«No iré nunca a cambiarlo»
«No iré nunca a cambiarlo» - H.B.

Diario de un jubilado en Nueva York (67): Modo subjuntivo

«...Y aquí sigue el pañuelo. Tengo el presentimiento de que no iré nunca a cambiarlo»

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La que fuera una de mis decanas se acaba de retirar. Siempre decía que no se jubilaría nunca, como no fuera la muerte quien lo hiciera, pero la vejez es peor que la muerte y te atenaza las manos y la tiza se te cae cuando vas a escribir en el encerado, se te nubla la vista, se te acorta el sentido del humor y cuando quieres explicar las diferencias entre modo indicativo y subjuntivo te entran dudas. Así que después de casi cincuenta años de enseñanza, se retira.

Hoy he ido a su barrio a tomar un café con ella y un poco a despedirme. Me ha extrañado que para beber pidiera un vaso de agua caliente. Hacía tiempo que no la veía y hoy la he notado pálida, los ojos dormidos y llena de arrugas.

Me ha contado la escena del adiós. «Me habían comprado un regalo de Tiffanys y habían avisado al rector y autoridades. Cuando se enteraron de que me iba vinieron hasta mis enemigos a despedirse, que tú sabes tenía bastantes». La escucho con atención y un poco de melancolía. «¿Sabes lo que hice con el regalo? Al día siguiente fui a Tiffanys a devolverlo y que me dieran un ‘refund’. El regalo había costado cerca de 700 dólares. Para qué quiero yo un florero si no me gustan las flores?». Me quedo un poco sin saber qué decir. Como sé que le gustan los fulares, le compré uno «made in Italy». Al verlo me dice: «Te tengo dicho que me gustan largos y estrechos y no este color, me gustan de color azul, gris y rosa, pero discreto». Mi gozo en un pozo.

Mi amiga vive sola en un apartamento, que es como una celda, en la Avenida Lexington y la 57. Mañana se va a Palm Beach, Florida, donde tiene un apartamento. Hizo el doctorado en Yale con una tesis sobre don Pío Baroja y terminó enseñando las diferencias entre ser y estar, saber y conocer, pretérito e imperfecto. Escribió un libro sobre Don Quijote y es miembro del exclusivo Club de Yale donde usa el gimnasio y algunas veces la biblioteca. Me dice que durante estos meses de descanso quiere volver a leer el Quijote y algo de Baroja, volver a sus orígenes, cuando su vida comenzaba.

Al salir del café, «esta vez no te invito a que subas al apartamento porque está un poco desordenado», ha oscurecido y sopla un viento que corta las palabras. Se empeña en acompañarme al metro y me insiste en que cuando se sienta mejor tengo que ir a pasar unos días con ella a Florida. Nos abrazamos fuerte, como nunca lo habíamos hecho, como quien se abraza a un árbol o a un trozo de madera en una tormenta en el mar. «No te olvides de cambiar el fular por uno largo y estrecho, azul si es posible, y me lo das cuando vuelva a Nueva York». Y aquí sigue el pañuelo. Tengo el presentimiento de que no iré nunca a cambiarlo.