Antonio Illán Illán

La vida es mucho mejor si saboreamos «fresa y chocolate»

La interpretación de los tres actores logra una historia muy natural y muy creíble, como si llevaran dentro al personaje que representan

Antonio Illán Illán
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Título: Fresa y chocolate. Autor: Sobre textos de Senel Paz. Dirección: Alberto Alfaro. Intérpretes: Manuel Menárguez, José Francisco Ramos y Alejandro Valenciano. Escenografía: JR Servicios. Vestuario: Lulo Desing. Iluminación y sonido: José Pablo Fajardo. Música: Jesús Miguel Pérez Castro. Escenario: Teatro de Rojas.

«Fresa y Chocolate» es la versión teatral del guión de aquella famosa película del mismo título, interpretada por Perugorría, que tanto éxito tuvo en el año 1995, y que retrataba el contexto social de la Cuba de esa época.  Bien es cierto que, si queremos ser justos con la verdadera historia, todo parte del cuento de Senel Paz «El Lobo, el Bosque y el Hombre Nuevo», que ganó el Premio Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional, y que posteriormente el mismo Paz lo adaptaría a un guión cinematográfico.

Han pasado muchos años, la historia ha cambiado, las circunstancias no son las mismas, pero los valores básicos de las relaciones humanas que apreciábamos en la película siguen vigentes en el texto teatral. Los cubanismos se han eliminado en su mayor parte; sin embargo, evitar localismos favorece la universalidad.

El resultado hoy es una obra intimista y plena de detalles, a veces nimios y entrañable, que van construyendo la historia de una seducción (la del liberal, artista culto y homosexual, individualista y escéptico, Diego, sobre el ingenuo, fresco, comunista convencido y lleno de prejuicios estudiante de sociología en la Universidad de La Habana, David). Sin embargo, esta seducción y atractivo, frente a lo que pudiera presuponerse, no incluye el componente sexual, en este caso. Es, en cambio, muy interesante ver cómo la relación personal va evolucionando a lo largo de la obra y a ello asiste el público, que cae en las redes del encanto de Diego, al tiempo que el propio David, con quien se podría fundir en el abrazo final.

El contexto social y político de la Cuba castrista de los años noventa, aunque difuminado, en el que se desarrolla la relación de los protagonistas es clave para el devenir de la acción y para condicionar el sistema de relacione que se establecen. Ahí es donde adquiere sentido el personaje de Miguel, interpretado por Alejandro Valenciano, una especie de comisario político de ambigua identidad sexual ocultada, que le da tensión a la trama y supone un elemento teatral que potencia y complica la historia de una simple amistad. Al final, si tuviera que resumir me quedo con la idea de que la intolerancia puede ser vencida por la amistad, entendida esta como otra de las formas en las que se expresa el amor.

Por supuesto que entretejidas en ese juego escénico de la amistad, encontramos los diversos conceptos sobre la homosexualidad y la admisión o no de la identidad sexual, la censura política, la represión de las dictaduras o el desencanto político con la revolución y numerosas referencias culturales cubanas y europeas. Todo ello sirve para mantener aún más la atención del espectador con esos subtemas.

En la dramaturgia propuesta por Alfaro, en una sencilla y sobria escenografía del interior de una habitación, y la supuesta de la mesa en una heladería, con una acertada luminotecnia, cobra importancia la música, tanto en las transiciones entre cuadro y cuadro, como en escenas específicas: la de transmutación en la diva del bel canto María Callas, la de salsa cubana o en la que canta sotto voce uno de los personajes.

La interpretación de los tres actores logra una historia muy natural y muy creíble, como si llevaran dentro al personaje que representan, con la excelente expresión y cambios de registro que exige una historia de encuentros y desencuentros. Muy bien los tres, tan diferentes, tan bien definidos y tan constrastantes.

Interesante que se sigan representando textos como este, que tienen prevalencia en el tiempo, en el que Senel Paz nos dejó un verdadero canto a la amistad y la tolerancia. El mundo debiera ser libertad y armonía y todos debiéramos reconocer que la libertad de pensamiento es más colorida y más apasionante que una sola bandera unicolor. Y ya puestos a parafrasear metafóricamente el título, diría que es mucho más gustoso saborear la vida cuando la copa de helado tiene varios sabores, sobre todo si entre ellos están la fresa y el chocolate.

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