El diseñador Hubert de Givenchy durante el montaje de la exposición en el Thyssen
El diseñador Hubert de Givenchy durante el montaje de la exposición en el Thyssen - ignacio gil

Hubert de Givenchy: «La moda actual no embellece a la mujer»

El museo Thyssen-Bornemisza inaugura el 22 de octubre una gran retrospectiva dedicada al último «couturier» francés

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Edith Head, la todopoderosa diseñadora de la Paramount, no quiso mencionar a Hubert de Givenchy cuando recibió el Oscar a Mejor Vestuario por «Sabrina», en 1954. El conde y modista francés, que por entonces solo tenía 27 años y daba sus primeros pasos con su propia casa de costura, era el verdadero autor de los icónicos vestidos que luce Audrey Hepburn en el filme de Billy Wilder, pero la celosa Head se negó a reconocerle el crédito y, mucho menos, a cederle la estatuilla. Lejos de enterrar a Givenchy en el anonimato, el desprecio de la diseñadora más oscarizada de Hollywood le lanzó al estrellato.

«No me dieron el Oscar que me merecía, pero recibí algo mucho mejor», reconoce «monsieur» Givenchy mientras ultima los detalles de su retrospectiva en el Museo Thyssen-Bornemisza, una exposición que reunirá un centenar de sus diseños a lo largo de casi medio siglo, desde la apertura de su maison en 1952 hasta su retirada profesional en 1996. «Audrey estaba furiosa. Se sentía tan culpable por el desaire de Edith y era tan honrada que me dijo: ‘‘¡Esto no volverá a ocurrir! Ahora voy a firmar un contrato de exclusividad contigo para que hagas el vestuario de todas mis películas’’», recuerda el creador, de 87 años.

Así nació la colaboración entre cine y moda más prolífica del siglo XX. Desde entonces, Givenchy crearía el guardarropa de la actrizpara películas memorables como «Historia de una monja», «Desayuno con diamantes», «Funny Face» y «Charada». Edith Head terminaría reconociendo que no dijo nada sobre el «incidente» de «Sabrina» porque confiaba en que el diseñador era un caballero y no se quejaría. Obviamente, «Le Grand» –como le llama la prensa especializada– jamás protestó.

Moda y pintura

La retrospectiva del Thyssen, primera incursión del museo en el mundo de la moda, abrirá sus puertas el próximo 22 de octubre y promete no parecerse en nada a la última exposición dedicada al «couturier», realizada hace 23 años en el Museo Galliera de París. «Siguiendo los consejos de Eloy Martínez de la Pera, el comisario de la muestra, decidí asociar la pintura y la moda. Tener la oportunidad de acercarme a las maravillosas obras del Thyssen y encontrar en ellas un guiño a mis creaciones es una experiencia única», reconoce con un entusiasmo casi infantil mientras supervisa el montaje en compañía de Philippe Venet, su mejor amigo desde hace más de medio siglo.

Los estilismos del modista, muchos de ellos prestados por la «maison» parisina y por clientas españolas como Sonsoles Diez de Rivera o Carmen Martínez-Bordiú, dialogarán con obras maestras de Francisco de Zurbarán, Rothko, Lucio Fontana, Max Ernst, Ambrosius Bosschaert o Georgia O’Keeffe. «Como coleccionista él mismo de pintura de los siglos XVII y XVIII, además de obras de artistas de comienzos del siglo XX, Givenchy ha reconocido muchas veces la influencia de la pintura en su trabajo; ejemplo de ello es el hecho de que sus creaciones aúnan la elegancia clásica de la alta costura con el espíritu innovador del arte de vanguardia», explica Martínez de la Pera, guía de ABC por la exposición.

La faceta rompedora del maestro de la costura, herencia de sus años de aprendizaje con Elsa Schiaparelli, brilla en muchos detalles de su trayectoria: utilizaba pieles falsas, empleaba complementos y piedras de plástico, fue el primero en presentar una línea de prêt-à-porter de lujo en 1954 e introdujo el concepto rupturista de permitir a sus clientas intercambiar el cuerpo y la falda de conjuntos diferentes.

—¿Qué opina de la moda actual?

—Para empezar ya no existe la moda, ahora existen muchas modas. Cuando yo estaba activo en el sector había grandes creadores, como Yves Saint Laurent, que cada temporada lanzaban una idea diferente, una novedad, y el resto le seguía. Ahora cada cual quiere imponer su propia idea y la moda va en todos los sentidos o, mejor dicho, sin ninguna dirección. Yo tuve la oportunidad de trabajar en una época en la que vivían Cristóbal Balenciaga, Christian Dior y Madame Grès, verdaderos creadores.

—Entonces, ¿los nuevos diseñadores no son creadores?

—No quiero decir eso, pero yo viví el esplendor de la alta costura, cuando se aspiraba a la perfección tanto exterior como interior de las prendas.

—¿La alta costura ha muerto?

—Murió con Saint Laurent. En eso estoy de acuerdo con Pierre Bergé, socio de Yves. Cuando él vivía todos esperábamos sus colecciones, se respiraba verdadera expectación porque sabíamos que presentaba colecciones novedosas y elegantes. Pero ahora la elegancia ha desaparecido. Nada está bien, nada está mal, todo es cualquier cosa.

—¿Y las mujeres elegantes?

—Ese es otro tema. Antes teníamos clientas a las que les gustaba vestirse, que eran elegantes y buscaban un movimiento especial. Ahora esas clientas han desparecido o al menos ya no abundan.

—¿No queda ninguna?

—Sí, claro. Ser elegante es querer mucho a la moda, querer vestirse y saber vestirse. La elegancia no debe ser chillona, hay que saber vestirse sin excesos. Tampoco es una cuestión de tener muchos medios económicos. La modelo Bettina Graziani, una de mis primeras musas, no tenía dinero pero sabía perfectamente lo que tenía que llevar y en qué momento lo tenía que llevar. Cuando la conocí vestía una simple falda de franela y un jersey pero llevaba un cinturón y un pañuelo perfectos. Balenciaga, que fue el mejor de todos nosotros, me aconsejó: «No intentes crear lo imposible, solo debes ser honesto y muy claro con tus clientas».

—Y ahora todo es confusión...

—Así es. En mi época los grandes modistas como Dior y Madame Grès creaban pensando en sus clientas. Hoy parece ser que los creadores no buscan embellecer a la mujer, sino más bien todo lo contrario. Y las mujeres no saben por dónde ir. Voilá!

—¿Están perdidas?

—Antes iban a las colecciones y las colecciones estaban hechas para ellas. Ahora mis antiguas clientas y amigas elegantes me cuentan las dificultades que tienen para elegir las prendas que deben llevar durante la temporada. Las colecciones ya no están pensadas para ellas sino para la prensa y para llenar las páginas de los periódicos.

Homenaje a Audrey

El núcleo de la exposición está dedicado a mostrar las creaciones para algunas de sus principales clientas: la Duquesa de Windsor, la Princesa Grace de Mónaco, Jacqueline Kennedy y, principalmente, Audrey Hepburn, su musa y embajadora desde que se conocieron en 1954. Muchas de las piezas exhibidas forman parte de la historia del cine y de la memoria visual del siglo XX, como el vestido que llevó Kennedy en la recepción oficial que dio el general De Gaulle durante la visita oficial a Francia del presidente de Estados Unidos, en 1961; el vestido negro de Hepburn en «Desayuno con diamantes», de ese mismo año; o el vestigo abrigo que lució Wallis Simpson en el funeral de su marido, en 1972.

—¿Hay una sola Audrey?

—Definitivamente. Fue una magnífica historia de amistad y de amor. Para mí sigue estando aquí. Era la inteligencia, la gracia, la generosidad, el talento. Lo tenía todo y siempre estará presente, también en esta exposición. Voilá!

—¿Imagina su carrera sin ella?

—Imposible. En mi vida tuve el privilegio de conocer a dos mujeres que amaban la moda. La primera fue Jackie Kennedy, a la que conocí mucho antes de que fuera primera dama. Y luego Audrey. Ambas sabían vestirse. Audrey fue como el amor de mi vida. Yo no sabía quién era porque «Vacaciones en Roma» todavía no se había proyectado en Francia. Me contó que iba a rodar «Sabrina» y que el director Billy Wilder la había mandado a París en busca de vestidos «parisinos». Yo no podía producir quince o veinte vestidos de golpe, le dije que no tenía las manos para crear una colección para ella en tan poco tiempo. Me invitó a cenar, algo sorprendente en esa época. Accedí y cuanto más la miraba más me seducía su elegancia y su encanto. Le dije: «Vuelva mañana, encontraremos una solución». Y el resto es historia.