Luis Pineda, llevado a un registro por la Policía tras su detención
Luis Pineda, llevado a un registro por la Policía tras su detención - Jaime García

La historia secreta del sindicato de las denuncias y las extorsiones

Adelantamos el inicio del libro de Javier Chicote, el periodista que desenmascaró a Manos Limpias

ABC
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El mercurio marcaba once grados a las siete de la mañana del viernes 15 de abril de 2016, preludio de una agradable jornada primaveral. Cinco agentes del Grupo II de la Sección de Fraude Financiero, pertenecientes a la Brigada Central de Delincuencia Económica y Fiscal, se apostaron discretamente en torno a un número impar de una privilegiada calle del barrio de Argüelles, de las de a 5.000 euros el metro cuadrado. A solo dos manzanas, en el paseo del Pintor Rosales, los árboles del Parque del Oeste purificaban el intenso tráfico de la zona al inicio de la hora punta. Solo habían transcurrido quince minutos cuando la menuda figura de Miguel Bernad asomó por el portal de la finca, tras bajar en ascensor desde el elegante piso que hacía años le regaló su padre. Nervioso, vigilante, cabeceó a un lado y a otro.

Solo 48 horas antes, el miércoles, el diario ABC había publicado que la Audiencia Nacional investigaba a su organización, Manos Limpias, y a la asociación Ausbanc por extorsionar a entidades financieras y a imputados en procedimientos judiciales. Estaba atemorizado, descargando por adelantado cualquier culpa sobre la amplia espalda de Luis Pineda, el presunto vigilante de las entidades financieras. «Luispi sabrá lo que ha hecho, yo nada…», decía. Pese a ello, Bernad sabía que su detención era más que probable. Solo cuestión de tiempo. Por este motivo comenzó a descender por la calle Quintana para tomar un taxi que lo llevara a ver a su notario de confianza. Esa es la hipótesis de los agentes de la UDEF, quienes la noche anterior, en el marco de la operación Nelson, habían pinchado una importante llamada que le hizo Virginia López Negrete.

La jefa de la Asesoría Jurídica de Manos Limpias le había insistido en que firmara poderes en favor de un tercero para que ella pudiera seguir con la causa de Iñaki Urdangarin y la Infanta Cristina —Nóos, el tren de sus vidas— en caso de un operativo policial, del que le alertó.

—Miguel, mira, te cuento. Me cuentan, ¿vale…? un par de periodistas de los que tienen contacto con la UDEF, ¿vale? —arrancó Negrete entre circunloquios.

—Sí, sí —respondió Bernad.

—Que el tema este de la Audiencia Nacional, ¿vale?, se puede complicar. No contra mí pero quizá sí contra ti.

—Sí, sí.

—¿Vale? Entonces yo he estado pensando lo siguiente. Se me ha ocurrido, Miguel, que estos tíos creo que lo tienen todo preparado, ¿vale? Todo preparado, esto es de mi cosecha, ¿eh?, en el sentido de que a ti, con pruebas o sin pruebas, o lo que les dé la gana, cogen y te inhabilitan, te imputan y te inhabilitan, ¿vale? O te detienen o yo qué sé lo que puedan hacer estos tíos, ¿vale?

—Sí, estos pueden venir aquí, incautar el ordenador y detenerme.

La abogada, que tenía la conversación guionizada, consciente de que seguro que estaba siendo grabada, continúa dando instrucciones a su en teoría jefe:

—A ti te inhabilitan como presidente de la asociación, ¿vale? Y si tú no tienes las cosas bien atadas, te van a nombrar un administrador judicial, que lo primero que haría sería quitarme a mí de en medio. Pondría a otro abogado que renuncia a la acusación de la infanta y se queda todo en nada. Para lo que te llamo, Miguel, es para que mañana, pero mañana, no pasado y tal, mañana —insiste hasta en cuatro ocasiones—, debes, yo no sé cómo porque no sé cómo funciona el sindicato ni cómo funcionan tus órganos ni cómo funciona tal —en su guion intenta distanciarse de la causa investigada—, yo te doy la idea, debes dejar mañana muy bien atado que si a ti te pasa cualquier cosa vas a nombrar un vicepresidente o quien te dé la gana, de tal manera que si a ti te pasa algo esa persona ocupa tu lugar y tiene poderes suficientes para mantenerme a mí en este caso, porque soy la única aseguradora, que tú sabes que voy a llegar hasta el final.

—Sí, por supuesto, por supuesto.

Negrete, que mataría por el caso Nóos, no podía soportar la posibilidad de que, ahora, tan cerca del juicio, fuera otra persona la que desfilara frente a las cámaras en la Audiencia de Palma. A la siguiente alba, los agentes de la UDEF, de paisano, observan los movimientos de su presa y su fisonomía. Le dejan caminar unos metros. No hay duda, es él. Viste bien, como siempre, arreglado. Es coqueto. Lleva un chaquetón largo azul marino abrochado hasta la mitad del pecho. Deja ver la parte superior de una camisa blanca con rayas azules coronada por una corbata de un azul más llamativo, vivo y brillante. Pantalón oscuro y zapatos negros un tanto bastos, como de cura. Con sus inseparables gafas de montura al aire y gesto nervioso, juguetea con los botones del abrigo. Camina ligero, pasos cortos pero ágiles. Pese a sus 74 años está en forma, siempre se ha cuidado y ha vivido cómodamente, sentado, en despachos, entre papeles. Muchos papeles. A la altura del número 15 de la misma calle, lo abordan. Uno de los agentes «pata negra» de la lucha contra la corrupción económica, le muestra la placa:

—Miguel Bernad, está usted detenido por pertenencia a organización criminal, extorsión y amenazas.

Deciden no esposarlo. Es un septuagenario frente a cinco jóvenes agentes. No hay posibilidad de que huya ni de que los agreda. Lo introducen en uno de los coches camuflados, le intervienen el móvil y, velozmente, lo alejan del lugar. El juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz había dictaminado la víspera que los registros se produjeran simultáneamente a partir de las 09:30. Tanto la sede de Manos Limpias como la de Ausbanc están en la misma zona que el domicilio de Bernad, por lo que el protocolo policial mandaba distanciarlo, que nadie de la falsa asociación de usuarios de banca o algún conocido lo viera por casualidad dentro de un coche rodeado por unos señores con pinta de maderos. Ahí, en el vehículo policial, a la espera del resto de detenciones —hasta un total de doce—, solo acierta a repetir: «Son las cloacas del Estado, vienen a por mí, ya lo sabía».

A las 10:30, una parte del dispositivo de la Policía Judicial va a su domicilio. Les abre la puerta su esposa, asustada. Simultáneamente, Bernad es conducido a la sede del sindicato, en el número 13 de la calle Ferraz, donde entrega las llaves de la oficina a los agentes, tras un paseíllo ante numerosas cámaras. Aunque con cara de circunstancias y gesto serio a la par que avergonzado, el cazador cazado aún está relativamente tranquilo. El motivo es que confiaba plenamente en que quedaría en libertad provisional.

Tras el registro, lo trasladan a las dependencias de la Policía en Moratalaz, donde se «comería» las 72 horas de detención policial antes de verse cara a cara con el juez. Se niega a declarar ante la Policía, pero sí pide hacer una manifestación: «Soy víctima de una operación de las cloacas del Estado por sacar las vergüenzas de este país».

Llega el momento de visitar el Juzgado Central de Instrucción número 1. Odia a su titular, Santiago Pedraz, al que llamaba «Garzón 2» y lo tildaba de «hijoputa» una y otra vez, pero aun así está seguro de que lo soltará, «porque yo no he hecho nada». Tanto es así que entre los enseres que su familia puede entregarle a través de la Policía, se preocupa de pedir un traje y una corbata. En sus planes estaba dar una rueda de prensa en cuanto recobrara la libertad.

Pero a Pedraz no le tiembla el pulso: prisión incondicional junto a su compinche, Pineda. Eso sí que no se lo esperaba. La fuerza que tuvo en su detención se evapora como el aire de un globo sin anudar. Bernad se derrumba.

Camino del famoso centro penitenciario de Soto del Real tiene tiempo de rememorar su vida entera, pensar en cómo disfrutaba cada vez que un juez enviaba a esa misma prisión a algún mediático —como el malogrado Miguel Blesa o Gerardo Díaz Ferrán— y de comenzar a poner a prueba su carácter.