La víctima, a la izquierda, y los huidos entre los que está el presunto homicida, a la derecha - ABC

El hijo del asesinado por Los Visita en El Pozo: «Nos han hecho la vida imposible»

Hoy la atención se centra en el mercadillo, donde puede estallar la tensión si los vecinos no dejan vender a ningún gitano

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«No es racismo ni mucho menos. Han asesinado a mi padre por una tontería. Le cortaron el cuello así, sin más. Hemos tenido problemas con ellos, como otros vecinos. Nos hacían la vida imposible. Lo único que deseamos ahora es vivir tranquilos. Que se vayan de aquí». Eso declara a ABC Francisco Doctor, de 37 años. Alude a los presuntos implicados en el crimen de su progenitor, del que heredó el nombre, de 63, hace justo una semana en la barriada del Pozo del Tío Raimundo (Puente de Vallecas).

Francisco se refiere a otro padre y a otro hijo, sospechosos de la mortal agresión, pertenecientes al clan de etnia gitana Los Visita: D. C. A, alias «El Yaqui», y J. C. B., «El Chule», respectivamente. Estos últimos, que están en busca y captura desde que uno de ellos acuchillara a Paco, como era conocido, viven enfrentedel número 12 de Esteban Carros, donde residía la víctima, en dos casas bajas. «No tenemos nada en contra de nadie. Lo único que queremos es no volver a ver a más a esas dos familias», recalca Francisco.

Explica que los dos hombres que se dieron a la fuga llegaron a la zona hace un lustro aproximadamente. Otros miembros del extenso clan de Los Visita recalaron hace dos décadas, aproximadamente, y habitan en un bloque cercano. Unos y otros impusieron su ley. «Nos han hecho la vida imposible y no solo a nosotros», relata Francisco en alusión a los dos miembros buscados y a sus allegados que residen en los números 14 y 18 de Esteban Carros.

La Policía blindó la plaza para impedir el acceso de los congregados a las casas de los sospehcosos
La Policía blindó la plaza para impedir el acceso de los congregados a las casas de los sospehcosos

Así, se queja, como otros residentes, de que no les dejaban aparcar el coche en algunas zonas que consideraban de su propiedad, del exceso de ruido a horas intempestivas con música o timbas de cartas, de las fogatas que hacían o del rastro de basura que dejaban en la plazoleta. Por lo pronto, Francisco, el hijo menor del fallecido, que vive en la misma casa de sus padres, asegura que «no se ha vuelto a cruzar con ninguno de Los Visita estos días». Mientras su madre Josefa, de 61 años y sus otros dos hermanos, David, de 42, y Miríam, de 39, que residen en las inmediciaciones –en Entrevías–, tratan de recomponer sus vidas y levantar cabeza como él, subraya que «será un largo proceso».

«¡Qué asco de perros!»

Recuerda que su padre, prejubilado desde hacía siete años debido a que tenía dos prótesis en las rodillas que le impedían realizar sus tareas de matenimiento en unos grandes almacenes, perdió la vida para salvar la de su hermano David. Y que todo comenzó porque una mujer relacionada con los fugados al verles con los cuatro cachorros comentó: «¡Qué asco de perros!».

Así empezó todo. Iban su hermano mayor, su cuñado, un primo y él. Uno de ellos comentó que siempre recogían «las cacas» no como ellos, que lo tiraban todo al suelo. Se alejaron de la zona para evitar contratiempos. No lo lograron. A la vuelta les estaban esperando más miembros del clan. Y, aunque acudieron más familiares de uno y otro lado, nadie pudo evitar la inesperada tragedia que acabó con la vida de su padre que en junio iba a cumplir 64 años.

Desea que detengan a los sospechosos cuanto antes y que las revueltas que han sacudido la zona, en la que llevan viviendo 33 años, «desde que tiraron las chabolas», cesen. Y es que el crimen de Paco ha levantado al Pozo contra la tiranía de Los Visita. Ha desatado la furia contenida de todo un barrio. «Han estado años y años imponiendo su ley y ya no nos vamos a callar. No tenemos miedo», han manifestado algunos habitantes a lo largo de esta semana en la que se han concentrado todas las tardes frente a las viviendas de «Yaqui» y «El Chule».

Mientras, las asociaciones de vecinos y el concejal del distrito se centran en rebajar la tensión. El viernes acordaron suspender las protestas para que dé sus frutos la mediación destinada a que la familia del presunto homicida se marche. «El ambiente está más tranquilo», dijo Francisco. Con todo, no hubo tregua y ayer se volvió a congregar un pequeño grupo, sin apenas presencia policial, no como en los días previos cuando se blindó la zona.

Hoy todos los ojos estarán puestos en el Rastro, donde los huidos, como otros miembros de su familia, comercian con fruta. «No vamos a dejar vender a ningún gitano», han dicho muchos residentes. Aludían al escaso apoyo de otros clanes a las víctimas y a que no han condenado el asesinato. Quizá también tengan miedo. «Entre todos tenemos que restañar las heridas no agrandarlas», concluye el hijo de Paco.