Miquel Buch: el consejero acomplejado

Con tan sólo un graduado escolar, el conseller de Interior ha trepado con un muy primario oportunismo de sueldo y cargo

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

Miquel Buch, exalcalde de Premiá y expresidente de la Asociación Catalana de Municipios, es el modelo más elocuente de lo que todavía queda de la vieja Convergència. Profundamente acomplejado porque sólo tiene el graduado escolar, ha basado su estrategia para trepar en un muy primario oportunismo de sueldo y cargo, que trata de disimular haciéndose el rey de la exaltación patriotera menos creíble y más grosera, pero sin osar nunca saltarse la clara línea de Ley ni tomar ninguno de los riesgos legales y personales que tanto reclama a los demás.

Buch ha sido uno de los más claros exponentes de la constante orgánica del partido que fundó Jordi Pujol: preferir el culto al líder y la adhesión inquebrantable al talento o la capacidad política para prosperar. Fue pujolista, luego masista y, cuando la CUP tiró a Mas «a la papelera de la Historia», fue de los que llamó «friki» a Puigdemont para ponerse luego a rebufo del forajido de Waterloo con el calculado objetivo de ir en la lista electoral y beneficiarse del independentismo mágico de Junts per Catalunya, que prometía que si Puigdemont podía ser presidente volvería para restituir la República «fake» del 27 de octubre.

La mujer, cargo en el Gobierno

Pero lo que de un modo más sociológico y vital retrata a Buch como convergente, es que forma parte de la administración que se ha puesto como uno de sus principales objetivos sociales regular las condiciones de las asistentas domésticas cuando tanto en Premià como en la Convergència de toda la vida es célebre por las domésticas diferencias que tuvo con su esposa un día que llegó a casa antes de la hora habitual. Para compensar el disgusto -y esto también es muy convergente- la señora Buch fue nombrada cargo de confianza de Artur Mas y ha renovado con cada gobierno desde entonces. Y «aquí no ha passat res».

En la actualidad, su incompetencia y su oportunismo cobarde le están pasando factura en el Govern. En Egara, complejo central de los Mossos, todo el mundo lo sabe: en Interior manda su segundo Brauli Duart, capaz y eficiente. Si Puigdemont no fuera tan «convergente» como sus predecesores en la Generalitat, y no recelara tanto del talento, y no se sintiera tan inseguro como para andar todo el día sediento del culto a su personalidad, habría nombrado a Brauli Duart consejero del Interior, pero desconfió de su inteligencia y prefirió el felpudo que Buch le ofrecía.

De todos modos, es cuestión de tiempo que la ineptitud de Buch quede al descubierto y que Duart tome el mando como consejero: los más acérrimos de Puigdemont le están poniendo en el disparadero por no perseguir a los que retiran los lazos amarillos del espacio público y por no haber desobedecido al Gobierno para ponerle escolta al fugado en Bélgica. En otra proverbial demostración de su gallardía, Buch ha encomendado a su amiga y diputada en Madrid, Lourdes Ciuró que cambie cromos con el PSOE en el Congreso: y lo que queda de Convergència en Madrid ya ha ofrecido cuatro votaciones favorables al PSOE a cambio de que el ministro Marlaska autorice la escolta de Puigdemont. Tan incendiario en sus declaraciones, a la hora de la verdad, el consejero Buch hace cualquier cosa memos saltarse la Ley. En este sentido, también ha mandado a Duart al ministerio de Castellana, 5 para tratar el asunto, siempre sin desobedecer ni un milímetro.

«¿Quién manda, Miquel Buch o burócratas expertos en proteger su culito?», se han preguntado en las redes sociales algunos de los más fieles colaboradores de Puigdemont. «Alguien del departamento de Interior debería explicar por qué ‘se pidió permiso’ a Madrid, sabiendo, además, que dirían que no».

Duart toma las decisones

Buch forma parte de la corriente Moment Zero que perdió el congreso fundacional del PDEcat contra Marta Pascal y que ahora, escudados en Puigdemont, han vuelto a tomar las riendas de la Convergencia en liquidación, con la enésima pirueta para esconder la corrupción y demás pecados de los herederos de Jordi Pujol.

De Moment Zero también formó parte Víctor Cullell, autoproclamado seguidor de Francesc Macià e independentista de «pedra picada» para convertirse hace pocos meses en el más solícito colaborador dela aplicación del artículo 155, hasta el punto en que acabó implorándole unas entradas para la final de Copa del Rey en el Wanda a Roberto Bermúdez de Castro, en una demostración más de lo que el catalanismo político está dispuesto a arriesgar por la independencia de Cataluña.

Entre la doméstica de Buch y las entradas de Víctor Cullell, está un independentismo que gasta toda la euforia en simulacros pero que acabe siempre pidiendo tanda en la ventanilla autonomista donde sigue haciendo, desde 1980, los mejores negocios de su vida.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres