la paranoia de Inglaterra a que los oprimidos se alzaran contra sus opresores no desapareció del todo. El temor a una nueva revolución haitiana —la única de la historia en la que los esclavos expulsaron con éxito a sus opresores para formar una nueva nación— continuó presente. También en Estados Unidos y en el resto de Europa.