El efecto Rufián

La atracción fatal de Sánchez por el independentismo viene de lejos: le humillaron por querer pactar con ellos

Juan Fernández-Miranda
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Hay que ver qué bien digiere Pedro Sánchez los discursos del nuevo Rufián. Es escuchar las cantinelas del lazo amarillo en el Hemiciclo y al candidato socialista se le pasa la acidez parlamentaria que, sin embargo, le generan Casado, Rivera y Abascal. La actitud del aspirante es reveladora de adónde quiere ir, y con quién, en el futuro. Pero también hay un componente psicológico que viene de lejos.

El nuevo Rufián es para Sánchez un Omeprazol contra las malas digestiones, sobre todo ahora que habla bajito y no luce impresoras. Igual que no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, tampoco lo es hablar lento que hablar tranquilo. Antes hablaba lento, pero enfadado, y ahora habla

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