Ana Pastor en la última sesión de la XII Legislatura
Ana Pastor en la última sesión de la XII Legislatura

Ana PastorTres años pastoreando diputados

Ana Pastor se despide como presidenta del Congreso con la satisfacción de haber hecho lo mejor por los españoles

Madrid Actualizado: Guardar
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La despedida formal de Ana Pastor como presidenta del Congreso de los Diputados durante los últimos tres años fue ayer el adiós del cargo político que probablemente haya concitado mayor aceptación sentimental al frente de la institución. Y ello, con el mérito añadido de haber sido la tercera autoridad del Estado en una de las etapas parlamentarias más convulsas de nuestra democracia y, durante casi un año, con la anómala circunstancia de tener en el banco azul a un Gobierno socialista, y no de su partido.

Sin embargo, y pese a haber recibido en su despedida merecidos elogios y parabienes de casi todos los partidos, afines o no, Pastor ha vivido la más amarga paradoja de su larga trayectoria en política: ser la presidenta encargada de tramitar la primera moción de censura triunfante en democracia, y serlo además para ver desbancado a un íntimo amigo suyo, Mariano Rajoy. Doble trago de quina porque eso fue siempre Rajoy para ella, más que un jefe en Génova, más que un presidente de gabinete en La Moncloa, o más que un simple compañero de partido: un confidente de extrema cercanía con lealtad mutua garantizada a las gallegas maneras.

Atrás queda su voz entrecortada y sus ojos humedecidos por algún conato de lágrimas en su último agradecimiento a la Cámara el pasado mes de febrero, después de tres años de pelea incansable con demasiados escaños, a diestra y siniestra. Atrás quedan sus llamamientos a la desesperada, tan secos como imprescindibles, para que los diputados diesen ejemplo y fortalecer así la confianza de los españoles en las instituciones… Para que dejaran de creer que el Congreso es una guardería o, peor aún, la coartada para una bronca de padres de un equipo de cadetes que insultan al árbitro tras un gol anulado. Todo pudo ser más pacífico. Más racional. Pero Pastor torea de capote y muleta, con la derecha o al natural, como nadie lo hizo antes en una legislatura trabada y tan abruptamente amputada.

Una etapa convulsa

«Valió la pena, por ustedes, por España, y por los españoles», admitió emocionada al despedirse cuando Pedro Sánchez disolvió las Cortes. Los largos aplausos recibidos tuvieron mucho más de sinceridad que de corrección política. Más de agradecimiento que de cortesía parlamentaria. Tuvieron más de reconocimiento a su capacidad innata de negociación, a su autoridad comedida, a su distante empatía, a su rigor, a su exactitud y su paciencia, que las meras palmas de trámite al enésimo presidente más que pasa, como pasa la vida en política.

Nunca tuvo empacho en reconvenir con huella propia los exabruptos de propios y ajenos. Expulsó a Gabriel Rufián del hemiciclo por su desmedida e insultante teatralidad, y siempre huyó de una concepción grotesca de la política. Tan seria, tan firme en el «pastoreo» de diputados llamados al orden como en una letanía de hartazgo y aburrimiento. Tan gélida de apariencia como noble de ejecución. Un buen día a Pastor la llamaron «la institutriz», y se indignó. Natural. Porque era injusto. Porque hacía su trabajo en un ambiente hostil, en el que el cara a cara entre diputados en la corta distancia, o en la privacidad personal y endogámica de las Cortes, suele ser tan amable y cordial como áspero y agrio lo es en las actuaciones públicas durante el «prime time» de sus señorías. Pero siempre mantuvo la compostura que se impuso para poner a salvo la dignidad de la Cámara. Como cuando reivindicó, en un discurso que bien podría enmarcar la Cámara Baja junto a su retrato, la vigencia de la Constitución en su 40 aniversario.

No se despide de la política. Solo de la Presidencia del Congreso. Pero lo hace sin tener que bajar la mirada ante nadie, sin errores, y con una sonrisa escondida tan adusta como su gesto. Porque no le hace falta fingir… Y eso es cosa rara en la política de hoy.