Alberto Varela - CRÓNICAS ATLÁNTICAS

Idioma amable

Si hay una cosa que no aceptamos los gallegos es que nos digan en qué lengua tenemos que hablar

Alberto Varela
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Llega el día de las Letras Gallegas, y además de rendir homenaje a Carlos Casares, es momento de reflexionar sobre el estado de salud del idioma autonómico, de los peligros que lo amenazan y también de sus fortalezas, que también las hay. Van quedando atrás los complejos históricos por utilizar el gallego («es una chica muy guapa, pero tiene un acento tan feo…») y también las intentonas de imponer la lengua autonómica a quien no quiere utilizarla. Si hay una cosa que no aceptamos los gallegos es que nos digan en qué idioma tenemos que hablar: la lengua de Rosalía, Curros Enríquez, Otero Pedrayo o Carlos Casares ha sabido sobrevivir a la imagen negativa que ha tenido durante siglos y aquí está, en pleno siglo XXI, conviviendo con el castellano, con el portugués y el inglés.

Estos días nos van a bombardear con mensajes catastrofistas que culpan a las autoridades de trabajar para la extinción del idioma y que piden la implantación de un sistema educativo que discrimine al español y trabaje para una vuelta al monolingüismo en gallego. Es cierto que se da la paradoja de que la generación que mejor conoce el idioma es la que menos lo utiliza, pero tampoco podemos volvernos locos. La historia de las lenguas es cambiante y si el gallego sobrevivió a los Séculos Escuros y al Franquismo también lo hará a los tiempos modernos. Tiene su espacio consolidado y nadie nos lo va a quitar.

El mejor favor que se le puede hacer es hablarlo sin complejos y sobre todo sin prepotencia, porque cuando un ciudadano utiliza una lengua contra los demás —como ocurre en Cataluña— hay un problema. Podrá extenderse el uso del idioma mimado por la administración, pero crecerán también sus enemigos, que decidirán no utilizarlo por principios.

Llegan las Letras Gallegas y es momento de releer «Ilustrísima», pero también de reivindicar el galleguismo amable que hace amigos por el mundo, ese que no tiene problema en relacionarse con el resto de España en castellano, porque las lenguas son para entenderse, no para pelearse.

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