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Envidia de pueblo

En su primer verano en Madrid, le llamó la atención cómo la capital se vacía tras la huida de sus ciudadanos a las fiestas de sus localidades de origen

EcuadorActualizado:

Soy ecuatoriana. Eso significa un montón de cosas que ahora no vienen a cuento, como ser de un país que es una línea imaginaria, pero también quiere decir que hasta que no sales de allí, no conoces las estaciones. Digo más: no conoces el frío de verdad. En Ecuador, nacer en una región es una predestinación. Tropical o andina, mar o montaña, calor o frío. Los días empiezan y acaban a la misma hora todo el año, las fluctuaciones de temperatura son un chistecito. Yo soy de la costa, así que de niños nuestros padres nos llevaban a la capital, a las montañas, más que por viajar geográficamente por viajar a otra temperatura. ¡Y qué delirante era todo eso, el jersey, el granizo, el váter helado, para unos niños costeños!

Como llegué a España en invierno, más concretamente un 1 de enero, creí que nunca nada cambiaría, que las estaciones eran un rumor infundado, que eternamente llevaría guantes, bufanda y gorro y que sería así, una muñeca de Michelin, hasta el fin de mis días. El de 2005 fue un invierno largo y feroz, cayó nieve sobre Lavapiés, y no sé cómo no me morí como una iguana de contrabando en esa corrala donde ni las puertas ni las ventanas cerraban bien.

Polos y minifaldas

Pero llegó el verano. Llegó con los polos, las minifaldas y los gazpachos, llegó con el olor a averno del metro y con las noches que nunca terminaban de llegar. ¿Todavía es de día? ¿Cómo es posible que todavía sea de día? Pero, sobre todo, llegó con la marcha sigilosa y absoluta de todos los madrileños. Casi como la famosa escena de «Abre los ojos», me encontré un día dando vueltas en la Gran Vía vacía, la Eduarda Noriega inmigrante. Allí donde mirara quedábamos nada más los extranjeros. ¿Dónde se fue España? ¿Qué está pasando? ¿Nos han abandonado? En esa época yo vivía con una gallega. Al llegar a casa casi no la encuentro: ya tenía la maleta en la corrala.

-Tú no te vas hasta que me expliques esta situación.

-Mafe, que tengo que pillar el Alsa, que me voy al pueblo.

Surgió la palabra clave: el pueblo.

La cosa era así: la Madrid cosmopolita de invierno, primavera y otoño, se convertía en verano en un secarral fantasma, cascarón de ciudad abandonada, porque sus habitantes metían sus corotos -perros y gatos incluidos- en autobuses y coches para viajar por carreteras secundarias y llegar al pueblo.

-¿Te vas pa’l pueblo?

-Claro chica, que son las fiestas.

El concepto de pueblo y el concepto de fiesta ampliaron mis conocimientos sobre la sociedad española. Fiesta del grelo, de todas las vírgenes que existen, de la sardina asada, del chorizo, de la sidra, de la paella, de todo lo que nos puede convocar en un ambiente de goce, comilona, fritanga y al son inigualable de «Tengo un tractor amarillo». Me ufano de contar que he bailado al son de la Orquesta Limón los clásicos de «Operación Triunfo» y que he bebido calimocho en vaso grande (no sabemos qué gracioso lo bautizó «mini»). Me ufano rotundamente de contar que yo ya espero el verano como todos los madrileños: con hambre de pueblo, aunque el mío, comprenderán, está a diez mil kilómetros, así que más bien debería llamarlo envidia de pueblo. De esto Freud te sacaba un libro.