La orden de ToledoLas juergas de Buñuel, Lorca, Dalí y cía en Toledo que se convirtieron en leyenda

Entre 1923 y 1936, algunos de los más grandes artistas del siglo frecuentaron la ciudad en busca de aventuras que acababan en el delirio. Las parrandas se agruparon en «La Orden de Toledo»

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El alcohol, a veces, tiene estas cosas: «Se encuentran por casualidad dos grupos de amigos y se van a beber por las tabernas de Toledo. Yo formo parte de uno de los grupos. Me paseo por el claustro gótico de la catedral, completamente borracho, cuando, de pronto, oigo cantar a miles de pájaros y algo me dice que debo entrar inmediatamente en los Carmelitas, no para hacerme fraile, sino para robar la caja del convento. Me voy al convento, el portero me abre la puerta y viene un fraile. Le hablo de mi súbito y ferviente deseo de hacerme carmelita. Él, que sin duda ha notado el olor a vino, me acompaña a la puerta».

En el libro «Mi último suspiro», Luis Buñuel, el que paseaba por el claustro gótico de la catedral completamente borracho, narra cómo al día siguiente de esa farra, el 19 de marzo de 1923, fundó la «Orden de Toledo». Una reunión de amigos que hasta 1936 congregó en la ciudad a algunos de los más importantes artistas españoles del siglo XX.

Como parrandas organizadas que eran, la orden tenía sus normas. En el artículo «Buñuel, Lorca y Dalí. Caballeros de la Orden de Toledo», María Romero las enumera: vagar durante toda una noche por Toledo, borracho y en completa soledad; no lavarse durante la estancia; acudir a la ciudad una vez al año y amar a Toledo por encima de todas las cosas.

La orden también tenía diferentes categorías. En lo más alto estaba Buñuel, que era el condestable. Después venían Pepín Bello, como secretario, y los fundadores, entre los que se encontraban Lorca o su hermano Paquito. Un escalón por debajo se situaban los caballeros (Dalí o Alberti), posteriormente los escuderos, cuyo jefe era José Moreno Villa, y en el estrato más bajo, los invitados de los escuderos y los invitados de los invitados de los escuderos, que eran dos: Juan Vicens y Marcelino Pascua.

Buñuel explica la jerarquía: «Para acceder al rango de caballero había que amar a Toledo sin reserva, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles. Los que preferían acostarse temprano no podían optar más que al título de escudero. De los invitados y de los invitados de los invitados ya ni hablo».

Para pertenecer a la Orden había que pasar por un «ritual de aceptación». En «Conversaciones con Buñuel», el libro de Max Aub, Alberti cuenta su experiencia: «A medianoche sacamos las sábanas de la cama, y con ellas Buñuel se vistió de fantasma. Desapareció y se fue al atrio de la iglesia de Santo Domingo. Apareció sin que se le vieran los pies; la mano así, colgada de las sábanas, y haciendo el fantasma; era realmente impresionante, y tuvimos miedo de que apareciera el sereno, se asustara y empezara a tiros con nosotros. Esa era una de las cosas que hacían los Hermanos de Toledo. No estuve más que esa noche, y fui admitido en la Orden».

Por lo general, la orden seguía una ruta. Primera parada: la Posada de la Sangre (estaba situada entre la plaza de Zocodover y la calle Cervantes, pero ya no existe), donde Cervantes escribió «La ilustre fregona». «La posada apenas había cambiado desde aquellos tiempos: burros en el corral, carreteros, sábanas sucias y estudiantes. Por supuesto, nada de agua corriente», describe Buñuel en sus memorias.

Segundo destino: la Venta de Aires. «Comíamos casi siempre en tascas, como la Venta de Aires, donde siempre pedíamos tortilla a caballo (con carnes de cerdo) y una perdiz y vino blanco de Yepes». En este restaurante centenario, que aún hoy sigue abierto, los miembros de la orden «interpretaron por primera vez juntos ‘Don Juan Tenorio’», asegura Eduardo Sánchez Butragueño en su blog «Toledo Olvidado». En la Venta de Aires también hubo un dibujo de Dalí, «formidable, en la pared, a lápiz: todos los Hermanos de la Orden de Toledo. Allí duró bastantes años, después lo encalaron y lo borraron», dice Alberti en el libro de Aub.

Otro «alto obigado» en el camino era la tumba del cardenal Tavera esculpida por Berruguete. «Después, subíamos a la ciudad para perdernos en el laberinto de sus calles, acechando la aventura», recuerda Buñuel.

La llegada al Casco desencadenaba el dislate. El cineasta cuenta: «A menudo, en un estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, besábamos el suelo, subíamos al campanario de la catedral, íbamos a despertar a la hija de un coronel cuya dirección conocíamos y escuchábamos en plena noche los cantos de las monjas y los frailes a través de los muros del convento de Santo Domingo. Nos paseábamos por las calles, leyendo en alta voz poesías que resonaban en las paredes de la antigua capital de España, ciudad ibérica, romana, visigótica, judía y cristiana».

En el campanario de la catedral «nos sentábamos en los alféizares de los balcones» y «competíamos para ver quién conocía con mayor profundidad la ciudad. Por ejemplo, uno decía el nombre de una plaza que divisábamos desde esa panorámica tan majestuosa, y los demás habíamos de ir citando de memoria una posible ruta y los nombres de las calles que nos llevarían hasta esa plaza», se cuenta en «Conversaciones con José ‘Pepín’ Bello», otro de los miembros de la orden.

En «La vida desaforada de Salvador Dalí», Ian Gibson detalla otro de los disparates: «A Buñuel, como a Lorca y a Dalí, le habían fascinado desde su infancia los disfraces, y el entusiasmo de la comparsa en este sentido era contagioso. Los miembros de la orden se paseaban por Toledo en los más estrafalarios y, a veces, escandalosos atuendos. Buñuel daba rienda suelta a su necesidad compulsiva de disfrazarse de cura...».

Las bromas de Buñuel

Según Buñuel, «cada uno (de los miembros de la orden) debía pagarme diez pesetas por alojamiento y comida», pero no siempre la guita iba destinada a estos menesteres. «Un día Luis (Buñuel) nos empezó a pedir el dinero que llevábamos todos encima, y nos dijo que nos lo devolvería inmediatamente. Cogió todo nuestro dinero y se volvió a Madrid. Nos dejó a todos sin una perra. Tuvimos que pedir un préstamo a uno de los camareros de la Posada de la Sangre», desvela Pepín Bello. Otras veces «los jóvenes caballeros gastaban todo lo que traían de Madrid, y tenían que pedir dinero por telégrafo o recurrir a dibujar en los cafés y vender los dibujos», dice José Moreno Villa en el artículo «La Orden de Toledo», publicado en 1947 en el periódico «El Nacional» (México).

No han quedado claras las razones del por qué este grupo de intelectuales eligió Toledo para divertirse. Buñuel confiesa: «Desde el primer día quedé prendado, más que de la belleza turística de la ciudad de su ambiente indefinible». Jean-Claude Carrière, guionista del cineasta en sus últimas películas, afirma en un artículo publicado en 2011 en «El País»: «Para ellos era un lugar de peregrinaje sagrado, pero no de manera religiosa. Las razones de esa pasión por Toledo no las he llegado a entender del todo. Quizás fue la mezcla de pueblos, culturas e imágenes que uno se encontraba». «Toledo tiene ese aire de ciudad antigua, de misterio, de silencio, que a nosotros nos gustaba tanto», asegura Pepín Bello.

Lo que sí resulta más evidente es la influencia que la «Orden de Toledo» dejó en la obra de alguno de sus miembros. Robert Descharnes, por ejemplo, asegura que el cuadro «La resurreción de la carne», de Dalí, «representa Toledo, la iglesia de los Capuchinos». Y Sánchez Butragueño recuerda en su blog cómo Buñuel hace un «guiño» a la orden en sus películas «Tristana» y «Viridiana», en las que aparecen el sepulcro del cardenal Tavera, el campanario de la catedral o Santo Domingo el Real.